Dianelis Romero Mejías lo pensó mucho antes de engavetar el título como educadora preescolar. Ahora, en la casa de alquiler donde trabaja, ya no viste bata rosa ni lidia con el bullicio de 30 infantes a su alrededor.  

Cuando aún tenía 16 años de edad decidió dejar su carrera como deportista y acudir al llamado de las autoridades en la provincia para formarse como educadora de círculos infantiles.

“Reclutaron a muchas jóvenes que como yo terminaban el noveno grado sin opciones de carreras, y el Ministerio de Educación nos dio la elección de un concentrado en dos cursos para ingresar de inmediato a los círculos infantiles donde hacíamos falta.”

“Habilitaron unas improvisadas aulas de las que salieron algunas muchachas sin la menor sensibilidad hacia el cuidado de niños y niñas. La verdad que se escogió de todo y no hubo una selección idónea, fue un proceso masivo con demasiadas incongruencias, y  como decía mi abuela: lo que bien no se planifica, bien no sale y luego vinieron las consecuencias.”

“Pero de todas formas yo me desarrollé en una tarea que verdaderamente me gustaba, sentía vocación y me fui encariñando con el trabajo de cuidar niños.”

En el círculo “Soldaditos de la Revolución” comenzó su trabajo con infantes que ingresaban en el salón de cuarto año de vida. Para ser una trabajadora sin estudios preuniversitarios su salario de 435 pesos (menos de 20 CUC) era elevado para el contexto estatal cubano; sin embargo, a Dianelis no le alcanzaba.

“Las profesiones las eliges porque te gustan y siempre por necesidades para sustentarte, pero yo creo que al educador no se le estimula como debe ser. A eso súmale la exigencia de usar zapatos cerrados (que suponían debías comprar con el salario de todo un mes) y una bata poco apropiada para nuestro clima, que además debía durar todo un año”.

“Eran demasiados requerimientos para un trabajo de más de 8 horas, con un almuerzo mal elaborado, que sumaba la exigencia de adornar las áreas del círculo infantil sin que te dieran los materiales.

“Ahí están las causas de que en algunos círculos cienfuegueros no haya suficiente personal y veamos a veces a una sola educadora o dos cuidando a 32 niños. Eso es un exceso, que puede poner en riesgo a los pequeños.”

“Por múltiples insatisfacciones muchas de mis compañeras abandonaron los círculos infantiles. De 120 muchachas que comenzamos a estudiar en mi año, solo unas 50 se encuentran hoy trabajando. Y es por eso que la mayoría del personal es casi de la tercera edad, muy pocas son jóvenes. Las muchachas han visto una gran oportunidad con la apertura de otras opciones como los círculos particulares, que pagan 10 ó 15 CUC por niño, y por eso dejan los círculos estatales.”

“Yo encontré una posibilidad mejor para mi economía en una casa de alquiler. Con esto al menos puedo darme mis gustos, que no son gran cosa: comprarme la ropa que me apetece y la comida de mi casa, ayudar a mi familia.”

De un segundo a otro, en esta exposición casi sin pausa que me ha hecho del problema de la atención a los niños en edades preescolares en Cuba, el rostro de Dianelis cambió. Organizar sus pensamientos, sus nostalgias y dolores, le hace soltar un suspiro y mirarme directo a los ojos:

“No voy a negarte una cosa, añoro los días en que trabajé como educadora, por eso te digo: si suben los salarios, soy la primera en regresar.”