El gordo que venía manejando se llama Jesús. El otro no recuerdo. Tampoco ellos nos dicen nombres. Los escucho a medida que nos van cogiendo confiancita y empiezan a decírselos porque al principio se llaman Jota y, pongamos, Erre, así de misterioso, a lo agente de la CIA en las películas. Es viernes 12 de octubre, 2:00 p.m., y estamos en La Loma, un caserío en Arroyos de Mantua, Mantua, Pinar del Río, reportando para Periodismo de Barrio los daños que hace días dejó el huracán Michael en esta zona. Jota y Erre bajaron de una moto. Se presentaron con sendos carnés de la Seguridad del Estado y nos preguntaron, al fotógrafo que iba conmigo y a mí, qué estábamos haciendo. Les explicamos. ¿Con qué permiso?, dijeron. Con ninguno. No hacen falta permisos para preguntar más que los permisos de las personas a las que uno pregunta. Jota y Erre creen que sí hacen falta, que debimos ir a la sede municipal del Partido a decir en qué andábamos y que el Partido hubiera tomado decisiones; incluso, dijeron, nos hubieran puesto un carro.

Mientras Erre nos pide los carnés de identidad y los examina, Jota consigue las llaves del consultorio médico y allí, tras un buró, de uno en uno, Erre nos interroga. Me pregunta si tengo un documento que me identifique como periodista e, inocentemente, le entrego mi carné de la UPEC, que dice periódico Granma, porque el carné de la UPEC especifica la organización de base de la que uno forma parte cuando se afilia. Erre pregunta si trabajo en Granma y le digo que pedí la baja hace par de semanas.

—¿Por qué te fuiste del Órgano Oficial del Partido?

—Motivos personales.

—¿Tú eres del Partido?

—No.

—¿De la Juventud?

—No.

—Pero a la gente que entrevistaste le dijiste que eras del Granma

—No.

—¿Enseñaste este carné?

—No.

Pregunta por qué Mantua y le respondo que porque fue uno de los municipios más destrozados por Michael. Responde que pudimos haber ido a otro y le digo que el plan era visitarlos todos, que empezamos por Mantua por azar. Entonces pregunta a qué institución estatal pertenece Periodismo de Barrio. Le explico que es una revista on-line, que aborda temas medioambientales y que no es del CITMA ni de nadie, que es independiente. Las palabras on-line e independiente lo trastornan. On-linee independiente, por defecto, para él, es contrarrevolución. ¿De dónde sale el dinero? De proyectos y, ocasionalmente, de crowdfundings. Erre no tiene idea de qué es crowdfunding. ¿Pero ganan premios, pertenecen a la Unpacu o a algún partido independiente, viajan? Nos ganamos los premios y los viajes y no pertenecemos a ningún partido. Le digo que en su Código de Ética Periodismo de Barrio se declara socialista y que todo lo que me está preguntando está público en la página, que lea. Mientras, el fotógrafo que va conmigo espera sentado en el contén de la bodega con un viejo del pueblo al que mandaron a vigilarnos y Jota habla desesperadamente por el móvil. A veces llama a Erre y Erre interrumpe el interrogatorio. Al final Erre dice que si estuve grabando todo el tiempo y me pide el móvil. Yo estaba grabando. Antes de darle el móvil, borro el audio. Registra, me lo devuelve. Cuando me toca sentarme en la bodega me entretengo atosigando al viejo. Me le alejo y converso con cualquiera que pase, pongo música, simulo que le estoy haciendo fotos.

Una hora después llegan cuatro guardias en un jeep y nos montan. Jota y Erre nos siguen en la moto. Una vez que hayan llegado a donde vamos, una vez que hayan hecho lo suyo, van a largarse sin que los veamos. El jeep es lo suficientemente grande para que quepan cuatro en el asiento trasero, un policía en cada ventanilla. El chofer pone reguetón y el guardia que va al lado mío canta todos los temas. Yo también. Le cuento que hace unos meses entrevisté a Harryson, a David 22, a Popy & La Moda. Se le agua la boca. Me consulta rumores sobre ellos. Después recuerda que él es policía y yo un detenido y enseria la cara.

En la estación policial de Mantua nos quitan los móviles. Es un lugar oscuro con un busto de Martí, la ventanilla de la recepción, bancos, un televisor, las típicas fotos del Che, Fidel, Raúl y una pancarta que dice que esta es una policía muy humanitaria y preparada y culta. Digo que tengo sed y un policía me lleva a la nevera, digo que necesito un baño y el mismo policía me lleva al baño, digo que si puedo fumar y el policía dice que en el jardín, pero que no podemos cruzar el muro, salir del perímetro de la estación: es la primera vez que aclaran que no estamos detenidos, sino retenidos. La diferencia es que no estamos tras rejas.

El mayor Orestes es un cincuentón imponente. El tipo de persona que cae bien o que está entrenada para caer bien. Después de más o menos una hora en la sala de espera de la estación llega a saludarnos. Pregunta dónde están nuestros móviles (apagados en una gaveta en la recepción), pregunta por la cámara y por cualquier otro aparato que tengamos. El fotógrafo dice que no quiere invento con la cámara y el mayor le responde que no la saque de la mochila; nos pregunta si nos sentimos cómodos, repite que estamos retenidos, no detenidos. Entra. Pasa un buen rato hasta que me llaman a una oficina con computadora, ventilador, mis carnés en la mesa, dos sillas, el mayor en una de ellas. Vestido de civil. Hace el recuento de todo lo que hicimos desde que llegamos a Mantua el miércoles, de memoria, con pelos y señales. Hace el recuento de todo lo que he escrito en Periodismo de Barrio, en Granma, en El Toque, en mi computadora. Casi que hace el recuento de mi vida y después me pregunta si está en lo cierto. Lo está. Repite las mismas preguntas de Erre y le respondo lo que a Erre.

La mañana del jueves yo había ido al gobierno municipal y había entrevistado al vicepresidente. Me había presentado como miembro de Periodismo de Barrio. El vicepresidente me dio números y especificidades sobre la ruina que dejó el huracán, las medidas que adoptó la Defensa Civil local, el plan de recuperación. Al mayor le preocupa que el vicepresidente me haya atendido. Un vicepresidente no tiene nada que hablar con un periodista independiente. El mayor pregunta si tengo la grabación y contesto que en el móvil. Pregunta si durante la entrevista mencioné Granma y contesto que no. Pregunta si voy a escribir de esto, de la retención con interrogatorio, y contesto que sí. Llama al fotógrafo. Cuando oscurece nos brindan comida y comemos.

Pasadas las 9:00 p.m. (deduzco, por la programación televisiva) nos suben a un carro rumbo a Guamá. Una hora de carretera y silencio. En Guamá nos separan. El carro en que mandan al fotógrafo para en la carretera y una teniente se baja dizque a coger una caguama y nunca da con ella. El mío va con música romántica. Por molestarlo, le pregunto el nombre al que va junto al chofer y se engrifa.

En la Unidad Provincial de Investigaciones, cerca de las 11:00 p.m. (deduzco, no sé por qué), la teniente de la caguama se nos presenta como la instructora penal del caso. A estas alturas, somos un caso. Con ella aparecen dos hombres de civil: un tipo abominable que tergiversa todo lo que digo y otro medio viejo que fue a Guamá a buscarnos y que, por la manera en que lo tratan, es jefe. Pido identificaciones. El tipo odioso me enseña un carné de la Seguridad del Estado que tiene en el bolsillo transparente de la billetera pero tapa el nombre y la foto con los dedos. Me lo enseña en un segundo. A lo agente de la CIA en las películas. La teniente instructora se conforma con que le mire el uniforme. Al jefe, como es jefe, le parece una falta de respeto que un mocoso le ande pidiendo nada. No habla. Pone cara socarrona. Me mandan a sentarme en un cuartico con aire acondicionado. La teniente, esta vez, toma notas. Me repiten la misma retahíla de preguntas. Les repito la misma retahíla de respuestas. Cada vez que hablo, el tipo abominable me interrumpe diciendo disparates como que me van a acusar de estafa porque les dije a los entrevistados que era de Granma y ya no soy de Granma. En serio me preocupa que el informe diga tal cosa. Estaría violando todos los códigos de ética del mundo. Digo y redigo que nunca mencioné la palabra Granma ni enseñé el carné que ese hombre agita como un abanico. Le pido a la teniente que esclarezca esa situación en el informe. La teniente ni habla. El jefe habla del vicepresidente. Dice que el pobre se siente ofendido y engañado y de todo lo posible. Pido permiso y cojo mi celular, que está en la mesa con el del fotógrafo, para enseñarles la grabación y descubro lo obvio: está encendido y pidiéndome el PIN. Me enfurezco un poco. Trastearon mi móvil, les reclamo. Imposible, dice el jefe. Estamos un rato en eso. Concluyo que se habrá encendido solo. Pongo el PIN y al momento entra una llamada de Julio Batista, reportero de Periodismo de Barrio, porque desde que vi a Jota y a Erre bajar de la moto envié un mensaje a Elaine, la directora. Cuelgo. Hago un paripé para que no se enteren de quién llama. Busco la grabación y dice, clarito, que soy reportero de Periodismo de Barrio y esto y lo otro. A continuación, se escucha la voz del vicepresidente. Touché. El abominable se abominabiliza. El jefe también. La teniente ni habla. El jefe empieza una disertación sobre por qué no puedo publicar el reportaje y le respondo que voy a publicarlo. En este punto ya estoy aburrido y tengo sueño y ganas de bañarme. El jefe dice que, si lo publico, no puedo usar el nombre del vicepresidente ni sus declaraciones. Lo protege. Un vicepresidente no tiene nada que hablar con un periodista independiente. En realidad, el vicepresidente no había dicho nada relevante, nada que en par de días no fuera público, así que cuando el jefe me pide que borre la grabación, y subraya que lo hace amablemente, yo, por molestar, le pregunto cuál es la forma no amable de pedirlo, pero ya sé que tengo que borrarla. El abominable se abominabiliza. Borro la grabación.

A las 2:30 a.m. (ya tenía el móvil) el carro que maneja el abominable nos suelta en la terminal de ómnibus de Pinar del Río. La ciudad está vacía y oscura. Solo funcionan una pizzería particular y un quiosco en CUC. Compramos pizzas. Mientras esperamos a que amanezca para que un carro nos lleve a La Habana, el fotógrafo me cuenta que trataron de borrarle las fotos, pero que se engrifó y no borró nada. Siento orgullo por él. Entonces llamo a Julio y le digo que no se preocupe. Es la primera vez que siento ganas de masticar mi carné de la UPEC.

 

Este texto fue publicado originalmente en Periodismo de Barrio