Sentado de espaldas a la pizarra Leander escuchaba, alzaba las manos y las hacía “hablar” con destreza. Frente a él, una persona con defectos auditivos, atendía. Leander era intérprete de lenguas y señas… justo hasta hace pocos meses.

Converso con él de pie junto a la mesa donde coloca sus nuevos instrumentos. Ahora se ayuda con pinzas y alicates y un medidor de intensidad. Leander es tan hábil con las manos como con la mente, y eso le ha permitido, sin problemas, dejar atrás la enseñanza y venir a sentarse, todos los días, en una mesa que tiene un cartel donde se lee: Relojero.

Una muchacha simpática nos interrumpe. “Toma —le dice, mientras entrega un bultico de tarjetas— si viene algún extranjero, le das eso y me lo mandas para la casa, por cada cliente que lleves te ganas 5 pesos de comisión”.

Leander sonríe, “es primera vez que hago esto”, me dice enseguida.

Hace tan solo unos días que Leander Iván Cañellas Matamoros trabaja como relojero. Aprendió el oficio en casa de un amigo. Luego vino el papeleo de la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT), casi un mes corriendo de un lado para otro, y esperando, hasta que por fin obtuvo el permiso que cuelga en un costado de la mesa.

La baja del Ministerio de Educación se la retuvieron por tres meses, pero él decidió marcharse, no asistir más a la Secundaria Básica Luis Pérez Lozano, de la ciudad de Cienfuegos, el último sitio estatal donde trabajó.

El oficio de intérprete, en realidad, lo atraía mucho. Yo ni sabía lo que era un intérprete de lenguas y señas.

Comenzó a gustarme mucho después de empezar el estudio.

En su primera ubicación tras graduarse, él y dos compañeras más, debían atender a tres alumnos sordos. Allí estuvo hasta que sus alumnos terminaron el 12 grado. “Luego de eso no cumplíamos ningún objetivo y nos reubicaron. Me mandaron para un Politécnico donde estudiaban 3 sordos más. Estuve más o menos el mismo tiempo y de nuevo cambié de centro laboral cuando esos muchachos se graduaron”.

“A mí me gustaba mucho lo que hacía, pero era complicado cambiar de trabajo constantemente. En otro Politécnico estuve 2 años. Allí había un solo sordo que estudiaba artesanía integral. Él rotaba por muchos talleres, cuando estuvo en el de cerámica roja hasta yo trabajé con el barro. Me complace aprender todo lo que pueda”.

Cuando Leander llegó a la secundaria Luis Pérez Lozano hubo un giro de tuerca. El primer mes de cobro el dinero no apareció y lo mandaron a que resolviera el asunto en su puesto anterior, “como la muchacha era amiga mía me ayudó con eso, pues los documentos nunca los trasladaron y me siguieron pagando por el lugar anterior. Al mes siguiente sucedió lo mismo. Encima de todo eso, el horario de la secundaria era mucho más duro y los estudiantes son muy desobedientes, había que tener una dosis grande de paciencia. En total apenas cobraba 415 pesos, que no eran pago para nada de lo anterior. Por eso me fui”.

Foto: Leslie Corrales Rosell

Las herramientas para arreglar las piececillas de los relojes se las agenció Leander como pudo, por pedazos, me dice: “unas me las dio mi abuelo, otras mi hermano, otras las compré; y en dos días que llevo aquí he hecho más de lo que ganaba en un mes trabajando en Educación”.

Una enfermera se acerca a la mesa y me obliga a callar. Lleva un reloj demasiado brilloso para mi gusto. “El que me lo vendió, — le cuenta a Leander— me dijo que era acero quirúrgico y que no se ponía prieto, ¿es así?”, interroga al relojero, quien responde con seguridad que el vendedor inicial había mentido.

La mujer, estupefacta, le entrega otros ejemplares que trae en una jaba para saber si tienen arreglo. “Venga la semana próxima señora —dice Leander— para esa fecha quedaron en traerme cristales y esferas”.

Foto: Leslie Corrales Rosell