Ha terminado la edición 41 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano y una cosa me ha quedado muy clara: mucho cine baja de peso. Yo pensé que los kilogramos que había ganado en octubre en Madrid, a base de televisor, chorizo y helado de turrón de jijona, iban a resistir mi idea de ir de película en película como quien se va de bares. Hubo días en los que me salté alguna comida y días más afortunados en los que cené pizza o dulces con toneladas de azúcar. Las pizzas de la cafetería de 12 y 23, que quedan al costado del restaurante Cinecitta, ni siquiera las miré. Aguanté todas mis hambres y fui al cine.

No estoy contenta con haber perdido peso. No me he pesado pero me lo noté hoy cuando me probé mi pantalón de mezclilla verde y pude sentarme tranquilamente en el borde de la cama a ponerme los zapatos sin desabrocharme el primer botón. El pantalón, lo admito, me lo compré un poco ajustado. Es uno de esos pantalones de mezclilla dura, de la que no estira, pero que lucen mejor cuando aprietan un poquito que cuando te bailan en la cintura. Mi amiga Carla me inculcó este año el amor por ellos y desde que me compré el primero no he querido meterme en otro distinto.

A mí me gusta estar rellenita. Me gusta que no se me noten los huesos por encima de la piel. Casi toda mi vida yo fui flaca, muy flaca, aunque nunca fui la más flaca de todas las flacas, y supongo que me aburrí. En algún momento empecé a querer engordar, discipliné mis horarios de alimentación, incluí muchos frijoles en mi dieta y, sobre todo, cumplí 30 años. Nada como envejecer para subir de peso. Entre los 29 y los 31, yo he engordado unos diez kilogramos. Y estoy feliz. No clasifico aún como gorda, pero tampoco nadie me dice ya flaca.

Este Festival estuvo cerca de echar por tierra el trabajo de toda una vida, que claro que no es de toda una vida, pero lo siento tan serio como si lo fuera. Sin embargo, lo volvería a vivir, una y mil veces más. Decir que yo trabajo yendo al cine a ver películas no suena nada mal. No está nada mal. He conocido gente que de otra manera es probable que no hubiera conocido y he pasado tiempo con personas que, si no hubiera sido por el pretexto del cine, quizás no nos hubiéramos visto. El cine me trajo de vuelta a un amigo que hacía tiempo no veía, o yo quiero creer que fue el cine, porque así la historia me resulta más bonita, y descubrí que todo estaba justo donde lo habíamos dejado unos meses atrás. Podíamos seguir hablando de lo sublime y lo ridículo y acompañarnos un día entero y quedarnos en silencio.

De vuelta a la vida real, al periodismo, a las calamidades de siempre, me llevo una cuantas ideas para contar historias. El cine, el bueno, siempre me da ideas para escribir y sobre cómo escribir. Creo que hay cine al que le falta eso: prestar más atención a cómo se escribe. Que no es abusar de las palabras. Las películas de Kim Ki-duk que he visto tienen pocas palabras pero son películas en las que se nota que Kim Ki-duk sabe escribir, que de cierta manera, es saber elegir con la mayor exactitud posible los conceptos con los que se va a contar una historia.

Si soy justa, debo reconocer que el cine ha valido cada libra perdida. Me mantendré lejos del espejo del baño por un tiempo, de todos los espejos de mi casa, hasta que otra vez consiga decirme “qué gorda estás”, pero sin el menor arrepentimiento. Si no termino como empecé, con música, con un concierto como el de Haydée Milanés, es porque, como bien dice uno de los personajes de El cuento de las comadrejas, de Juan José Campanella -una cinta simpática, no mucho más-: la vida no es como el cine.