En la calle Aguilera, de las más céntricas de Santiago de Cuba, y rodeado de otros negocios (zapatero, barbero y vendedor de discos) tiene su sede uno de los puntos de venta de libros por cuenta propia de la ciudad, aunque este, curiosamente, no está en el portal de una casa, sino en los interiores de una cuartería. Aquí tampoco predominan los textos de personajes históricos cubanos, anzuelo fácil para turistas compradores, ni existen precios en CUC.

“Nos debemos al público nacional”, resume Yunier Riquenes, joven escritor y uno de los creadores de este proyecto de promoción literaria que se inició en 2012 como un sitio web, bajo el nombre de Claustrofobias.

“Conocí un día a Yunier y me pareció increíble que no tuviera un espacio en la web para promocionar su obra, yo tenía un dominio y se lo di. Con el tiempo me percaté de que no era solo un problema de él, sino de la mayoría de los escritores cubanos, por lo que decidimos ambos convertir la página en un espacio de socialización de la literatura cubana”, cuenta a su lado Naskicet Pérez, informático, realizador audiovisual y lector, como él mismo se define.

“La historia es más o menos así: nace la página, luego el boletín, las secciones en la radio, después un programa y luego la aplicación para localizar libros”, enumera Yunier.

Foto: Aracelys Avilés Suárez

En www.claustrofobias.com se indexan revistas y publicaciones relacionadas con el libro en Cuba, así como las editoriales del país. Se promocionan cuentos, fragmentos de novelas, artículos, poemas, novedades editoriales.

El boletín es un resumen de lo que se ha hecho en el mes, y se envía a una lista de correos digitales, y a 500 direcciones de correo postal. Cuenta Naskicet: “La locura es doblar los sobres, pegar los sellos, 500, ¡es una cosa de locos!, y el lío es que no nos quieren vender todos los sobres en un mismo lugar. A veces estamos tan cansados que decimos que no vamos a seguir, pero siempre llega una carta, dándonos ánimos, elogiando lo que hacemos”.

Yunier admite que ahora el trabajo se hace más llevadero porque se han sumado otros integrantes: Amel, diseñador; Zailen, editora; y Vicente, fotógrafo y camarógrafo. Los tres tienen trabajos aparte y no cobran nada por lo que hacen en Claustrofobias.

Foto: Aracelys Avilés Suárez

“Aún no estamos en condiciones de pagarle a nadie, son muy pocas las entradas estables que tenemos: una beca de la AHS, —de hecho, somos un proyecto de la Asociación—, y la venta de libros, por la cual, como todo el mundo, tenemos que pagar una patente”, explica Yunier.

Los libros llegan a la librería de diferentes formas, algunos los donan y otros los venden. Ajustando un precio que casi nunca supera los 20 pesos, el 60 % es para el vendedor y el resto para la librería.

Foto: Aracelys Avilés Suárez

A este trabajo de promoción y comercialización se añade un sello editorial propio y cursos de escritura creativa para niños y adolescentes. Sueña Yunier con que más adelante puedan tener un restaurante o un café, como espacio de socialización física del proyecto.

“Cuando dejamos de publicar algo que se suponía que teníamos que publicar, eso es tremendo, a veces el público nos exige más de lo que podemos, creen que tenemos mucho presupuesto, que tenemos una empresa con mucha gente que trabaja para nosotros”, añade Yunier.

Naskicet se sumerge en la esquina del local donde está la computadora, Yunier detiene el inventario de los últimos libros que entraron para atender a dos clientes. Quizás más tarde Naskicet tenga que cambiar el orden en los estantes, porque no esté conforme con lo que ha hecho su compañero. Yunier afirma: “De todas formas la librería siempre tiene que cambiar, la gente tiene que encontrar algo diferente todos los días. Parte de eso es claustrofobias, miedo a los espacios cerrados, pero de la mente, es un temor a los esquematismos mentales, es un sí al dinamismo”.