Tiene 25 años y se desplaza como quien carga el peso del mundo sobre sus piernas. Lo miro caminar y parece que de un momento a otro se detendrá sin aire, pero eso no ocurre, al menos no hoy. Aunque no estaba del todo errada mi impresión, luego me confirmará que padece de asma y que efectivamente, suele fatigarse.

Camilo se sienta, seca las gotas de sudor que resbalan por su yugular y se quita la gorra. Su frente es amplia y rolliza. Las entradas comienzan a ser visibles, porque su pelo rizo no tiene otra opción que ceder espacio. Su rostro, y todo él, lucen hinchados.

Se podría adivinar que desde su infancia ha sido gordo: la absoluta redondez de sus dedos, la espalda inmensa, los muslos tan compactos y abultados, como si no pudiese cerrarlos del todo. Cuando era niño sufrió una rigurosa operación de cadera y desde entonces los médicos han intentado, sin éxito, reducir su índice de masa corporal (IMC). Hoy tiene 1.73 metros de estatura y casi 300 libras de peso.

Me habla de su adolescencia, de los sobrenombres que aceptó sin molestarse, de una hipertensión que padece desde los ocho años y una diabetes que amenaza en los exámenes. No habla de complejos, ni dietas. No habla de un cambio de vida.

“He sido obeso desde que me acuerdo. Soy la batalla perdida de decenas de endocrinos”, bromea, y yo le comento que es frecuente, que en los últimos años el sobrepeso se ha vuelto un problema en la región, y que la cuarta parte de la población cubana es obesa, según un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO)

“En mi familia ser un niño gordo era sinónimo de salud y fuerza. A los siete años sufrí una intervención quirúrgica que me mantuvo en cama durante dos cursos: inerte. Un yeso inmovilizó mi cuerpo desde el pecho hasta las piernas”.

Fue época de apagones. Camilo recuerda el calor, la piel quemada bajo el yeso, la impotencia de no poder salir a jugar.

“Me sentía ansioso, comía una y otra vez hasta que engordé muchísimo. La actitud de la familia y su cultura nutricional es determinante en la dieta de los niños. Recuerdo que ellos me permitían comer demasiado, sobre todo pan y dulces. Y una vez que aumentas tanto de peso es muy difícil perderlo. Hoy decidí aceptar la manera en la que me veo, pero reconozco que la mayoría de mis padecimientos están asociados a la obesidad”.

La experiencia de Camilo, lejos de ser un caso aislado, se multiplica en el país. El sobrepeso es una condición que afecta al 59% de la población cubana, debido -dicen los expertos- a un desequilibrio energético entre calorías consumidas y gastadas. Un efecto que no solo se traduce en la obesidad como enfermedad en sí misma, sino también en un incremento de otras patologías.

Enfermedades en Cuba

Obesidad en Cuba. Foto: Alba León Infante

Es media mañana en la consulta de Endocrinología del Centro de Atención al Diabético en Pinar del Río. En el salón esperan decenas de personas, obesas en su mayoría, algunos niños.

En solo una horas de consulta, la Doctora en Ciencias Médicas, Saray Ordaz, ha atendido tres casos de debut de diabetes. “El promedio de nuevos pacientes víctimas de la enfermedad se ha triplicado”, explica la especialista con marcada preocupación.

“Desde la consulta recibo de primera mano los efectos negativos de la obesidad y su incremento año tras año. Si antes atendía dos o tres debut de diabetes en la jornada, hoy recibo hasta ocho pacientes con esta dolencia. Incluso, me llegan niños con diabetes tipo dos, lo cual no era frecuente; y ahora existe un aumento en el país, asociado mayormente a un IMC elevado”.

Otro índice inquietante es el aumento progresivo de sobrepeso en pequeños de edad preescolar, incluyendo menores de 12 meses, así como la presencia en menores de nueve años de enfermedades no transmisibles, entre ellas la hipertensión y nuevamente la diabetes.

¿Por qué han aumentado los índices de obesidad en Cuba?

“A nivel mundial ha ocurrido un aumento en la ingesta de alimentos de alto contenido calórico y un descenso en la actividad física debido a la naturaleza cada vez más estática de algunos trabajos. En la Isla no estamos exentos. La población cubana se alimenta mal y es sedentaria”, señala categórica la doctora Ordaz.

“Por una parte la actividad física es insuficiente, pero sobre todo la dieta diaria de un cubano promedio es abundante en carbohidratos y escasa en frutas y vegetales. Hay poca cultura nutricional, falta percepción de riesgo, y también hay que contar la escasez de opciones alimenticias y lo mucho que cuestan los alimentos más sanos (carnes blancas, frutas, legumbres, verduras).

“Cuando atiendo en la consulta a pacientes con sobrepeso, junto a la licenciada en nutrición, establecemos un plan de alimentación variado, pero no todos los pacientes pueden costear esos alimentos. Entonces: ¿qué hacer?”

Programas de agricultura urbana y suburbana, junto a un control del mercado agropecuario para intentar mantener a la baja los precios, no parecen cumplir su propósito. Camilo, por ejemplo, reitera par de veces mientras conversamos la poca variedad de alimentos sanos que puede pagar su bolsillo de trabajador estatal.

“Facilitar el acceso a los alimentos saludables, debe estar entre las prioridades del país para contrarrestar esta pandemia que es la obesidad, pero lo principal es cambiar estilos de vida desde la infancia y encaminar políticas hacia ello”, indica la doctora Ordaz quien asegura que la obesidad infantil por sí sola es capaz de predecir la obesidad adulta, así como mayor morbilidad y mortalidad en los adultos.

“Mientras no mejoren los hábitos alimenticios en la nación, continuarán en ascenso los índices de obesidad y demás enfermedades asociadas, como veo hoy en esta consulta y en el país entero”.