Cuentan que tres generales iban camino al campamento de Antonio Maceo, luego de pactar en el Zanjón. Antes de que alcanzaran su destino, a las manos del decepcionado Titán de Bronce llegó una nota del Mayor General Vicente García donde se leía, del puño y letra del tunero: “… en camino van tres traidores; en cuanto lleguen, fusílelos…”. Uno de esos tres hombres era el Generalísimo Máximo Gómez.

Por supuesto que no fueron fusilados; y la historia, en manos de Maceo aquella vez, le hizo preguntarles que “de parte de quién” llegaban; ellos respondieron que “de parte de nadie”, y con esa respuesta se abrió un nuevo capítulo de reconciliación, entendimiento y búsqueda de la unidad entre los cubanos patriotas, que desembocaría en otra guerra por la independencia.

De capítulos tan apasionantes y desconocidos como éste está repleta nuestra Historia. Sin embargo generalmente nos encariñamos, y hasta aceptamos la versión romántica que, muchas veces por falta de estudio, y otras por conveniencia, nos han recitado en la escuela o en la tribuna.

La realidad es que hay que leer mucho, buscar lo más cercano a la verdad en libros escondidos; porque no todo se puede aprender googleando. Nuestra historia ha sido escrita por hombres y mujeres mortales, muchas veces protagonistas, otras testigos, y otras sólo estudiosos e intérpretes de lo que en verdad sucedió.

Series televisivas como “Duaba” nos acercan más a capítulos hermosísimos, pero muchas veces mal contados o ignorados de nuestra historia mambisa. Nos acerca a los protagonistas de aquella epopeya en su dimensión de hombres, con todos sus defectos y virtudes.

No admiro menos a José Maceo por haberse despeñado por un barranco, tratando de salvar su vida, perseguido por los indios de Yateras; y con dolor por casi haber abandonado a Flor Crombet, sólo contra una columna de voluntarios. Hay que imaginarse la situación. Hay que plantearse qué hubiéramos hecho nosotros en esas circunstancias.

Esos hombres eran más grandes, son más grandes que la historia misma; y cada cosa nueva que se sepa de ellos no hace más que engrandecerlos, eternizarlos, acercarnos más a su ejemplo inigualable.

Todo el misterio del mundo rodea la muerte de Martí, al que posiblemente le hayan disparado en el suelo. Según contó Ángel de La Guardia, testigo del más negro de nuestros días, el Maestro trató de levantar la cabeza, abatido por una descarga enemiga, y el práctico de la columna, cubano por cierto, le disparó desde atrás, cegándole la vida al más universal de todos los cubanos.

El propio capitán español al mando confesaría que nunca entendió que hacía un hombre tan importante tan cerca de sus filas.

Toda la traición del mundo se encarna en la destitución de Carlos Manuel de Céspedes, antecedida por la muerte de Agramonte. Luego, olvidado, solo y sin escolta, moriría con el temple que mueren los hombres de su tamaño.

Y es que ya no quedan testigos presenciales, y menos protagonistas, de aquellos días turbulentos.

Lo mismo sucede con nuestra historia más reciente.

Envejecen nuestros barbudos, alfabetizadores, milicianos, diplomáticos y agentes encubiertos; pero aún tenemos tiempo de escarbar en la verdad.

La Historia de Cuba se merece ser contada tal y como fue, como es, y como será. Ahora mismo tenemos la oportunidad de dejarles a nuestros niños y jóvenes un legado de franqueza y humildad; que los haga querer en verdad parecerse a esos héroes que alguna vez sintieron miedo, dudaron o bajaron la guardia.

No hay vergüenza posible en mostrarlos como son realmente. Así es como un hombre común llega a llevar en sí la dignidad de muchos hombres.