Un amigo escribió un cuento donde una pareja usa frases revolucionarias mientras practica el sexo. Un periodista del semanario local hizo un comentario donde hablaba sobre compañeros suyos de estudios, que durante los años setenta, se detenían delante de las vallas con consignas, porque admiraban la profundidad de esos pensamientos. No sé cuál de las dos ficciones me parecen más increíbles.

Los carteles con llamados a la unidad o la eficiencia llenan las carreteras de Cuba, crecen como la hierba silvestre, envejecen, están ahí por siglos. Sin embargo no veo que a nadie le importe estudiar el verdadero impacto de estas comunicaciones en el público, parece que se supone que el consumo de tales mensajes no sólo está asegurado, sino que resulta agradable, placentero. En contra de dichas suposiciones vale señalar que siempre se trata de las mismas frases, falta creatividad, uno hasta se imagina que las fabrica la misma mente para todo lo largo de la isla.

A mí me gustaría ver alguna que otra vez una consigna inmensa que diga: “¡Abajo la corrupción y la doble moral!” o “La patria es ara y no pedestal”. Ello si tenemos en cuenta que los espacios públicos pertenecen por Constitución al pueblo, y que nuestras inquietudes y consignas pudieran ser muy variadas. En el lugar donde vivo, Remedios, las carreteras de entrada y salida están flanqueadas por vallas que aluden a las tradiciones locales, a las leyendas más antiguas y eso me parece bien. Las consignas de un pueblo, deben parecerse milimétricamente a ese pueblo.

Mientras los carteles lumínicos y las Cocacolas llenan el espacio en los países que rodean a Cuba, hemos preferido pensar, colocar frases que vayan a lo más íntimo de la filosofía social que elegimos. Pero el asunto deviene a veces en una comedia de mal gusto o en la tragedia de las reiteraciones. Regar por todo el país la frase “Del combate diario a la victoria segura”, no garantizará de facto tal cosa. Una naranja kitsch es omnipresente en todos los carteles de la provincia de Villa Clara, fruta impersonal que lo mismo sostiene un bate de pelota que una hornilla eléctrica. Pudiéramos decir “Del mal gusto diario al kitsch seguro.”

En el cuento de mi amigo, el hombre decía “¡ni un paso atrás!” mientras penetraba a la mujer y esta respondía “¡aquí no se rinde nadie!”, luego ambos personajes armaban un plan de trabajo con cifras, tablas y fechas, todo ello para cumplir con lo establecido según las normas del Partido. Pareciera divertido, orweliano quizás, pero hay mucho de esa mentalidad en quienes saturan el país de lo mismo. Los manuales de identidad que guían las campañas de comunicación, las teorías del mensaje, se obvian y nuestra ideología cae en el zafarrancho de las consignas y se evaden significados.

Comunicar es un arte que además se puede adquirir en forma de oficio, la mensajería eficaz tiene sus reglas. Por ejemplo, hace poco se construyó una aplicación con todos los documentos del Séptimo Congreso del Partido para hacerlos portables en el celular. La idea era buena y acercaba la juventud a las inquietudes políticas de este momento, sin embargo he tenido en mis manos la herramienta y puedo testimoniar de su inoperancia y falta total de sentido del diseño atractivo. En fin, que si se hace un estudio de audiencia, podría ser muy bajo el número de jóvenes que se acercan a la aplicación.

En el comentario del periodista local, los compañeros de estudios del autor del trabajo se quedaban extasiados ante la profundidad de los carteles. En otra versión de la misma escena, unos parientes lejanos míos, que viven en Miami, visitaron Cuba y se retrataban delante de esas vallas porque les parecían insólitos mensajes comunistas. En este último caso no había pensamiento, sino diversión y hasta burla, y eso es grave. Ahora que se hace hincapié en la importancia de usar bien nuestros símbolos, pudiéramos pensarnos mejor cómo nos valemos de otros símbolos semióticos ideológicos. Quizás Cuba no necesite que la saturen de mensajes, como a la pareja no le era indispensable lanzar consignas de guerra mientras tenía sexo.

En su novela 1984, George Orwell delata un futuro socialismo metamorfoseado en el poder inamovible de una burocracia. Las frases y los momentos sacros son máquinas fantasmales que, en el libro, hunden los visos de humanismo de los personajes. Ojalá que ese combate diario no sea tan diario y haya tiempo para pensar, disentir, ser diversos, ojalá y esa victoria segura sea sincera y útil para todos. Quizás así esté justificado el orgasmo de la pareja en el cuento de mi amigo, a lo mejor de tal manera el comentario del periodista local gane en veracidad.