Hace más de cinco años Ricardo Navarro Infante ató la esperanza a su vida. La expectativa de emigrar para los Estados Unidos ha “encadenado” a este joven camagüeyano a una llamada telefónica que le avise de la aprobación de la visa, y mientras tanto ha puesto en pausa su juventud.

“Soy obrero calificado en electricidad, técnico medio en servicio gastronómico y tengo otro título similar dado en la escuela de hotelería y turismo de Camagüey. Trabajé en las oficinas de Turempleo desde el 2008, cuando me gradué, hasta el 2010, que empezamos los trámites para irnos del país. ¿Por qué dejé el trabajo? Para que no fuera un obstáculo en el momento de irme. Entonces, se pedía la carta blanca y no te la daban si no tenías la baja del trabajo o si tenías algún problema laboral.

“Mis padres (le digo papá a mi padrastro porque me crió desde que tenía un año) empezaron a mantenerme. El único trabajo que he tenido desde entonces fue en la pizzería que abrimos como negocio familiar, pues ellos también se fueron de sus trabajos. Eso duró hasta el 2012, cuando se fueron junto con mi hermano, que a diferencia de mi todavía era menor de edad”.

“Ellos me dejaron un parole, una categoría un poco más demorada en la reunificación familiar; pero de eso me enteré años después de haber empezado los papeles.

“A la hoy Embajada estadounidense fui como seis veces. No he gastado tanto dinero como otros, porque tengo la ayuda de mi familia en La Habana”, afirma.

“Me enteré de la normalización de las relaciones con los Estados Unidos en el noticiero y enseguida pensé, como mi familia allá, que todos mis papeles saldrían más rápido, pero ahora en febrero es que ha habido alguna mejoría, según me cuenta mi mamá, que por Internet revisa la página de la Embajada, porque se pasaron desde noviembre y hasta enero sin actualizar, dice ella.

Ricardo Navarro a la espera de una visa para Estados Unidos

“Pero en Cuba, en general, no se han visto mejoras. Ojalá con la visita de Obama cambie algo en concreto. Quisiera que nos pusieran Internet de verdad para que las familias puedan comunicarse mejor; que dejaran a los extranjeros invertir en Cuba al punto de abrir tienda; que los Estados Unidos hicieran contratos de trabajo con profesionales cubanos… Hay mucho por hacer”.

Además de extrañar las pizzas que hacía su padrastro, las broncas con su hermano para jugar en la computadora y los mimos de mamá, a quien no ve desde febrero del 2014, Ricardo, que vive solo, ha tenido que acostumbrarse a una nueva vida, una telefocéntrica.

No puedo salir de la casa, porque imagina que llamen y yo no esté aquí,¡qué va!

“Yo no tengo teléfono móvil, solo este fijo de la casa, al que me llamarán cuando todo esté listo”, revela. “Ya no puedo visitar a familiares que viven lejos en la misma ciudad de Camagüey, ni amigos; solo salgo al mediodía al gimnasio, y porque me queda cerca. Estudio inglés por mi cuenta, veo películas… Trato de aprovechar el tiempo pero como no tengo trabajo (sigue siendo un peligro emplearme) hay días que me matan el aburrimiento y la extrañadera. Si no fuera por la familia de mi novia, que me ha acogido como a un miembro más sería peor aún. Vivo aquí desde el 2012. Claudia y ellos han sido mis mejores aliados en esta condena, que espero acabe pronto”.