El día después que Fidel murió salieron 25, 26 y 90 en La Bolita, esa lotería underground que entretiene en toda Cuba. Jennifer Veliz sabe que en Zamora, Marianao, la gente apostó a esos números.

-Y el que puso se forró –le cuenta risueña a Ernesto, que le dicen Calzadilla porque se apellida así.

-El 90 por los años que tenía Fidel –apunta el muchacho desde un sillón, en un barrio poco acostumbrado al silencio de esta tarde.

Y Jennifer completa la cábala:

-El 25 fue el día de la muerte, y el 26 el año en que nació.

-Y hoy salió el 40, que significa Padre –dice Calzadilla como un punto final, deja de mecerse y se va al patio de la casa para envasar hielo, el negocio familiar.

-Entonces apúntale al 45, que es Presidente –alcanza a gritarle Jennifer como para poner la última palabra.

A La Bolita se dice, la guarda cierta mística. Los jugadores leen señales de esa espiritualidad en sucesos cotidianos, noticias de acá y del mundo. Zamora, quizá Marianao, quizá Cuba, jugó los números de Fidel. Confió en sus signos luego de la vida.

El domingo Jennifer saca su cara de condescendencia:

-Mira tú si es bueno, que después de muerto ayuda a la gente.

Decenas de miles van a la Plaza de la Revolución. Este lunes no hay discurso, ni desfile, ni proclama. Hay mucho pañuelo afuera, y prendas negras en la ropa, y una foto con rosas blancas en el Memorial José Martí. No se expone ninguna urna con cenizas. En algún lugar todavía no público está el cuerpo de Fidel, transformado en su sustancia.

-No pude conocerlo personalmente, pero crecí escuchando su nombre en asignaturas como Historia de Cuba –dice Jennifer-; y tuvo mucho que ver en mi decisión de optar por una carrera en el ámbito militar.

Jennifer es traductora. Es traductora del Ministerio del Interior. Traduce cables del inglés al español para la jefatura.

-Ese sábado me acosté temprano, y no fue hasta la mañana siguiente que conocí la noticia -recuerda-. Mi tío llegó a la casa para decirlo, y yo no le creía.

Cerca de la medianoche Raúl Castro leyó un comunicado en cadena nacional. Algo pasa cuando los canales transmiten conjuntamente, los pocos en casa o despiertos se reclinan para oír. Y la voz pausada del hermano confirma que el hermano se ha ido. ¡Hasta la victoria siempre!, termina Raúl y luego de unos segundos mirando a cámara, se deja caer pesadamente en el espaldar del asiento. Las próximas retrasmisiones de la alocución serían despojadas de ese último fragmento de humanidad.

Una versión limpia fue la que Jennifer vio. Sería, de todas las vías, la única por la que hubiera creído la muerte del hombre que en Twitter tantas veces mataron, o en rumores, o en textos de ficción. Las palabras y los muertos, de Amir Valle, ya no será más la imaginación. Como empieza la novela, así empezó el día de millones de cubanos.

-Unas 600 veces trataron de asesinarlo –recuerda Jennifer la estadística que es vox populi y ha servido de guión para una serie televisiva-. Imagino que quienes lo intentaron ya no tendrán motivo para vivir porque Fidel, sin quererlo, se convirtió en una obsesión.

Para los cubanos Fidel y el béisbol comparten un mismo status: el de la fogosidad. Es difícil hablar sobre él desde la razón; se habla desde la emoción. Desde emociones C4.

+++

-Él era así: una figura polémica –me dice Jennifer mientras desdobla un papel. Está escrito a mano. Dice que pocas veces ha escrito para alguien. Imagino menos veces para alguien que haya muerto.

Fidel no ha muerto –se aclara la voz y Calzadilla regresa del fondo de la casa, donde el hielo está envasado. Finalmente prefiere pasarme el papel del poema antes que leerlo en voz alta. Ya lo mandó a un email habilitado por la TV nacional a propósito de la noticia.

-¿Saben qué? –soltó Calzadilla apoyado en la pared-, ayer la venta de hielo fue de 90 bolsas.

-Otra señal para La Bolita.

-Eso mismo pensé yo, Jenni. Pero mi abuela, que no cree mucho en esas cosas, me dijo que en verdad Fidel ya había cumplido en agosto los 90 y ahora estaba viviendo su año 91 de vida.

-Bueno, viéndolo así, tiene razón –aceptó la muchacha y nos hizo sentir una partida de ingenuos.

Foto: Yoe Suárez