Ahora el momento social de Boris es cuando entra a las redes sociales. Hace poco Facebook le prohibió comentar y publicar por 24 horas. Es su segundo strike con el atrapabobos de Mark Zuckerberg. Esta vez fue una foto dividida en dos imágenes: en la primera Derek Chauvin en pose patriótica con la rodilla sobre el cuello de George Floyd y en la otra un policía mirando la escena como si estuvieran aplastando a una cucaracha muy grande. En un letrero sobre la imagen se leía: “Cuando te dicen que no todos los pacos son malos y que hay algunos buenos. El paco malo (la imagen de Chauvin), el paco bueno (el que observa el homicidio)”.

A Boris le da igual porque conoce de memoria el cortísimo diámetro de la “verdadera democracia”. Para él, Zuckerberg es un represor de la libertad de expresión, tú y yo unos títeres oprimidos por el Estado y all cops are bastards (todos los policías son unos bastardos), como reza una consigna anarquista.

Para un anarquista como él no hay nada más importante que la libertad individual, la que está incluso por encima de la salud colectiva. Boris entiende el aislamiento físico como una opción personal, no como un mandato autoritario. Lo que pasa es que la ideología de Boris es, a la vez, la gran ironía de su vida: lucha por la libertad individual, pero está preso dentro de su propio cuerpo. Y confinado por una pandemia. La cárcel es doble.

Boris Milián padece una condición llamada atrofia muscular espinal Werdnig-Hoffman, una enfermedad que degenera las neuronas motoras del asta anterior de la médula espinal. En Cuba se manifiesta en uno de cada 28.000 mil nacidos vivos. Las probabilidades de sobrevivir a los tres años de vida con esta enfermedad son escasas, la mayoría de los nacidos presentan graves problemas respiratorios y se asfixian. En su caso, las estadísticas equilibraron de otra forma la tendencia: tiene 33 años, pero solo puede mover las manos.

Su rutina tiene dos fases. La casa, y con ella la dependencia total a una familia que lo alimenta tres veces al día y a un extraño que le lleva cigarros, lo baña, le vira la pierna, le deja agua y se larga. Con la familia habla estrictamente lo necesario, unas quince o veinte palabras al día. La otra fase es salir de casa, el otrora momento social. Cantelli, El Ruso, Bárbaro, Alain, cualquier alcohólico o hacedor de “medias” ambulante que pase. Son horas de debates en torno a muchos temas de historia, de cine, de política, de pornografía. Hay bastantes dosis de gritos y de pensamiento crítico o, al menos, un intento por no dejar el tema en lo que consideran el entretejido parcializado de un libro de historia. Lo esencial de esa fase es que son sus horas anárquicas del día.

Boris está desde el 20 de marzo sobre una cama, moviéndose nada más cuando lo trasladan al baño. Viviendo solo una de las fases de su rutina.

La cuestión de los discapacitados en tiempos de COVID-19 no ha sido pasada por alto. Michel Bachelet, la Alta Comisionada de Derechos Humanos del organismo, aseguró que “las personas con discapacidad no solo enfrentan mayores riesgos por la COVID-19, sino que también se ven desproporcionadamente afectadas por las medidas de respuesta, incluidos los confinamientos”. La oficina de Derechos Humanos creó una guía en la que ofrece medidas para lidiar con este problema como, por ejemplo, fijar horarios en los que solo personas con discapacidad puedan salir a la calle para comprar provisiones.

En el caso de Cuba, el Gobierno posee mecanismos para proteger a madres solteras con hijos menores de edad, embarazadas, ancianos y discapacitados a través de la Seguridad Social. La ministra de Trabajo y Seguridad Social Elena Feitó Cabrera explicó en el espacio televisivo Mesa Redonda que entre las medidas adoptadas en esta etapa está la visita de los trabajadores sociales a las familias vulnerables para asistirlas en la realización de trámites; canalizar los relacionados con prestaciones monetarias; prestar un servicio de alimentación a la comunidad; entregar medicamentos controlados y pagos de las pensiones de la Seguridad Social a domicilio. Estas medidas han beneficiado a unos 112 000 núcleos familiares en los últimos tres meses.

Boris no necesita ninguna de estas asistencias. Aunque es huérfano vive con dos tíos que pueden atenderlo. Unas semanas antes del aislamiento social padeció de una infección en los riñones que nunca se curó del todo. Cuando comenzaron las medidas, la enfermedad reapareció, pero sus familiares decidieron no llevarlo a un hospital por temor al contagio y tampoco quisieron que algún médico fuera a la casa. Aguantó durante una semana un dolor muy fuerte al orinar hasta que un amigo cercano, Hamed Toledo, gestionó la visita de un doctor.

“Un día me dice que tiene un uñero, que estaba orinando con dificultad. Me pide que hable con la doctora del consultorio para que lo fuera a ver. Entonces yo fui y hablé con la doctora, que accedió a hacerle una inspección directamente”.

El doctor Pedro Sáenz*, residente en Neurocirugía explica que “los pacientes encamados tienen más riesgo de contraer infecciones urinarias y bronconeumonía. Infecciones urinarias porque este reposo total hace que la vejiga se dilate y retenga mucha orina. La bronconeumonía porque cuando salimos a la calle estornudamos o tosemos y así expulsamos mucosidades. Pero estar tanto tiempo encerrado evita esta expulsión. La debilidad puede estar asociada también a la depresión por el confinamiento. Lo ideal es que salga, al menos, durante 30 minutos todos los días”.

El consejo del doctor puede ser extensible a los alrededor de 77 mil discapacitados físico-motores que había en Cuba, al menos hasta 2019. La Asociación Cubana de Personas con Discapacidad Físico-Motora (Aclifim) es la organización encargada de “integrarlos a una vida socialmemente útil con iguales derechos y oportunidades”, según su sitio. Además, les brinda asesoría jurídica sobre las leyes que los amparan. Boris también pertenece a la Aclifim, cuando era niño y adolescente participaba en sus actividades; en los últimos años ha perdido el vínculo.

Por el momento Boris se mantiene en casa y espera que todo vuelva a la normalidad, que terminen las sugerencias de aislamiento; una medida en la que no cree, dictada por un sistema global que aborrece. Además de interactuar en las redes sociales invierte su tiempo en consumir literatura política para despedazar tankies, capitalistas verdes, burgueses, progresistas hipócritas y todos los presos de su propia conciencia que detecte en Facebook o en la vida material del Parque de Guanabacoa. Uno de los libros es Reflexión sobre la violencia, un análisis de la violencia como herramienta política, de George Sorel. Según Boris, Sorel es el papa del sindicalismo revolucionario, una figura de quien bebieron mucho los fascistas. El otro, El pez en el agua, las memorias de Vargas Llosa sobre su carrera como candidato presidencial a Perú. “El libro es muy anticomunista e ilustrativo del tema latinoamericano. Vargas Llosa es muy lúcido en cuanto a este, pero ingenuo en cuanto a su solución”.

Así ocupa su tiempo. Literatura, Stranger Things, un anime. Y así, cada día, pierde un poco de fuerza. “Estar tanto tiempo en cama no es bueno para mí, la inmovilidad me debilita”.

Su último comentario mordaz en Facebook lo vi hace dos días. Un texto de Guillermo Cabrera Infante que hablaba sobre una visita de Allen Ginsberg a Cuba. Ginsberg, el poeta, el aullido, la presa del liberalismo de su tiempo, se enamoró de la carne épica y velluda de la Revolución triunfante, tan sabrosa, tan colosal, tan pétrea. Según Cabrera Infante, este amor instantáneo que no reparó en palabras explícitas en público le valió a Ginsberg una detención en el hotel Capri y un viaje-expulsión a Praga.

Boris pide a gritos su tercer strike, y a lo mejor no precisamente de Zuckerberg.

 

 

*Seudónimo utilizado para proteger la identidad del médico cubano.

 

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