¿Existen “mafias” en la música cubana? Para algunos artistas del archipiélago la respuesta es sí, porque redes de sobornos y pactos truculentos deciden carreras exitosas y consiguen beneficiosos contratos de actuación.

Esto ocurre en detrimento de creadores menos conocidos y más talentosos que no pagan por colocarse en los circuitos masivos, como Nelson Valdés, un joven trovador de la central provincia de Cienfuegos. “Hay una mafia instaurada, que controla muchas maneras ilícitas de conseguir conciertos, de pagar a personas para que consigan trabajo a los artistas y cobran por ello una comisión, que se reúnen para formar un producto discográfico, poner miles de dólares en su producción y luego cobrar dividendos”; asegura el cantautor.

Lo mismo se escucha decir a otros creadores en asambleas gremiales que convocan cada cierto tiempo y en las cuales señalan la compra de presentaciones televisivas y posiciones en los “hit parades” de las radios como otras prácticas corruptas, investidas de cierto carácter “mafioso”. Todos estos fenómenos ocurren en gran medida porque existe en el país caribeño una estructura vertical de organización de la música y las artes, donde muy pocas personas concentran la capacidad de decidir y no todas la emplean con honestidad y desinterés.

Música ¿certificada?

“En Cuba, para vivir honradamente de tu trabajo como músico profesional necesitas estar avalado y evaluado por una comisión formada por otros músicos y especialistas que someten a prueba las capacidades del aspirante”, cuenta el joven Valdés. Estos “tribunales artísticos” son considerados también como filtros contra la mediocridad, ante los cuales supuestamente solo talentos con un trabajo plausible consiguen pasar la barrera. Aunque hoy resulta poco creíble la condición de “colador”, ya que por los circuitos musicales se mueven exponentes de dudosa calidad que ganan su dinero, tranquilos, amparados por una evaluación. Si aún con el filtro puesto el agua está turbia, pocos se atreven a aventurar qué pasaría en caso de desaparecer. Pero el temor a lo desconocido nunca debe detener el cambio.

“Los Centros Provinciales de la Música están concebidos para regir, representar y llevar la producción a los artistas de sus territorios, pero carecen de los recursos necesarios para garantizar los conciertos y presentaciones”, explica Valdés.
“Somos músicos independientes que tenemos que buscarnos el audio, el transporte y el trabajo, y solo por los Centros pasan los pagos que nos hacen, para que descuenten sus porcentajes “de representación” y nos entreguen el resto. Ya solo por ello su existencia es digna de corregir”, asegura. “Pero además debemos sumar la burocratización de sus directivos, que muchas veces entorpecen la formación de bandas demorando las evaluaciones; mientras, por otro lado vemos mucha gente sin talento que solo por tener un nombre, dinero para promocionar su obra y vivir en la capital del país cambian su banda con frecuencia y sin mucha demora en los trámites”, lamenta. “Yo creo que es una responsabilidad de todos denunciarlo y además luchar por nuestra obra y seguir haciendo canciones, que si son buenas, trascenderán por sí mismas”, concluye el trovador.

Horizontalidad vs. corrupción

Las experiencias de Nelson Valdés no son aisladas ni tremendistas. Él, de hecho, ha corrido con más suerte que otros pues ya cuenta con dos discos grabados, varios videoclips y dispone de dos peñas semanales en su ciudad, más alguna que otra presentación esporádica, en Cuba y en el extranjero.

El restablecimiento de un mercado en la música cubana desde la década de 1990, en plena crisis económica, incrementó también la mercantilización y las prácticas corruptas en un sector que dice responder a los gustos del público pero que implanta tendencias al privilegiar algunos géneros y relegar otros, de acuerdo con su rentabilidad.

La política cultural del gobierno establece destinar fondos y favorecer la difusión de artistas y manifestaciones que por su valor estético lo ameriten, pero tropieza con una capa de intereses enquistados en los pocos espacios de jerarquización de las artes en el país (solo tres disqueras, cuatro cadenas estatales de clubes nocturnos y cabarets, además de un único ente central de radio y televisión, con 120 medios).

La descentralización en la gestión de la música y el aumento de los espacios para difundirla no son medidas que por sí solas garanticen el desmontaje de la corrupción, pero ayudarían a evitar que sean tantos los que incurren en ella.