Sin tabloncillo ni ventanas, la Sala Polivalente Kid Chocolate, en La Habana, es apenas un esqueleto de vigas metálicas y ruinas. Tampoco hay sillas, ni mobiliario deportivo. Los escombros que genera la destrucción se van acumulando en los pasillos y salones interiores. Dentro, unos pocos hombres rescatan lo que pueden, como pueden. Los martillos y sierras son la banda sonora del destrozo.

Porfirio Alberto González, quien fuera por años el Organizador de Eventos del lugar, mira desde una esquina cómo desarman todo. Con los brazos cruzados sobre el pecho asiste, silencioso e impotente, al desmantelamiento del lugar.

Es un hecho. La Kid Chocolate ha desaparecido. La cerraron. Ubicada en un espacio preferencial, justo frente al Capitolio, la instalación deportiva perdió el pulso contra el afán de convertir La Habana Vieja en una galería de tiendas y hoteles lujosos.

Con menos historia y sin la defensa de Eusebio Leal, no tuvo la misma suerte que el cine Payret. A la Chocolate la están desmembrando para construir otro hotel, El Pasaje, uno de los siete que les fueran encargados a la empresa francesa Bouygues-Batiment en la zona, y de los cuales ya el Manzana y el Packard se encuentran en operación.

Hasta el momento,  la construcción de hoteles se había restringido a inmuebles abandonados y muchas veces en ruinas; ese fue el caso de los hoteles Packard, Prado y Malecón, Gran Hotel y Regis, todos contratados con la Bouygues y la Unidad de Construcciones Militares (UCM), del Grupo de Administración Empresarial, Sociedad Anónima (GAESA)

Pero la Kid Chocolate no encaja en ese perfil: era una instalación en operaciones y totalmente funcional que en agosto pasado fue sede de los torneos habituales de fútbol sala y de competencias interbarriales.

Poseedora del único tabloncillo volado del país, ubicado en un segundo nivel y no a ras del suelo como sucede en el resto de las instalaciones de este tipo en Cuba, era centro del movimiento deportivo habanero. Fútbol sala, balonmano, boxeo, levantamiento de pesas, ajedrez, lucha, judo… cerca del 70% de los eventos deportivos celebrados en la capital del país, tanto provinciales como nacionales e internacionales, se realizaban allí, recuerda Porfirio.

Además, fue la sede de entrenamiento de los campeones nacionales de lucha greco, lucha libre, judo y pesas y donde radicaban también los mejores entrenadores de lucha y judo.

Pero todo eso es historia. La Kid Chocolate es un cadáver del cual queda solo el esqueleto, y eso tampoco durará mucho tiempo.

Obreros avanzan en el desmontaje de la sala Kid Chocolate. Foto: Julio Batista

Obreros avanzan en el desmontaje de la sala Kid Chocolate. Foto: Julio Batista

Construida en 21 días con las prisas de los Juegos Panamericanos de 1991, la Kid Chocolate tuvo una vida breve. Apenas 27 años.

En 1982, el edificio multifamiliar en el que se había convertido el Hotel Pasaje, se vino abajo. Cuentan los vecinos que el desastre lo ocasionó un error, la decisión de eliminar una columna de carga principal en el intento de ganar más espacio.

Casi una década más tarde, durante la euforia que vivió Cuba para organizar los únicos juegos continentales en los que ocupó el primer lugar, la sala se erigió como el sitio para albergar el torneo boxístico. En tiempo récord estuvo lista, con un añadido: la Oficina del Historiador de la Ciudad (OHC) se aseguró de que la moderna estructura metálica interior mantuviera intacta la fachada original del hotel.

En su construcción se trabajó día y noche, sin descanso, y su ejecución fue chequeada permanentemente por el propio Fidel Castro; quien, según cuentan los trabajadores, la inauguró personalmente.

“El mero hecho de que más de 300 000 habaneros hayan participado en estas construcciones lo dice todo… Han sido construidas estas obras con el sudor del pueblo, con la voluntad del pueblo y con el cariño del pueblo; pienso, por eso, que tienen sobrados motivos para sentirse orgullosos y sobrado derecho a disfrutar indefinidamente de este fruto de su trabajo”, dijo por entonces.

A ese derecho se aferraban muchos para soñar con un futuro para la Kid Chocolate. Creían que aquellas obras de la Revolución inauguradas por Fidel serían intocables. Al parecer, en la Cuba actual no hay nada sagrado.

Para los vecinos y trabajadores de la Kid Chocolate no hubo un comunicado oficial. Al menos no al principio. Un cartel anunció la construcción del Complejo Manzana-Payret-Hotel Pasaje en la esquina de Prado y Teniente Rey. Llevaba los logotipos de las empresas constructoras y de la OHC.

Los rumores fueron en aumento cuando a mediados de 2018 una comitiva de ingenieros llegó a la instalación para hacer mediciones, acompañados por representantes del gobierno local. Aunque tampoco se habló de fechas, era evidente que había planes para la Sala.

A partir de ese momento, que iban a demoler la Kid Chocolate se convirtió en un secreto a voces. Lo que no sabían era cuándo comenzarían las obras, ni quién había tomado la decisión de eliminar el centro deportivo para plantar en su lugar otro hotel.

En Cuba, las instalaciones deportivas no son propiedad del Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación, INDER, sino del Gobierno. En el caso de la Chocolate, el ente deportivo cubano solo tuvo la opción de aceptar las decisiones gubernamentales.

A pesar de su clausura inminente, a finales de agosto de 2018 la Kid Chocolate recibió con normalidad los insumos que precisaba. Hasta entonces a la Dirección del centro nadie le había comunicado, al menos no oficialmente, que la Sala desaparecería en poco tiempo: ellos seguían trabajando como de costumbre y hasta tenían presupuesto para el curso 2018-2019.

Tres meses más tarde, y sin tener un sitio que la remplazara, la Chocolate comenzaba a ser desmantelada por una brigada del propio INDER. No solo debían marcharse del sitio, sino también,  dejarlo vacío.

Interior de la sala Kid Chocolate. Foto: Julio Batista

Aunque en casi tres décadas la Sala nunca tuvo un mantenimiento capital, en 2018 se arregló parcialmente el techo y se invirtieron 49 000 pesos en la reparación de un fragmento del tabloncillo. Nunca hubo suficiente dinero para devolverle su esplendor, pero sí para destruirlo: los costos del desmantelamiento de la Kid Chocolate fueron asumidos íntegramente por el INDER.

La escena de la Kid Chocolate es lamentable: las rejas, cortadas; los cables eléctricos, arrancados de las paredes; el mobiliario y material de oficina, arrinconado; la madera del piso en todas partes. Apenas queda de la instalación el esqueleto y los cuadrantes de tabloncillo picados en piezas. La idea era reutilizarlo en otra instalación, pero eso no se definió antes de comenzar y hoy parece poco probable que se lleve a cabo.

En ese proceso de arrancar pedazos a la Chocolate ha estado todo el tiempo Porfirio, quien a sus 65 años espera la jubilación, aunque su retiro llegó con la destrucción del sitio al que dedicó sus últimos 14 años de trabajo. Nadie le dijo que viniera a supervisar el desarme, aun así, viaja a diario desde Alamar, sin transporte o almuerzo, a poner algo de orden en ello.

En estos momentos [trabajando en el desguace] hay una pequeña brigada pagada por la dirección municipal de Deportes, que junto con los trabajadores del lugar están desarmando, pero con escasas herramientas. Hay elementos que no se van a poder sacar”, comenta Porfirio al borde de las vigas que antes sostuvieron el tabloncillo.

Explica que lo reutilizable será enviado a otras instalaciones de La Habana Vieja, y muchas cosas están siendo trasladadas a la Sala Polivalente Ramón Fonst, donde radican ahora —y por el momento— los 96 empleados que conformaban la plantilla de la Chocolate. De cierta manera, esos trabajadores correrán la misma suerte que los trozos de la Kid Chocolate: eventualmente algunos servirán de piezas de recambio en diferentes sitios; otros se harán a un lado.

El sábado 26 de enero de 2019, Porfirio Alberto González Días era la última línea de resistencia ante lo inevitable: él y su pequeña oficina bajo las escaleras, el único sitio de la Kid Chocolate que no había sido destruido aún. Se supone que debía estar en la nueva sede, pero su trabajo es la Chocolate. Hasta el final.

Porfirio vive en el limbo de una institución fantasma que posee el nombre, pero no un espacio físico.

Las oficinas de la Kid Chocolate también en ruinas. Foto: Julio Batista

La oficina de Porfirio. Foto: Julio Batista

La Kid Chocolate debió quedar vacía el 25 de diciembre de 2018. Ese día, supuestamente, el INDER debía haber abandonado el edificio —ya desmantelado— para que la inversionista ALMEST tomara posesión del inmueble. Como la recogida no había concluido, la fecha se corrió hasta el 31 de enero de 2019.

Sin embargo, en la noche del 27 de enero pasó un tornado por La Habana y los camiones que debían ocuparse de trasladar los restos que quedaban en la Chocolate fueron movilizados para la limpieza de las zonas afectadas. El lunes 4 de febrero nada había cambiado. Porfirio seguía en su pequeña oficina bajo la escalera. La madera, la chatarra y los escombros acumulados; aún el Hotel Pasaje no comenzaba a construirse.

El destino de la Sala parece el reflejo del país. Cuba posterga sus aspiraciones sociales en la búsqueda de las divisas frescas que traerán los visitantes extranjeros. Más que una instalación deportiva, la Kid Chocolate era un símbolo del deporte popular y revolucionario, un coloso deportivo y social en una zona de la ciudad asediada por el turismo y los altos precios. La Chocolate era un sitio sin lujos, de los de abajo, de los humildes.

El Pasaje será otro hotel más en La Habana Vieja. La desaparición de la Kid Chocolate crea un vacío en el espacio deportivo habanero que la ciudad no tiene cómo llenar a corto plazo.

Pero ahora ya nada pueda hacerse. La Kid Chocolate está en ruinas.

Foto: Julio Batista