No es raro encontrar en la sala del hogar más humilde del barrio una foto de Fidel o de Raúl.

En algunas ocasiones sabes que alguien las muestra en su negocito para escudar lo que debe o lo que teme; pero en otras muchas uno se admira de encontrar tanta carencia junto a una militancia y una fidelidad orgullosas y simples, sin los bombos ni los platillos de los que quieren, desde la barriga llena y el carrito chapa B, ser reconocidos a la hora del juicio.

Conozco gente que vive de la cuota, de los “mandados”; gente que casi muere si pierde el pan o la leche de la bodega; y gente que no le ha visto la cara a los peloteros de su equipo porque no tienen televisión, y aun así comentan el juego escuchado en el radiecito con la misma pasión del que tiene un cine casero.

Y el factor común entre toda esta gente pobre es que son los más agradecidos de todos para con la Revolución y sus líderes.

De eso no hay dudas.

Nadie los estaba filmando cuando murió Fidel, y no ofrecen una entrevista cada vez que dicen que “esto” es lo más grande.

No salen a rasgarse la ropa al portal, ni hacen alarde de aquella verborrea tan cansona y común en nuestros políticos de núcleo.

Simplemente lo sienten así.

Claro que, como todo joven posible, me he preguntado hasta donde llega ese compromiso; si eso que se parece tanto al hambre alguna vez los hará quejarse, más allá de la carnicería o la bodega.

He escuchado historias de vida de gente que hoy tienen una ponchera o venden cigarros al menudeo, y de repente te salen con que estuvieron en Angola o en el Escambray. Gente flaca y bajita. Gente buena. Gente que no te imaginas con un fusil.

He escuchado incluso el relato del viejo presidiario del tatuaje, que dice que ya “cumplió”, que lo equivocó aquella juventud de marihuana; y que luego va y prende la Mesa Redonda y el Noticiero, como un ritual sagrado.

La historia de nuestros padres cortadores de caña, de nuestras madres movilizadas.

La historia de tanta gente que dio su vida por una causa que no tenía la garantía de la recompensa.

Tanta gente no puede padecer del Síndrome de Estocolmo.

Tanta gente —de esa misma gente que se metió al monte a sacar a los alzados, que pelearon en Kangamba, que fueron segundos en la zafra de la caña o del café y no se ganaron el Moskovich, y aun así le sonrieron al diploma—, no puede estar equivocada; no puede tener miedo tanta gente junta.

Recuerdo con pesar cuando entregué mi carnet de la UJC. Era el aniversario de la muerte de Mella en la universidad y nadie se acordó. Y aquello se llamaba Instituto Superior Politécnico… “Julio Antonio Mella”.

Se discutía sobre planes de reuniones y trabajo político ideológico, y yo estaba empeñado en que le pusieran al menos una flor a aquel busto al que se le había caído el 1903, y parecía que Mella nunca había nacido.

Y me dijeron que ese no era el sitio ni el momento. Y dije y me dijeron… y tiré aquel carnet con rencor.

Todavía me pregunto si debí rendirme así, si no debí yo mismo poner aquella flor… si mi padre y mi madre, cortadores de caña y movilizados, estarían orgullosos de mí.

Todavía, en la sala vacía de sus casas, hay una foto de Fidel.