Aprendí matemática avanzada en el colegio buscando compañía de una chica, aprendí de inconsecuencias cuando me hice mayor. Preferiría seguir siendo chico.

En la escuela primaria nos sacaban a la calle tomados de la mano, así aprendimos matemática avanzada. Nos juntaban a una hembra y a un varón, nosotros debíamos ir hacia la calle como muestra de cortesía y por lo general el orden era según el tamaño. Dedicaba los primeros segundos a contar con agilidad donde situarme para caer justo al lado de la chica que me gustaba. A veces acertaba y otras no pero siempre tomaba la mano de mi compañera para no hacerle un desaire. Nos enseñaron a ser consecuentes con las decisiones.

En Cuba no siempre hemos sido constantes ni asumimos las consecuencias de nuestras elecciones.

Le llamamos traidores a deportistas que luego recibimos en el aeropuerto, calificamos de escoria a emigrados que luego invitamos a invertir en la isla. Las inconsecuencias se pagan con el tiempo y el precio generalmente es en credibilidad dañada.

Lanzamos el país en una campaña para lograr diez millones de toneladas de azúcar, con la noble aspiración de ser independientes de la hegemonía comunista que intentó establecer Europa del Este. No fue posible. Ni siquiera los matemáticos y especialistas pudieron convencer a los políticos de la imposibilidad de esta tarea, el voluntarismo noble e ingenuo pesó más que los números.

Intentamos ser los más cultos del mundo (literalmente) sin rendir cuenta luego de cuánto se logró al respecto. Nos encomendamos en una revolución energética que consumió recursos nacionales y nunca supimos cuánto se ahorró o no en la misma. Durante mucho tiempo fuimos un país de grandes campañas que estuvieron más marcadas por el voluntarismo que por una planificación realista. Y no es que hayamos sido inconsecuentes, porque eran en función de una construcción nacional, sino que los esfuerzos sin seguimiento o planes realistas, son tinta en el mar y tiempo de nuestras vidas perdido.

Recientemente hicimos lineamientos para transformar la economía del país como política rectora, y sabemos que se han cumplido muy pocos de los objetivos.

Quizás tenga que ver con que todavía los políticos interfieren demasiado en las decisiones de los especialistas y la política lastra el funcionamiento económico normal del país. Y es difícil que no lo haga, en la circunstancia de hostilidad externa que todavía hoy nos encontramos.

Así y todo, si vamos a ser justos, la mayor inconsecuencia no es nuestra sino del vecino en el norte.

El paladín internacional de los derechos y libertades, es quien mismo ha coartado nuestras decisión de ser un país soberano. Quien menciona los derechos humanos por el día, en la noche socava nuestra capacidad de alcanzarlos. En esta fórmula matemática nació mi generación y la de mis padres, sin conocer otra cosa.

De niño caminaba por las calles de Santa Clara tomando la mano de la niña que me gustaba en la clase, lleno de orgullo porque al parecer la emoción era mutua. A esa edad no se sabe que existen cosas tales como política o bloqueos, el mundo es un lugar mucho mejor cuando no se tiene conciencia de todo lo que ha creado el hombre para des-organizarse.

Aprendí matemática avanzada buscando compañía de una chica, pero las inconsecuencias vinieron después. He tenido el resto de mi vida para ver cómo los hombres se maltratan unos a otros, y a menudo preferiría seguir siendo un chico.