Todas las noches pongo dos candados y paso el yale porque me la paso con miedo a los ladrones desde una vez, cuando tenía ocho años, que entraron a mi casa por la ventana del baño y se llevaron la grabadora, la plancha, la ropa. Entraron a mi cuarto mientras dormía, vaciaron mi mochila de la escuela y allí metieron todo. La policía llegó en la mañana y formó lo suyo y no dio pie con bola.

Cuando tenía como 13 años me robaron los tenis. Era de madrugada y lo que recuerdo es cómo brilló el cuchillo cerca de mi cuello, bajo el foco de la avenida. Lloré impotencia por una semana y después, durante años, solo salía por calles alumbradas y me sedaba ver carros patrulleros.

Antes de escribir esto bajé a comprar cigarros y la calle me parecía un complot. Me vigilaba el que vende galletas a la entrada del edificio, los choferes de ómnibus, el que me despachó los cigarros, todo el mundo en los balcones. Los semáforos dieron la luz verde para que algún auto me atropellara. Han pasado tres días desde mi tercera detención y ahora, como esas veces en que me robaron, estoy paranoico. La diferencia es que antes solo temía a los ladrones.

La primera vez que me detuvieron por hacer periodismo independiente me sentí héroe. Yo, que amo la generación de los 50 por esas broncas con la policía, porque andaban saltando de techo en techo, huyendo o muriendo formidablemente; yo, que lo que tenía en mi historial era una multa por dormir borracho en el Parque G, de pronto estaba siendo interrogado. Creo que sentí orgullo. La segunda vez fue rutina. Pero esta vez tuve miedo. Temblaba en la sala de espera de la estación cuando sonaba la reja o el teléfono. Tuve miedo cuando el Mayor pidió que me condujeran por haberme opuesto a que borraran mi móvil. Él vio miedo en mi cara y sonrió. Fue una prueba de fuerza innecesaria porque la fuerza es de ellos. La llevan colgada en los cinturones y en la tranquilidad con que pueden darte cuatro gaznatones o dejarte trancado una semana.

Los policías siempre preguntan lo mismo

La mañana siguiente cogí un taxi Mayarí– Holguín. Al lado mío un hombre abrazaba a su esposa. Yo trababa de ver lo que tecleaba cuando sacaba el móvil, lo vigilaba, apretaba mi mochila para cuidarla de los dos chamacos que iban dormidos en el asiento del frente. Me parecía que toda esa gente se había puesto de acuerdo para subir al auto conmigo, que el hombre iba tecleando mis movimientos, que los dos chamacos se hacían los dormidos, que la mujer era un robot y que el taxi se iba a meter por un camino extraño. En Holguín cogí un camión lleno de gente que parecía militar.

Estoy mal de los nervios. Me he puesto a hacer recuento y no he hecho nada. He estado tanto tiempo descubriéndome que no he vivido y me preocupan cosas como cambiarme la forma del pelo y entresacarme las cejas. En realidad nada de eso me preocupa, pero son cosas que han ido ocupándome y sacando de lugar mis verdaderas aspiraciones, que ya no recuerdo. Ahora solo aspiro a que la cocina no amanezca sucia, a que el café no quede demasiado dulce, a que mi hijo coma. Paso tanto tiempo fregando platos que tengo una destreza formidable. Me pongo reguetón mientras lo hago. Si estoy seguro de que nadie mira me pongo una cuchara de micrófono y hago como que estoy en pleno escenario: meneo, meneo, dirijo al público, me hago el contento. Escribo porque no sé hacer más nada y cuando puedo me escondo para llorar. Le tengo tanto miedo a la muerte como a la vida y ahora, encima, han hecho que tenga miedo a salir de mi casa.

Tampoco es que salga mucho. A veces paso meses de ermitaño. Salí de Cuba por primera vez hace menos de un año y ni siquiera cuando pisé Chile me llamó la atención. Soy tan idiota que estuve todo el tiempo con ganas de volver. Me gusta Cuba, no estoy seguro de por qué me cuesta imaginarme fuera de mi casa, de mi rutina. También me cuesta mucho imaginarme ganándome la vida con algo que no sea la escritura, aunque tendré que empezar a aprender a remendar tuberías, freír harina o arreglar teléfonos, porque según la carta de advertencia que me hicieron firmar no puedo hacer periodismo: a alguien se le ocurrió que no es legal contar la verdad.

No quiero irme de Cuba, sin embargo, es como si me botaran. O como si tuviera que cambiar la manera en que he concebido mi vida para quedarme.

Dijo aquel Mayor que me dedicara a cuidar de mi hijo. Lo hago. Por eso el yale está puesto desde que regresé de comprar cigarros. A mí que me torturen, pero, ay, no la cojan con mi hijo. Mi hijo no tiene culpa de ustedes. Mi hijo es un sol.

Las historias no son propiedad privada