No voy a hablar del pollo que anda a la fuga, ni del famoso arroz brasileño tan demandado y casi desaparecido, ni de los paquetes de picadillo que antes eran un recurso de segunda opción y ahora debemos perseguir de shopping en shopping, tampoco de los posibles apagones. Menos aún de los que oportunistamente pretenderán ahora obtener plusvalías de la escasez.

Regular temporalmente la oferta de productos puede ser un paliativo efectivo para situaciones puntuales y hay que emplearlo, pero siempre en ese entendido de que tiene que ser algo temporal. Y sí, al final tendré que hablar del pollo.

Se ha escrito ya mucho acerca de este llamado nuevo periodo especial, desde la perspectiva de las noticias puras y duras y también desde otras, que se acercan más a las causas y posibles consecuencias del mismo. Pretendo solo abordar algunos asuntos relacionados con esta nueva situación de crisis económica del país.

El nombre de periodo especial “en tiempos de paz” fue el asumido por la dirección política en Cuba para calificar la crisis económica que se hizo totalmente evidente en los inicios de los años noventa. Se asumió aquel nombre que ya había sido utilizado para definir la situación que Cuba podría enfrentar en caso de un enfrentamiento militar con los Estados Unidos y en una situación en que no podríamos contar con la ayuda de la URSS. Fue un período especialmente duro cuyos efectos nunca hemos podido rebasar del todo.

Las generaciones jóvenes de hoy son las generaciones del periodo especial, han convivido con diferentes mercados, más de dos monedas, múltiples tasas de cambio, desigualdades crecientes, procesos migratorios sostenidos (internos y externos), nacimiento y crecimiento (muy lento) de la inversión extranjera, renacimiento del turismo y luego su apertura al turismo nacional, la expansión, a pesar de todas las cortapisas, de un sector privado que ha demostrado una resiliencia muy alta y una especial capacidad de reinventarse continuamente.

Son generaciones que vieron con asombro izarse la bandera de Estados Unidos de América en la antigua oficina de intereses convertida ahora en embajada fantasma; que entienden como natural sus relaciones con sus compañeros que ya no viven en Cuba y se comunican por la red y por ahí mismo encuentran oportunidades de trabajo en cualquier lugar del mundo. Sus fronteras se han expandido a mayor velocidad que su capacidad de conexión a esa misma red. Ellos no dependen del “tío Max el viajero” para que les cuente del mundo exterior, ellos están en ambos mundos todos los días, las veinticuatro horas.

Son también generaciones que han seguido disfrutando de beneficios sociales que le han hecho su vida más llevadera, que los han capacitado para triunfar aun en el “mundo exterior” y que aspiran, muchos de ellos, a poder hacerlo en su propio país.

Digo esto como lo primero, porque a mi juicio, quizás lo más importante que hace especial este nuevo período es exactamente la gran diferencia que hay entre la población cubana de hoy y aquella otra que se enfrentó de pronto a la que para muchos ha sido la más dura crisis económica que el país haya enfrentado jamás.

Las generaciones anteriores, sus padres y abuelos, ven ahora cómo se les viene encima una nueva temporada de una vieja serie nunca terminada, la del periodo especial. Pero tampoco esa generación es igual a como fue antes, sin dejar de ser lo que fue. Ha aprendido que tiene ahora responsabilidades para consigo mismo, que antes el Estado cubría y que ya no lo hace y no lo hará. Y esta es a mi juicio la segunda razón decisiva para entender lo especial de este periodo. Ambas son también las generaciones de una nueva Constitución de la República, un tremendo privilegio y una gran responsabilidad.

Como en casi todas las crisis económicas, la capacidad de acceder a abastecimientos, especialmente a alimentos, es de los asuntos más sensibles. Pero a diferencia de lo que ocurre en las crisis en otros países, donde el ajuste de la crisis se realiza sobre la base de la reducción de los ingresos nominales y reales, la reducción de demanda agregada y de los precios, en Cuba la crisis se manifiesta como un déficit de oferta y no como una reducción sustancial de la capacidad de compra de la mayoría de la población. Y el racionamiento en la entrega de un grupo de productos cubre aquí el movimiento de los precios hacia arriba, que sería la otra manera en que se expresaría esa crisis y que solo permitiría acceder a ellos a aquellos grupos de mayores ingresos. Se paga como precio, la cola, la incertidumbre y el acaparamiento. La otra consecuencia, todos la conocemos, el crecimiento de un mercado negro para esos bienes, muy difícil de evitar.

La solución, en condiciones de restricción de recursos, es tremendamente costosa porque implica estabilizar una oferta que es constantemente desestabilizada por la ansiedad de seguir comprando para prever el desabastecimiento futuro. Atacar las consecuencias será necesario, pero mientras las razones permanezcan inalterables, estaremos expuestas a situaciones como esta una y otra vez.

Los que vivimos desde nuestras bicicletas aquel otro periodo especial recordamos que el mismo fue especialmente duro en tres elementos: acceso a alimentos, transporte y suministro de energía eléctrica.

En cuanto a los alimentos, hoy que todos andamos detrás de algún “encuentro o muslo de pollo” de esos que corren por la ciudad, tendríamos que preguntarnos por qué luego de más de tres años de tener en la cartera de oportunidades de inversión ofertas de negocios en la producción de carne de pollo, ningún proyecto se ha concretado.

Si la producción de proteína animal es una de nuestras grandes necesidades, ¿por qué no se han priorizado esos negocios?, ¿por qué no se han facilitado suficientemente?

Lo mismo podría decirse de la producción de carne de res, atrapada en regulaciones de hace más de seis décadas, algunas de ellas, que no generan los incentivos suficientes a los productores y que hacen de la producción de carne de res un negocio poco atractivo, de alto riesgo para los productores y de poco retorno para el productor directo. ¿Cuánto más hay que esperar? ¿Por qué si esas regulaciones no dan resultado nos aferramos a ellas? ¿Por qué pensar que tendremos resultados diferentes si seguimos repitiendo lo mismo años tras año?

En la generación eléctrica, donde sin dudas la situación es mejor que por los años noventa, no solo porque se ha modernizado la industria, sino también porque la recuperación del petróleo y el gas acompañante nacional ayuda decisivamente a la estabilidad de la generación, seguimos, no obstante, alejados del aprovechamiento pleno de la energía solar.

Cierto que se han concretado nuevos proyectos de parques solares, cierto que en diez años nuestra matriz energética debe ser otra. Sin embargo, asomándome a la ventana del piso doce de la Facultad de Economía de la Universidad de la Habana, desde donde escribo este artículo, tengo a mis pies miles de metros cuadrados de techos de la ciudad de La Habana, esa misma que celebra sus 500 años, y en ninguno de ellos veo un panel solar, ni un colector solar para calentar agua.

¿Qué no ha pasado? ¿Por qué tanta resistencia a que las familias puedan generar ellas mismas una parte de su energía e incluso contribuir a la red nacional de distribución? Es cierto que se necesitan soluciones tecnológicas adecuadas, pero en los últimos diez años no era posible encontrarlas. ¿Qué nos ha pasado?

¿Y qué decir de las exportaciones? Esas por las que hoy tanto se pide y exige. Nuestras empresas necesitan que alguien les de permiso para exportar, ¿acaso no es esto una gran contradicción?. En Pinar del Río, el esfuerzo conjunto del gobierno local y las empresas del territorio detectaron oportunidades de exportación en más de 30 productos. Pues bien, en Pinar del Rio, Isla de Juventud, Mayabeque y Artemisa, solo existe ¡una empresa con “capacidad o permiso” de exportación! ¿Cuánto más hay que esperar?

Si hoy no tenemos dinero suficiente para comprar los perseguidos pollos es exactamente porque no logramos vender (exportar) lo suficiente, entre otras razones.

La puesta en práctica de la Ley Helms-Burton en sus cuatro capítulos lo hará todo mucho más difícil, pues genera incertidumbres difíciles de manejar. Pero también es cierto que tanto desde la Unión Europea en su conjunto, como de muchos países en específico existe la voluntad de seguir apoyando a Cuba.

Las declaraciones de la ministra española en la Feria de Turismo y las acciones concretas anunciadas por ella en cuanto al Fondo de Compensación, son un ejemplo.

Entonces hagámoslo, cambiemos lo que haga falta para hacer más fácil invertir en Cuba.

Pero no nos olvidemos de nuestros empresarios, de los estatales y también hagámosle más fácil y más transparente poder manejar esas que son las empresas de todo el pueblo cubano. Y tampoco nos olvidemos de aquellos otros empresarios, también cubanos, los privados y cooperativistas, y terminemos de incorporarlos de manera plena a la hazaña de sobrevivir y desarrollarnos.

Este texto fue publicado originalmente en OnCubaNews y su autor es Juan Triana.