Pero no nos dejaron decir nuestras cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en la mano y nos dijo:

No se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.

Nos han dado la tierra, Juan Rulfo

Son buenas las tierras de Sabana. Ya cuando cruzas el puente de Las Yaguas, a seis kilómetros de Camajuaní, la cosa cambia. “¿Vieron lo que les dije? Aquí no hay un solo palo de donde amarrar la yegua”, jaranea Yulién, antes de recoger la rienda para que la bestia nos lleve derechito hasta el bohío.

Un perro mostrenco custodia el rancho con piso de tierra que es la casa de Israel. Quien fuera conocido en Villa Clara y buena parte de Cuba como el Rey del ajo, tiene ahora en estos cuatro horcones su mansión, y en 700 pasos a la redonda el feudo que aun siendo suyo, no es de él.

—Me lo arrendaron. No es mío, pero si me dan el derecho a trabajarlo por cuarenta años es como si lo fuera, ¿no crees?

—Bueno, todavía está vigente el Decreto-Ley 300.

—Pero eso viene. Ya anunciaron la modificación.

— ¿Qué le parecen los cambios anunciados?

—Muy buenos, hombre. No es lo mismo que te den la tierra por veinte años y que te prorroguen por veinte más, a que te la arrienden solo por diez. En tan poco tiempo que nadie echa raíz en ningún lugar, y el que diga lo contrario, es puro cuento. Si a ti te dicen que te prestarán una casa por diez años puede que hasta le tomes cariño, pero nunca la sentirás como tuya; igualitico pasa con la tierra.

—A pesar de que estas tierras se las arrendaron a usted por el decreto 259, o sea, solo por diez años, no les caben un surco más.

—Yo me encariño fácil con la tierra porque nací en el campo y esta es mi vida. Mira este bohío, vuelve dentro de un tiempo y verás el cambio. Yo quería tener un piso de cemento y paredes de mampostería, pero no estaba permitido. Ahora sí van a dejar, y eso es muy bueno, porque para estar cerca de la siembra, cuidar los bienes y el ganado, uno tiene que tener algo confortable donde vivir.

Foto: Kyn Torres

Israel García no tenía un palacete en sus días de reinado, pero sí una buena casa. A quien algunos jocosamente llaman ahora el Rey del ajo en polvo, es un guajiro noble y obstinado que vio como en 2004 le depusieron la corona mediante un proceso judicial que a día de hoy todavía considera injusto. En aquel entonces, él solo cosechaba más ajo que todas las unidades productoras del municipio. Pero aquella leyenda levantó tanta admiración como sospechas.

“Como muchos no entendían mis logros, llegaron a decir que yo había desviado recursos y hasta cosas peores, y me iniciaron un proceso mediante el cual me quitaron la casa. Sin embargo, no encontraron ni un solo elemento inculpatorio, todo fue según la interpretación de dos o tres extremistas. La Revolución no es eso, pero dentro de ella hay personas que lamentablemente no son de bien. Yo quiero, y no me canso de pedirlo, que se revise mi proceso, que se abra públicamente, no quiero que me devuelvan nada, solo que me limpien el nombre”, dice mientras se seca la vergüenza con el brazo.

Muchos aseguran que la muestra más evidente de la injusticia cometida con Israel, fue la intención de “subsanarle”: un lustro después de aquel proceso judicial le entregaron las tierras en Sabana, mediante el Decreto-Ley 259. Fue entonces cuando este ingeniero recibió veinte hectáreas para levantar desde cero su nuevo imperio… que ahora sería del ñame. Hoy alcanza un rendimiento de cinco mil quintales por caballería, indicador todavía bajito según él pero que “va pa’ rriba mientras nos sigan apoyando”.

Israel forma parte de Los 90, el grupo de agricultores con mejores resultados en Camajuaní, quienes entregan ellos solos el 70 por ciento de cuanto produce este territorio con más de 4 mil campesinos. Espera que le den una caballería más, y aplaude las nuevas disposiciones y las que deberán llegar con el tiempo. Dice que se necesita despertar la agricultura, y para eso: “hace falta escuchar al guajiro, y darle tierras, insumos y semillas a los que producen más. Es importante que se premien los resultados con nuevas oportunidades. Pero sobre todo hace falta confiar más”.

***

Las ristras en el cuello de Yasmani parecen collares de Hawái, pero este sol no es el del Pacífico. Y los ajos y cebollas no son flores.

Este joven vino a trabajar a “Las Villas”, como llama a la región del centro de Cuba, hace un año y medio. Se mueve de finca en finca “haciendo de todo”, y al preguntarle por las ganancias solo dice que es “mejor que allá”, apuntando a ese lugar impreciso por donde le queda el Oriente.

Es domingo, y sale a vender bajo en Santa Clara lo que en especie se ganó.

— ¿Por qué no pediste un terreno propio?

—Na, si yo lo tuve, —contesta con desgano— Cuando terminé el Servicio (Militar) me dieron uno, pero es más probable que me haga rico vendiendo cebollas que de aquellas piedras nazcan frijoles.

Foto: Didier Cruz

Suman miles de cubanos con ganas de sembrar. Pero de “querer” a “poder” media un buen trecho; a veces demasiado grande como para ser superado solo a fuerza de buenas intenciones. Yanmichel me lo confiesa mientras aguardamos por un transporte (cualquier transporte) que nos “saque de Aguilar”. Son alrededor de las diez de la mañana y el sol cae de plano, como un castigo, sobre la llanura.

Estamos a las afueras de ese pequeño poblado del municipio de Vertientes, al sur de Camagüey. Desde allí hasta la cabecera son poco menos de treinta kilómetros y otros treinta hasta la ciudad de Camagüey; veinticinco o treinta pesos toda la ruta, entre cincuenta y sesenta si se pretende hacer el viaje de ida y vuelta.

Yanmichel carga con una mochila grande y una jaba hecha con un saco de arroz. En ellas lleva ropas y algunos alimentos para su mujer, embarazada de ocho meses y trasladada a un hogar materno de la capital provincial a causa de su bajo peso y problemas de hipertensión arterial. Allí permanecerá hasta el día del parto, dentro de varias semanas; él, en tanto, se las arreglará para visitarla siempre que sea posible.

Él y su familia no tendrán que pagar un centavo por los cuidados médicos, pero sabe que el resto de los gastos sí correrán a su cuenta. Entre la comida, los viajes y los últimos aprestos del caso serán al menos un par de miles de pesos cubanos. Si lo suma a lo que ya ha invertido en acondicionar el cuarto donde vive y comprar la canastilla, el monto se eleva prácticamente a todos sus ingresos de los últimos dos años como obrero agrícola.

Para llegar a Camagüey, Yanmichel primero debe tomar uno de los triciclos artesanales a motor –llamados comúnmente riquimbilis– que hacen el recorrido entre Aguilar y Batalla de las Guásimas. Desde allí, hasta Vertientes, se extiende una carretera hoy virtualmente convertida en terraplén. Los muchos años de uso y la falta de mantenimiento le asestaron el primer golpe; los grandes camiones de doble remolque para el transporte de caña, el “tiro de gracia” definitivo.

“A nadie se le ocurrió pensar que esos ‘animales’ eran pa’ las carreteras de allá afuera, que están hechas ‘de verdad’, no estas de aquí. Lo más importante no era la gente, sino llevarle la caña al central”, tercia una mujer que se inmiscuye en nuestra conversación. Formamos parte de un grupo de ocho o nueve personas, que se arracima bajo la sombra escasa de una pequeña parada. Algunos llevan aquí toda la mañana.

El camino se encuentra en tan malas condiciones que muchos de los taxis que trasladan a los pacientes de hemodiálisis prefieren hacer su recorrido por otra vía bastante más larga, y se pueden contar con los dedos de una mano los camiones de pasaje que se aventuran a transitar el circuito. Tres veces por día debe “entrar” un ómnibus estatal, pero no resulta extraño que se encuentre roto, a causa del sobreuso y la cantidad de baches a los que se enfrenta. Antes existía la posibilidad de un tren destartalado pero seguro, que al amanecer y en la tarde cubría el largo trayecto hacia Camagüey o Santa Cruz del Sur, hasta que la falta de petróleo se lo llevó por delante.

Foto: Kyn Torres

Vertientes es el municipio más extenso de la provincia más extensa; es el segundo mayor de Cuba, o en realidad el primero, si se tiene en cuenta que Ciénaga de Zapata no posee más que unas cuantas “islas” de terreno firme. En Vertientes las tierras no faltan, aunque como en todas partes la burocracia interponga su ineficiencia y oportunismo entre ellas y quienes desean hacerlas producir. Pero no basta con tierras.

Todo comienza, en realidad, con la infraestructura. Sin carreteras, o tan siquiera caminos que reúnan las mínimas condiciones para llamarse como tales, no puede pensarse en la colonización de predios baldíos. Tampoco en que resulten productivas las fincas ya existentes. Sin embargo, en Vertientes la falta de vías de comunicación adecuadas alcanza proporciones dramáticas. Por citar un ejemplo, sus habitantes deban viajar 150 kilómetros para bañarse en una playa del litoral norte (Santa Lucía), pues no pueden hacerlo en otra del sur (La Mula), de la que los separa menos de la tercera parte de esa distancia. El motivo: la falta de un camino en mínimas condiciones para vencer los últimos diez kilómetros hasta la costa.

El mal estado de los caminos y carreteras agudiza los problemas del transporte, pero donde faltan, también motiva la carencia de un bien esencial para la vida moderna: la electricidad. Sin esta no puede contarse con las mínimas condiciones para asentar a la familia, para que el médico acepte quedarse por las noches en el consultorio o para regar los cultivos. Por eso, a diario cientos de personas van y vienen desde “La Costa” hasta los pueblos ubicados más al centro de la provincia.

“Costa” es un eufemismo. Bajo ese nombre en realidad se agrupan los grandes arrozales del sur de la provincia, zonas ideales para el cultivo de ese cereal y la cría de ganado vacuno, pero prácticamente despobladas. Mientras no se desarrolle la infraestructura básica, serán poco menos que una Siberia tropical.

“Estamos ante el imperativo de hacer producir más la tierra (…) Para lograr este objetivo habrá que introducir los cambios estructurales y de conceptos que resulten necesarios”. La frase pertenece al presidente Raúl Castro. La pronunció en Camagüey durante la primera celebración nacional del 26 de Julio sin la presencia física de Fidel, en 2007. Era la primera vez que el Estado cubano reconocía que la producción de alimentos marchaba tan mal que exigía reformas radicales.

Los primeros cambios ya estaban en marcha; de acuerdo con el General-Presidente se había puesto: “orden en el pago a los campesinos; además hay mejoras discretas en la entrega de insumos para algunas producciones y hubo incrementos notables del precio de acopio en varios productos, o sea, el que paga el Estado a quien produce, no el de compra de la población que sigue sin cambios”.

La entrada en vigor del Decreto Ley 259, exactamente un año después, y la ampliación de sus miras con el 300 (desde diciembre de 2012) parecieron pasos decisivos en la consecución de esa meta. Pero, aunque la dirigencia del país maneja cifras optimistas (se completó la entrega un millón 900 mil hectáreas, 90 por ciento de las que habían sido clasificadas como ociosas), lo cierto es que la superficie cultivada de Cuba ha registrado una disminución sostenida en lo que va de siglo.

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El más reciente informe sobre el tema de la Oficina Nacional de Estadísticas e Información, publicado en junio de este año, refleja la “pérdida” de casi un millón hectáreas de siembra entre 2000 y 2016 (la superficie agrícola pasó de 3,7 millones a 2,7 millones), y el aumento de las áreas ociosas de 762 mil hectáreas a 883 mil (de acuerdo con declaraciones oficiales, en su mayoría de “baja y muy baja productividad)”.

Los pobres resultados de ambas normativas se traducen en el estancamiento o descenso de la mayoría de los indicadores productivos. “Desde la emisión del Decreto Ley 259 (…) los datos mostraron el decrecimiento del sector agrícola cubano: de 2009 a 2012 hubo un 2,5% menos de viandas, un 4% menos de hortalizas; un 4,4% menos de frijoles y un 4,3% menos de producción ganadera”, señalaba a comienzos de 2016 la periodista Rachel D. Rojas. Poco más de un año después, a las propias vicisitudes del proceso se han sumado los efectos de una sequía que en mayor o menor medida ha afectado todo el territorio nacional, pero que ha tenido sus principales “víctimas” en dos de las mayores productoras de alimentos de la Isla: Sancti Spíritus y Ciego de Ávila.

Hasta ahora, los éxitos más notables de las políticas agrarias en Cuba se concentran en el rescate del llamado Programa Arrocero, que ha crecido hasta cubrir casi el 40 por ciento de la demanda nacional. Sin embargo, “solo con arroz no se llena la olla”, e incluso ese sector pudiera ver en peligro su futuro, debido a su elevado consumo de agua (recibe el 30 por ciento de todo el líquido que provee el Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos).

Por otro lado, también toca lidiar con el envejecimiento y decrecimiento neto de la población rural. Entre 1982 y 2015 los cubanos en esa condición pasaron de constituir el 30,03 por ciento del total del censo de la Isla (2 981 450) a solo el 23,11% (2 597 244); a su vez, el grupo de las personas con edades comprendidas entre los 15 y 39 años siguió una parábola descendente aún más acusada, de totalizar un millón 250 mil a poco más de 911 mil.

Con menos fuerza de trabajo disponible, insuficientes inversiones (no solo productivas sino también sociales) y créditos bancarios, además de un sistema tributario que suma buena parte de los gastos en que deben incurrir los productores como ganancias por las que se deben pagar impuestos; resulta muy difícil sacar adelante un nuevo emprendimiento agropecuario. Mucho más si se debe partir de cero, como casi siempre es el caso.

A pesar de la sucesión de Decretos Ley para la entrega de tierras en usufructo, el campo cubano aún espera su definitiva “primavera”.

*En esta historia contribuyeron Miguel Ángel Montero y Daniel Valero