–Uno dice “¡qué difícil trabajar con niños!”, pero te fascinan cuando interactúas con ellos. Tuve una práctica de cuatro meses y esos muchachos eran mi vida.

A Lázaro Gallardo sus alumnos le dicen “Maestro”, con un poco de solemnidad, pero a veces se olvidan de la jerarquía, le dicen “Lazarito”, se les escapa un “¡Lazarito!” que no disgusta al muchacho de veintiún años. Vete a Motembo, y óyelos gritarle.

–Yo no quería ser maestro –dice, y se acaricia la barba, acaso porque sólo le iba a durar hasta que empezara el curso–. Quería hacer el Pre y coger otra carrera que fuera más abarcadora.  A la hora de escoger conversé con mi mamá. Me dijo: “Lo que tú quieras estudiar.” Pero mi abuelo fue maestro y ella sugirió que valdría la pena intentarlo.

Vete a Motembo, un pueblo famoso porque de nuevo creen que reposa sobre un mar de petróleo. Vete a Motembo, un pueblo remoto: entre pozo y pozo, por encima de los aromas del gas natural, se ve la escuela.

–Aquí todo se mueve alrededor de esa escuela. Todo el mundo tiene que ver con ella. Esto es muy chiquito. El que no tiene un hijo en la primaria, lo tiene en la secundaria.

Es el centro, en efecto. A un lado está el Círculo Social; al fondo, un parque infantil desvencijado; enfrente, un jardín. La puerta da a la calle principal. Vete a Motembo por ahí mismo. Por la calle no, por la puerta de la escuela.

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–Casi no salí del pueblo antes de irme a estudiar en Santa Clara. Al ver mil y pico de estudiantes me quedé impresionado. No conocía a nadie, sólo a otro muchacho, compañero mío de aquí. “¡Ño! ¿Dónde estoy?” Pero pasé todos los cursos perfectamente, sin problemas. Hasta fui presidente del grupo. Antes de terminar la carrera participé en el Evento Nacional de Escuelas Pedagógicas y obtuve el primer lugar en el concurso de matemáticas. No me quejo del camino que escogí.

Ah, las matemáticas. Calcula que Lazarito viene a dar clases después de un año, cientos de días sin revisar su libreta de matemáticas.

–Desgraciadamente tuve que pasar el servicio militar, separarme un poco de los estudios, desconcentrarme de la carrera. No es lo mismo salir de la escuela y empezar a trabajar que pasarte un año en el ejército, haciendo otra cosa.

En Motembo, como en cualquier parte, el viejo de la casa dice que te haces hombre de soldado. Pero Lazarito confía en su mamá. Por ella se hizo maestro, dice él.  –El servicio sí te ayuda, enseña –Lazarito te lo confirma–. Aprendí muchas cosas. Hay un nivel de disciplina más alto que el de la sociedad –Lazarito te lo repite, antes de decirte que hubiera querido ahorrárselo–. Pero interrumpe mucho. Ahora tengo que arrancar de nuevo con ocho o nueve libros, volvérmelos a leer para poder recuperar el nivel que tenía antes de irme al servicio.

Como cualquier pueblo aislado, al final de una carretera subalterna que surge en una encrucijada desierta, Motembo se consuela en la semejanza. Las plantaciones de mango y guayaba se ven parejitas. Los niños, en septiembre, se verán tan parecidos. Las casas, buenas casas, se juntan como buenas hermanas, con aire de familia, igualitas. Vete a Motembo a reencontrar la uniformidad.

–El uniforme escolar no debe modificarse –dice Lazarito, cuando se despide de la barba–, pero en cuanto al pelado, no comparto las restricciones. ¿Un muchacho de quince no quiere verse bien el fin de semana, cuando va a salir?

–Terminé el servicio y no me afeité en todo el verano –se acaricia la barba, otra vez, la última vez–. En el ejército te reclaman mucho por eso, en las escuelas es igual. El maestro tiene que dar el ejemplo. De todos modos, yo no creo que el pelado ni el afeitado deba influir en la percepción que se tiene de alguien. En la secundaria yo fui un muchachito que no quería pelarse. Las escuelas no son ejércitos.