Cuando empezó a sufrir cambios acelerados en su organismo, Roxana Remedios Hernández no había cumplido aún los 12 años. Por ese entonces, comenzaba la Secundaria Básica en el pueblito de Sumidero, en las montañas de Pinar del Río. Las transformaciones físicas no eran las típicas de la adolescencia: una panza en crecimiento, náuseas y malestares le indicaron muy pronto que esperaba un hijo.

“Estuve llorando como dos meses cuando me enteré y la gente alrededor me decía que llorara. Me llevaron al psicólogo para calmarme”, cuenta en la sala de su casa. Han transcurrido dos años de aquellos momentos, pero recuerda cada detalle de los siguientes nueves meses.

“Yo quería hacerme el legrado, pero los médicos dijeron que era muy peligroso para mi salud. Mi abuela me dijo que ella me iba a ayudar. Entonces, las personas me decían que si yo estaba loca porque me lo dejé. Tenía 12 semanas cuando los médicos me hicieron la captación”, dice Roxana.

Su cuerpo aún no estaba maduro para un proceso que provoca tantos cambios en el organismo, a pesar de que su primera menstruación fue a los 9 años y sus relaciones sexuales comenzaron temprano. Los estudios indican que la maternidad precoz se ha extendido en todo el país en los últimos tiempos. La Encuesta Nacional de Fecundidad 2009 mostró que este fenómeno se concentra en las zonas rurales, como el lugar donde ella vive.

Por su edad, Roxana debió interrumpir los estudios e ingresar en el Hogar Materno de la ciudad de Pinar del Río. Allí permaneció durante seis meses y medio hasta que dio a luz, un 7 de agosto de 2014. “Tenía cesárea programada pero empecé con dolores desde la cinco de la mañana y entonces la adelantaron. ¿Qué si estaba nerviosa? Creo que hasta la presión me subió”, recuerda con naturalidad.

Cerca, en un sillón enorme para su cuerpecito, la más pequeña Ana Laura observa los dibujos animados en el televisor, sin percatarse que conversamos sobre el día que llegó al mundo. Es una hermosa infante de un año y medio. Lleva el apellido materno y no el del padre, compañero de estudios de Roxana, con quien nunca ha tenido relaciones y sobre el cual la joven evita referirse.

Foto: Eduardo González Martínez

Después de su nacimiento, la vida de Roxana cambió para siempre. “Todos me ayudaban, pero me demoré a adaptarme. Cuando la niña lloraba, mi mamá me despertaba para que el diera de mamar, porque yo no la oía”.

A pesar del apoyo familiar, todavía no ha retomado sus estudios, porque el bebé no se separa de ella y requiere de la leche materna. Por ahora, la mayor parte de su tiempo transcurre en una casa en el barriecito de Pica Pica, otro asentamiento de construcciones dispersas, aún más intrincado en las montañas.

Ada, enfermera responsable del Programa Materno Infantil en la zona, cuenta de muchachas hasta con dos regulaciones menstruales con esa misma edad. Allí los números recogidos por el sistema de salud indican que en 2014 de 83 nacimientos, 12 fueron de adolescentes.

En Cuba, cita el diario oficial Juventud Rebelde, la tasa de fecundidad en menores de 20 años era de 51,6 por cada mil mujeres de ese grupo de edad, más del 15 por ciento de la fecundidad total del país, según datos del Anuario Estadístico de Salud de 2014. Un artículo del Fondo de Población de las Naciones Unidas en Cuba de 2014, señala que de mantenerse esta tendencia a nivel mundial, la cantidad de partos de menores de 15 años podría elevarse a 3 millones por año en 2030.

Foto: Eduardo González Martínez

Roxana mira la niña con ternura. Aunque quizás no la comprenda en toda su magnitud, sabe que tiene una gran responsabilidad. No siente ningún rencor hacia las madres de sus amigas, quienes de pronto no la quisieron como compañía para sus hijas. A partir de su experiencia, las aconseja.

“Les digo que miren por lo que yo he pasado, que mi juventud se terminó. No es que se vuelvan monjas, pero sí que hablen con sus mamás sin miedo, primero que con sus amigas, y les pidan consejos”.