Si todo marcha de acuerdo con los planes del ministerio de Agricultura, en marzo, los habitantes de las cinco provincias orientales, de Camagüey y de la Isla de la Juventud, tendrán la posibilidad de comprar papas a precio estatal. Así lo informó la semana anterior el periódico Juventud Rebelde. Pero la dicha no durará mucho. El vicepresidente de Acopio, aclaró a ese mismo medio que en los meses de mayo, junio y los siguientes, se distribuirá papa solo en la capital.

La muestra más evidente de la repercusión de la noticia son las decenas de comentarios al pie de ese texto. La mayoría cuestiona el esquema de distribución establecido para el caso, que privilegia a los territorios productores del tubérculo y a La Habana, esta última por cuenta del beneficio de estar rodeada de provincias como Artemisa y Mayabeque.

Además de que a partir de mayo los capitalinos serán los únicos que podrán comer papas fritas, entre febrero y abril recibirán nueve veces la norma asignada a sus coterráneos del centro-este de la Isla; tres veces y media la de pinareños y espirituanos; y más del doble de la que podrán esperar matanceros, cienfuegueros, villaclareños, avileños, e incluso sus propios abastecedores de la antigua Habana campo.

Dejando a un lado las incongruencias de distribución del tubérculo, sorprende el dato —planteado como al descuido— de que al término de esta cosecha se pretende superar en cerca de 32 mil toneladas la correspondiente a 2019. Sobre todo, por el hecho de que la elevación de rendimientos se conseguirá gracias al aumento de las áreas de siembra.

Y aquí es válida una aclaración: la papa es la más priorizada de las plantas alimenticias que se cultivan en Cuba. Por norma, sus productores disponen de beneficios que llegan de forma muy limitada a otras ramas agrícolas, como sistemas de riego y distribuciones regulares de combustible, piezas de repuesto, fertilizantes y productos de control fitosanitario. Tampoco suelen ser problemáticos ni la recogida ni el pago de las cosechas, a diferencia de lo que ocurre en el resto de las actividades rurales.

Aunque al ministerio de la Agricultura lo caracteriza la parquedad al brindar detalles sobre sus costos de operación, puede deducirse que con lo destinado a fomentar las 1 550 hectáreas que en esta campaña se sumaron al cultivo que nos ocupa, mucho se hubiera podido hacer en favor del cultivo de otras viandas más compatibles con nuestro clima: boniato, malanga y plátano vianda, por ejemplo.

De acuerdo con el anuario más reciente de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, mientras en 2018 se acopiaron 135 mil toneladas de papa, el boniato cerró balance con 549 mil toneladas y la malanga con 192 mil. De los platanales, en tanto, se obtuvieron más de 689 mil toneladas.

Tales aportes alcanzan su verdadera connotación si se tiene en cuenta que en su mayor parte se obtienen a partir de plantaciones carentes de riego y adecuada fertilización, y cuyos productores sufren cada año atrasos en el acopio y pago de las cosechas. Eso, por no hablar del elevado consumo energético de los frigoríficos destinados a preservar durante meses las papas recogidas a comienzos de año.

El ayer maravilla de la papa

En la década de 1980 los gobiernos de Cuba y la entonces República Democrática Alemana firmaron un singular acuerdo. Durante el otoño, la nación europea fletaría hacia la Isla dos toneladas de papa por cada una de las que le fueran enviadas desde aquí al concluir la campaña de primavera.

Para La Habana aquel era un convenio de ganar-ganar, pues también posibilitaba reducir al mínimo los volúmenes del alimento a mantener bajo refrigeración y garantizaba un suministro estable de semillas de calidad.

Los ‘alegres ochentas’ son, sin embargo, un recuerdo de difícil repetición. Y no solo por las veleidades de la política internacional. Incluso el clima conspira contra la que alguna vez fue considerada ‘reina de las viandas’ en Cuba. El sostenido incremento de las temperaturas resultó fundamental en la decisión de limitar las áreas bajo cultivo, que entre 2004 y 2015 se redujeron unas cinco veces. Un artículo de 2014 sobre el tema, citando a un especialista del Instituto de Sanidad Vegetal, resaltaba cómo la decisión gubernamental fue restringir la actividad a suelos y zonas con micro-clima (…) con la intención de potenciar los recursos.

A las altas temperaturas —favorecedoras de bajos rendimientos y plagas— se sumaba el incremento en los costos de las semillas, casi siempre adquiridas en el exterior.

Cinco años después, la política de sustitución de importaciones, promovida por el presidente Díaz-Canel, apuesta por recuperar el cultivo de la papa. Atendiendo a la política oficial, la mayor parte del incremento productivo de este año habrá de destinarse a atender las necesidades de la industria nacional y el turismo.

En paralelo, lo cosechado ayudará a garantizar cierta estabilidad alimentaria a los habitantes de la capital y esperemos que también contribuya a equilibrar la distribución a nivel nacional.

 

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