En 2007 y con 19 años, Lianett Gutiérrez Márquez tomó un avión con destino a Francia. Tenía en mente estudiar, no sabía bien qué, pero convertirse en Licenciada. Abandonaba un país (Cuba) con estudios superiores gratuitos, y aun así, decidió pagar y probar una nueva vida cruzando el Atlántico.

“Después de estudiar muchas cosas terminé graduándome en Literatura y Civilización Extranjera, especializándome en Español, e hice dos masters vinculados a esa materia, que me permiten además enseñar el Francés”.

El paso del español al francés,  su dominio simultáneo, siempre fue su salvación para encontrar sustento y ahora también es el motivo para su regreso a Cuba. Antes de reaparecer en Isla Lianett se dedicaba a enseñar su lengua materna a personas adultas en las noches.

“He tenido una buena vida en Francia, no lo puedo negar. He aprendido mucho, he viajado a un montón de lugares, he conocido la cultura europea, la forma de pensar y vivir de la gente…”. Entonces, ¿qué pasó? Dice Lianett que no se le apagó un espíritu bullicioso, alegre, intranquilo y dicharachero del trópico, que no tiene mucho espacio para florecer en la sociedad francesa… Pero más que cualquier estado de ánimo, la razón para volver ha sido la oportunidad de trabajar en Cuba con un salario europeo.

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Lianett es maestra de la Escuela Francesa de La Habana, donde enseña a niños extranjeros o con doble nacionalidad un Español básico, y además Francés a los que no dominan esa lengua.

“Mi identidad se divide entre Cuba y Francia, lo que me hace tener choques entre ambas. Hay momentos que tengo un pensamiento muy francés, por ejemplo cuando creo que la gente va a ser puntual a un determinado evento y me estreso y me digo:’¡Ay Dios mío sal de este cuerpo Francia!’ (Ríe) y es que el cubano no tiene horario. Otras veces el pensamiento es muy cubano y tengo un conflicto entre las dos reflexiones”.

Los nueve años en los que vivió en Metz, una pequeña ciudad fronteriza con Alemania, Bélgica y Luxemburgo, la hicieron mirar con otros ojos a esta porción de tierra en el Caribe. “Cuba ha cambiado un montón en los últimos diez años, sin embargo el cubano sigue teniendo un problema: se cree el huevo del mundo, y que somos el mejor país, el que más trabajo ha pasado, y no miran que al lado hay países como Haití, Santo Domingo, El Salvador, donde hay muchos más problemas y la gente vive peor. El cubano a veces se queja sin valorar lo que tiene”.

– Esa es tu percepción del cubano, pero, ¿qué visión tienen los franceses de Cuba?

“En Europa todo el mundo quiere conocernos. Cuba es lo exótico, la figura del Che es una guía para exigir derechos. El francés viene a Cuba antes de que Cuba cambie, esa es la ley en estos momentos”.

“Y yo me digo: ‘antes de que cambie qué si ya Cuba cambió’: se hizo un desfile millonario de Chanel, vino un presidente norteamericano, se filmó la saga de Rápido y Furioso y una campaña publicitaria para el nuevo Audi A8, entre otras cosas. Ya son muy pocos los cubanos que viven solamente de su salario, o sea, Cuba ya no es lo que muchos extranjeros piensan”.

Pese a tantas contradicciones y dudas personales, Lianett decidió retornar. Ahora vive alquilada en la Habana Vieja. Bota la basura en los latones estropeados de la esquina. Protesta con el precio en las tiendas y mercados (asombrada porque un pomo de crema sale más caro que una ropa en Francia). Se incomoda cuando no pasan taxis almendrones o cuando no hay nada que ver en la televisión cubana.

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“Para mi Cuba es un país que tiene muchas cosas buenas –aclara- y partir de lo bueno, debería construirse algo mejor, no buscar lo que no conocemos. Pero necesitamos cambiar muchas cosas”.

Firme y serena a la vez, y dejando escapar cierto acento foráneo, dice que le interesa mucho conocer la otra cara de Cuba, la que no ven los turistas ni el cubano que viene 15 días de vacaciones a visitar la familia y se vuelve a ir. “Persigo una conexión real con la vida de las personas para, a partir de ahí, escribir, ir más lejos, saber más. Regresar es una manera de retomar mis raíces, porque tanto tiempo afuera pierdes un poco tu idiosincrasia, y quiero de cierta manera recuperarla. Además, sería interesante ver cómo evoluciona la sociedad, cómo se puede construir un futuro, y ahora se me ha presentado la oportunidad perfecta”.

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Aplatanada de vuelta, Lianett atraviesa todas las mañanas la capital cubana para llegar puntual a su Escuela Francesa de La Habana.

“Es el principio de la educación de los niños. Trabajamos otra profesora y yo con 25 alumnos de diferentes nacionalidades en las normas de conducta elementales, las letras, los números, les leemos cuentos y poesías. Es un trabajo muy bonito porque recibo de ellos mucho cariño. Llegan y están contentos de verte por la mañana, te dan un abrazo, un beso, te traen una flor… Es una tarea muy importante porque estás influenciando el carácter y la manera de pensar de esos niños”.

El entusiasmo la aborda cuando conversa de su nueva vida y trabajo. No está segura qué pasará con ella o dónde estará dentro de un año. Prefiere vivir el “aquí” y el “ahora” y no apresurar decisiones. “Si quieres averiguarlo –me reta- ven y entrevístame otra vez”.