Mientras estudiaba Licenciatura en Química, a Juan Antonio no le importaba hacer varias cosas para ganarse el dinero. Vivía en una residencia estudiantil de la Universidad de La Habana y allí vendió memorias flash, mermelada, ropa, hasta que finalmente pudo costearse una impresora.

“Todo es cuestión de identificar una necesidad. ¿Qué es lo que más necesita un estudiante universitario becado? ¿Comida? Sí, pero también impresión cercana y barata”. Sobre esa urgencia montó Juan su pequeño negocio.

Doscientos pesos semanales de ganancia neta, el doble de eso en tiempos de fin de curso y el triple en etapa de exámenes finales. Al cabo del segundo año imprimiendo pudo incluso contratar a un ayudante.

El alumno de Química solo tuvo un contratiempo “menor”. En lo que a otros estudiantes les toma cinco años terminar la carrera, a Juan le tomó siete. “Imagínate, tenía que faltar a clases para poder atender a todos los que venían.  La receta de un buen negocio es no fallar nunca, si un día viene un cliente y tu no resuelves su problema, se va y se busca a otro”.

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“En el negocio me mantuve hasta que me gradué. Constantemente me decía que cuando me graduara sí que me ponía para la química de verdad”, recuerda Juan. Sin embargo, una vez graduado, y a pesar de gestionarse su ubicación laboral en un importante centro de investigación cubano, Juan tuvo que enfrentarse a la infeliz realidad de que su salario no alcanzara para vivir alquilado en La Habana, salir, tener novia y una que otra vez al mes, viajar a su pueblo natal en la provincia de Pinar del Río.

Hoy, Juan, el químico, sigue trabajando en la Química, pero no vive de ella. Ha retornado a sus días de emprendedor mixto, como nos gusta llamarles ahora a estas personas con un pie en la institucionalidad y el resto del cuerpo fuera de ella. Juan comercia ropas, audífonos e incluso chicles dentro de su propio trabajo; todo lo que encuentre al por mayor y pueda revender después.

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Pedro también se graduó de Química, se hizo Máster en Ciencias y fue el tutor de la tesis de graduación de Juan.

Por su talento como investigador integró un equipo de estudiosos de la proteómica y la farmacocinética, dos ramas de la ciencia que estudian el movimiento de los medicamentos dentro del organismo. En poco tiempo logró publicaciones en Analchem, una prestigiosa revista académica, pero cuando estaba a punto de escribir su doctorado decidió dar un salto vertiginoso:

“Me fui de mi trabajo en una institución del Polo Científico para dar clases de tenis a los muchachos que puedan pagarme”, revela.

“Antes yo era un apasionado de la Química que practicaba tenis por placer. Ahora enseño tenis en hoteles porque me da más dinero y a veces, por placer, hago algo de Química. Mi prioridad es traer a mis padres para La Habana, porque ya están muy viejos, pero es que una casa aquí cuesta lo que yo no voy a poder pagar y mucho menos como investigador en un laboratorio”.

“Decidí irme de mi trabajo, pues me molestaba mucho que después de cinco años de estudios de pregrado, tres más de postgrado y con un curriculum sólido, ganara menos que la mujer que limpia los baños en la Terminal de ómnibus. En serio, yo le pregunté un día y ella me explicó que gana a veces en el mes más de mil pesos, y yo tenía un sueldo que variaba de 600 hasta 800 pesos al mes. ¿Qué crees, periodista? ¿Tendría que ponerme a limpiar baños? Prefiero el tenis”, termina rotundo.

Lo que Pedro no sabe es que yo, periodista, gano en mi centro estatal casi exactamente la mitad del sueldo que él tenía. Se lo quise decir, pero preferí seguir escuchándolo.

Algo falla en las “aleaciones” empleo estatal/satisfacción profesional de estos jóvenes cubanos graduados de Licenciatura en Química. Detectar el problema es muy fácil, pero solucionarlo parece depender de un elemento no descubierto de la Tabla Periódica.

A pesar de todo, Pedro todavía sueña, y hace algunos meses aplicó para una beca de doctorado en una universidad española. Ahora se ha vuelto asiduo de la internet por WiFi abierta en algunas calles, a donde acude para revisar, anhelante, en busca de una respuesta positiva a su aplicación.

Juan Antonio tampoco pierde sus sueños: quiere ser Doctor en Ciencias, investigar algo trascendente relacionado con las proteínas recombinates, viajar a universidades del mundo, impartir conferencias y participar en eventos. “Pero primero me compraré un Chevrolet antiguo para convertirlo en taxi y después tendré una casa. Cuando tenga eso, entonces sí me voy a poner para la Química de verdad”.