Dos cosas impresionan a primera vista de Grettel Serrano. La primera, su gusto al vestir. No sobra ni falta nada. La segunda es que sabe reutilizar, combinar, renovar cualquier cosa: desde una cartera de su abuela hasta un viejo farol que transforma en una lámpara, bella y funcional.

Por: Alejandro Ulloa García

Lo de la tienda de lámparas es solo un reflejo de sus intereses de vida. Cuando estudiaba actuación, Gretel se apasionaba con el diseño de escenografía, de vestuario. Componer sus personajes era una de sus diversiones. Ya graduada, quiso estudiar diseño en el Insituto Superior de Arte, pero cosas de la vida y un hijo alejaron definitivamente aquel sueño.

Después de algunos años de ama de casa, y como siempre le ha gustado tener su independencia, Gretel aprovechó el “boom de los negocios particulares” en Cuba y junto a un amigo diseñador de lámparas armó su emprendimiento. Ya lo tiene, muy cerca de la céntrica intersección de 23 y 12, aunque para ponerlo a flote ha debido sortear mucho burocratismo y desestímulo al trabajo privado.

“Cuando fui a sacar mi licencia, me dijeron que el perfil más adecuado para mi actividad era el de artesano. Y ser artesano no es algo menor, pero no creo que yo haga artesanía. Yo hago productos de diseño, y eso de cierta forma es arte”, dice Gretel, y recuerda las mil y una trabas para hacer valer su visión de tienda de diseño.

“Fíjate si esto es complicado que, cuando puse mi cartel, vinieron unas inspectoras a retirarlo, porque tenía que poner la actividad que realizo («artesanía») y no lo que yo tenía, que es «diseño de luminarias». Todo un rollo.”

Para crear esta muchacha debe sortear entuertos tan terrenales como que la tela plastificada con que forra las pantallas de las lámparas, no se comercializa en Cuba, así que depende de encargar la fabricación de las pantallas a un taller en La Habana Vieja. “Lo ideal sería que las pudiera hacer yo, como yo quiera.”

En función de su independencia, Gretel logró comprar fuera del país una máquina especial para fabricar la armazón metálica de las pantallas, pero luego de tres meses en Cuba, la escasez de alambre galvanizado ha impedido utilizarla, siquiera por primera vez. Para asegurar sus creaciones, la diseñadora de lámparas se ha buscado unos “proveedores” bastante suigéneris, que van desde personas que hurgan en la basura (los llamados “buzos”) hasta ancianos que le llevan lámparas viejas, ¿inservibles? Y a todo le saca luz.

Sin embargo, no todo es gris. Junto a Tatín, un “señor mayor de manos mágicas, que obra cualquier cosa”, Vintage Bazar no es solo una tienda sino que da un servicio de restauración o remodelación de lámparas antiguas, prestación casi imposible de encontrar en el sector estatal estatal o privado. Así, por su singularidad ya acumula clientes entre los restaurantes privados de La Habana y el mismísimo Hotel Nacional.

Además, poco a poco, más artistas dedicados a las luminarias encuentran en Vintag Bazar un buen lugar donde exponer sus obras para comercializarlas, ampliándose cada vez más las “ofertas de luz” y, por supuesto, los diseños posibles.