“¡Zumba!” grita una al tiempo que se encienden las luces y se la ve dando clases de ese mismo baile en un parque wifi, que pudiera estar en cualquier punto de Cuba. Termina el performance y, de forma instantánea, comienza a venderle tarjetas Nauta al público.

Durante varios fines de semana, los actores de Ludi Teatro utilizaron esa representación de la “lucha” de los cubanos como inicio de la obra La mujer de antes. Luego, día por día, bailaban, cantaban, se movían en patines y permutaban constantemente los elementos de la escenografía para transmitir cambios de ubicación.

Un pequeño sótano, otorgado en el año 2016 a Miguel Abreu, director de Ludi Teatro, es la sede donde se crea y se muestra este teatro llamado alternativo por los críticos.

El grupo se había fundado en 2014 con el espectáculo Litoral y se mantenían usando espacios prestados como la sala Adolfo Llauradó y la Tito Junco del Bertolt Brecht. “Transitando las salas más céntricas para poder presentar nuestras obras, con más o menos suerte en la programación”, comenta el propio Abreu.

Ludi Teatro se transforma constantemente, moviendo los elementos de la escenografía para transmitir los mensajes de sus obras. Foto: Pedro Sosa.

Ludi Teatro se transforma constantemente, moviendo los elementos de la escenografía para transmitir los mensajes de sus obras. Foto: Pedro Sosa.

El sótano (ubicado en la calle I entre 9 y 11) aún no les pertenece a ellos; es un local arrendado por el Ministerio de Cultura al de Educación Superior. Antes de ser empleado como sede era “un espacio al que no le veían perspectiva o no le tenían ningún interés y nadie quería arreglarlo”, según las palabras de su director. El actor Andros Perugorría lo describe con más precisión: “un tiradero lleno de basura”.

Material de oficina podrido, paredes antiguas en malas condiciones, ratas y gatos, fue lo que encontraron al llegar.

“Nosotros, con nuestra pasión por el teatro, nos metimos aquí, removimos toda esa basura y reparamos las paredes”, agrega Abreu.

Giselle González, actriz de la compañía, recuerda que la entrega de la sede coincidió con la presentación del espectáculo Incendios y que todos los miembros del grupo participaron en la recogida, la reparación, la pintura y otras tareas constructivas, al tiempo que montaban la obra.

A pesar de pertenecer al Centro de Teatro de La Habana y al Consejo Nacional de las Artes Escénicas —como cualquier otra compañía teatral en la capital cubana—, el total de la inversión necesaria para convertir ese basurero en la actual sede del Ludi provino del bolsillo de quienes querían hacer andar el proyecto.

“El aire acondicionado lo conseguimos nosotros, la albañilería la pagamos, el baño lo hicimos, las luces las compramos en el extranjero y así muchas cosas”, explica el director, quien no se queja de nada, pues considera importante “tener un nivel de autogestión y no esperar que las cosas le caigan a uno del cielo o vengan a dártelo todo”.

“Si nosotros queríamos hacer esto, debíamos asumir las responsabilidades, hacerlo lo mejor posible y hasta donde pudieran llegar nuestros recursos y los de las personas que nos pudieran ayudar”, explica.

Luego de preparar la sede, la labor más ardua ha sido mantener en pie el proyecto; pues, a pesar de tener su propio taller para elaborar los elementos de vestuario y escenografía, la falta de materiales genera muchos aprietos.

“Nosotros trabajamos con un concepto muy alto del diseño y la visualidad, pero aquí no hay buenos tejidos para elaborar los diseños”, argumenta Abreu.

Miguel Abreu ha realizado unos ocho espectáculos con el grupo desde que lo fundara en 2014. Foto: Pedro Sosa.

Miguel Abreu ha realizado unos ocho espectáculos con el grupo desde que lo fundara en 2014. Foto: Pedro Sosa.

Ricardo Hernández, el escenógrafo de Ludi Teatro, añade que las luces que emplean son de tecnología LED y tampoco abundan en el país, por lo cual, tanto para las telas como para los aparatos técnicos, aprovechan “viajes al extranjero de los actores o de cualquiera del equipo y se compran las cosas con dinero del mismo personal del teatro”. En cuanto a los muebles usados como parte de la escenografía, se hacen mayormente con plástico y materiales reciclados.

A las carencias cotidianas se han sumado los problemas puntuales ocasionados por el clima. Como el teatro se ubica en una zona baja del Vedado, cerca del malecón, se inundó durante el huracán Irma en 2017 y el agua alcanzó más de un metro de altura como consecuencia de la penetración del mar.

Ricardo describe cómo fueron las labores de ecuperación: “Hubo que buscar una pipa de bombeo para vaciarlo, después una de agua dulce para echarle a todo y quitar el salitre, además de volver a pintar y todo eso. Las tablas del escenario se pudrieron y estuvimos como dos años trabajando con ellas así, desarmando y empatando como si fuera un Frankenstein para poder hacer las obras, hasta hace poco que el Consejo Nacional de las Artes Escénicas nos dio nuevas y las pusimos”.

Los integrantes de la compañía no dejan de buscar opciones de financiamiento. Miguel Abreu cuenta que han ganado algo de presupuesto para mantenerse a flote con la participación en eventos como la Semana del Teatro Polaco y la del Teatro Alemán, pues las embajadas dan dinero con el interés de mostrar en Cuba obras teatrales de sus países, y ellos tratan de estirarlo para resolver los problemas del local.

El mayor motor de arranque de Ludi Teatro es el amor y el esfuerzo personal de sus integrantes; tanto así que, según las estadísticas de Ricardo, la gestión es casi un 95 por ciento autónoma excepto el escenario y otras cositas que les dan, lo demás es gestionado por ellos mismos.

El premio a Mejor Puesta en Escena del Festival Latinoamericano del Monólogo de Cienfuegos fue para Miguel Abreu y Ludi Teatro por El Vacío en Las palabras, con la actuación de Giselle González. Cartel oficial del monólogo.

El premio a Mejor Puesta en Escena del Festival Latinoamericano del Monólogo de Cienfuegos fue para Miguel Abreu y Ludi Teatro por El vacío en las palabras, con la actuación de Giselle González. Cartel oficial del monólogo.

En ese proceso de autogestión es fundamental, como reconoce Giselle, la organización del trabajo. “Desde enero sabemos en cuáles obras vamos a trabajar durante todo el año y eso nos permite planificar viajes u otros proyectos de cine y televisión, por ejemplo”. Y añade: “cuando hace falta, cada cual pone su granito de arena de lo que tiene para cubrir las necesidades”.

El empeño por mantener la compañía a flote ha rendido fruto en obras de calidad, reconocidas en la Isla con galardones recientes como el de Mejor Puesta en Escena en el Festival Latinoamericano del Monólogo de Cienfuegos y el Premio Caricato 2018. Para Giselle González los premios son un incentivo, pero lo más importante es tener un público habitual totalmente enamorado de lo que hacen.

Parte de ese grupo de seguidores son Amanda López y Julio Saldaño. Amanda fundamenta su afición con varios elementos: “los actores tienen tremenda química entre ellos. Además, como es un espacio tan chiquito se vuelve más personal y deja interactuar a los actores con el público”. Saldaño se refiere a la creatividad con que trabajan y a la singularidad de la propuesta: “he ido varias veces a ver obras distintas y siempre me sorprendo porque lo cambian todo, hasta la posición de los asientos. También, a veces el público hasta se para y
camina como parte de la obra. Utilizan muy bien el espacio”.

Todo esto es Ludi. Es un sótano pintado de negro con una entrada ancha de garaje, una especie de templo poblado por devotos al teatro, capaces de dar cuanto haga falta para alimentar la pasión de convertir en arte las mayores discordias de la sociedad y de remover algo en la mente de quienes los ven. Ludi es también, como le gusta llamarlo a su director, “un movimiento vivo”.

 

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