Ayer domingo pudo ser lunes o miércoles. Hace varios meses que mis domingos no son domingos. No huelen a casa limpia, azucenas en la mesa, almuerzo familiar y café. No huelen a descanso. Todos los días tengo algo muy impostergable en lo que trabajar. Un deadline tras otro deadline. El día que no trabajo, que no escribo o que no reporto sobre algo, me emergen sentimientos de culpa. Siento que pierdo el tiempo. Ya hace dos años que no veo las novelas brasileñas que ponen por la Televisión Cubana y hace unos cuatro años que no veo series con regularidad. Solo veo series muy recomendadas o de las que creo que puedo aprender algo útil. Así ando. En 2019 solo vi Chernóbil, que está bien, si no has leído Voces de Chernóbil, de la periodista bielorrusa Svetlana Aleksiévich, Premio Nobel de Literatura de 2015. Si has leído Voces de Chernóbil la serie te puede parecer muy light. El caso es que leer y ver películas son actividades que no me hacen sentir que pierdo el tiempo y de paso me entretienen, aunque hay películas y libros que sí, que me generan mucha ansiedad. Me pasó recientemente con El animal moribundo, del escritor Philip Roth, y con Agosto, la ópera prima del cineasta cubano Armando Capó, que vi hace par de días en el Festival.

Yo no iba a escribir ayer, y estuve a punto de no ir a ver ninguna película, Carlos casi me convence de las dos cosas con argumentos muy poderosos sobre el arte contemporáneo, pero me senté a escribir, y escribí, y luego en la tarde salimos a buscar un taxi que nos dejara en el Vedado, para encontrarnos con otros amigos, y como el taxi llegaba hasta el cine Yara, donde iban a poner Monos a las 5:30pm, lo vi como una señal. Monos. ¿Qué puedo contar de Monos? Monos, del director colombiano Alejandro Landes, básicamente sirve para entender qué no se logra con los personajes adolescentes de Agosto. Son dos películas muy distintas, pero ambas se construyen desde perspectivas de adolescentes. Monos, más que actuaciones, tiene personajes mejor construidos que los de Agosto, sin llegar a ser personajes suficientemente sólidos. Monos, un grupo guerrillero, sería en verdad un personaje colectivo: el protagonista. En Agosto lo que pasa es que los adolescentes no tienen con qué actuar. Interpretan a personajes muy anémicos. Este no es el único fallo de Agosto, de hecho todavía estoy intentando encontrarle un mérito, que ciertamente no puede ser que haya abordado el tema de la crisis migratoria de agosto de 1994, porque en 2019 ya ese tema se ha abordado y vuelto a abordar desde el drama y la comedia, desde el cine, la literatura, las artes plásticas o las ciencias sociales, desde etcétera, y Agosto además lo aborda casi siempre desde lugares comunes, pero Monos me hizo pensar en este fallo y no en otro. La construcción de los personajes es lo que salva, hasta cierto punto, a Monos. Y digo hasta cierto punto porque creo que en Monos la historia se descarrila como a los treinta minutos y, de ahí en adelante, más que una historia, lo que sigue son una serie de acciones que desencadenan en un final efectista y malo.

Luego de Monos, ayer no vi nada más. Me fui de fiestas con unos amigos. Cada vez me interesan menos las noches y las madrugadas habaneras, es decir, sus fiestas, pero anoche necesitaba que el domingo fuera el sábado que no había tenido y fui a tres, me tomé unas cinco cervezas y oriné dos veces en lugares públicos. Es lo malo con tomar cervezas y ser mujer en una ciudad donde siempre hay pocos baños: tarde o temprano te quedas con el culo al aire y te meas los pies, no importa cuánto abras las piernas, ni qué tan potente te salga el chorro. No hay manera de que no te salpiques. También perreé en la primera fiesta con Bad Bunny, casi antes de que se acabara, porque la música antes estuvo un poco muerta, y en las otras dos fiestas me limité a conversar. Las otras dos estuvieron muy malas. La tercera, en especial, estuvo fatal, nunca debimos haber ido. En serio, las noches de fiesta de La Habana se han puesto muy deprimentes. Sí te encuentras a gente que te cae bien y que quieres, pero a mí me cuesta encontrar algo que me sorprenda. Todo se me ha vuelto muy predecible. Yo tuve una época, entre los 15 y los 24, en la que iba a las fiestas a buscar el amor.  Después tuve otra época en la que iba a las fiestas a buscar sexo de una noche, como quien va al agromercado a buscar tomates, pero lamentablemente la calidad del sexo de una noche que se encuentra en las fiestas de estos tiempos ya no es la misma de antes. Y del amor mejor ni hablo. A lo mejor hay quien tiene suerte y consigue sexo de una noche de calidad y amor y tomates en el agromercado y hasta un baño sin cola, pero no es mi caso.

Presiento que mañana voy a necesitar que el martes sea el domingo que no tuve ayer.