En 1928 en Rosario, Argentina, en una familia de cinco hermanos y apellido de renombre (era Guevara de la Serna pero descendía de los Lynch), nacía Ernesto Guevara, quien sería inmortalizado luego como, simplemente, el Che.

En 2008, 80 años después de su nacimiento, renacía el Che Guevara en su Rosario natal pero esta vez inmortalizado en una escultura de bronce de cuatro metros. Emplazada en el Parque Yrigoyen, la pieza se hizo realidad gracias al aporte de la gente, que demostró su deseo de que el monumento estuviera ahí, mediante la donación de llaves de las cuales se obtuvo el bronce necesario para crearlo.

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Esta pieza fue producida en el marco de la 3era generación de la Red LATAM de Jóvenes Periodistas de Distintas Latitudes. Se publica en elTOQUE como parte de una alianza de medios cubanos y latinoamericanos

Corría el año 2006 y Andrés Zerneri, artista plástico, dividía su tiempo entre la militancia política y sus obras, que siempre se mezclaban un poco entre sí. Hasta que un día, mientras caminaba las calles de Buenos Aires y observaba el paisaje, notó algo particular, algo de lo que no se había percatado antes —por más que llevara viviendo en la capital de Argentina más de 12 años: las calles porteñas no tenían un monumento al Che Guevara. “De hecho, ¿en algún lugar en Argentina había un monumento al “Che”?”, se preguntó.

Andrés nunca fue un militante político “típico”: nunca perteneció a un partido ni le interesó meterse en roscas, discusiones por cargos, reuniones eternas. Siempre se consideró, sin embargo, de izquierda y, más que de izquierda, guevarista. Comulgaba con las ideas de Guevara pero nunca se compró —ni lo haría— una remera (pulóver) con la cara del ídolo estampado: no era un admirador futbolero del Che, de esos que llevan su imagen a todos lados como si se tratara de la camiseta del equipo de sus amores.

Pero de algo Andrés estaba seguro: no podía ser que no hubiera  en Argentina un monumento al revolucionario. “Como militante muchas veces me pregunté por qué no había en el país un monumento al Che, siendo una figura internacionalmente conocida. Más allá de si uno está de acuerdo o no con sus ideas, es una figura internacional. Y como soy artista plástico no podía seguir preguntándome eso sin, a la vez, proponer resolverlo. Entonces dije: “Bueno, me respondo como escultor lo que me estoy preguntando como militante”. Así fue cómo Andrés Zerneri decidió ser quien llevara a cabo el primer monumento a Guevara en el país.

Andres Zerneri mientras recolectaba las llaves para la creación de l monumento. Foto: Tomada del perfil en Facebook del artista.

Andres Zerneri mientras recolectaba las llaves para la creación de l monumento. Foto: Tomada del perfil en Facebook del artista.

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La casa Cabrera siempre fue un lugar dinámico, ruidoso, lleno de arte, gente, vida. Era una casa chorizo que funcionaba como casa abierta, una especie de centro cultural no habilitado como tal, en el cual se hacían  producciones de fotos, body painting, desfiles, ensayos de teatro, murga, música. Era una casa informal, que no parecía —ni era— la “típica casa de una familia tipo”: el 80% del lugar, de hecho, era taller. Tenía un par de salas destinadas a dar clases, otras a exposición y en muchas de ellas había un poco de todo. Solo una minúscula parte estaba destinada a ser “casa-casa”: la parte de arriba, donde estaban las habitaciones. Andrés Zerneri vivió 23 años ahí.

Una tarde, pocos meses después de que Andrés lanzara la convocatoria “doná tu llave para el monumento al Che Guevara”, sonó el timbre en casa Cabrera. Andrés abrió la puerta y del otro lado vio a una mujer joven, de alrededor de 35 años, morocha (morena), con el pelo corto, anteojos y una bolsa con distintos objetos de bronce en la mano. Hablaba apurada, con notoria preocupación: no sabía si había llegado a tiempo. “¿Todavía puedo donar bronce? Es para el monumento al Che”, fue lo primero que le preguntó Josi a Andrés. “Sí, tranquila, sos la primera”.

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Preguntarse si al Che Guevara le hubiera gustado tener un monumento en su país, en su Rosario natal es hacer ciencia contrafáctica pero, leyendo sus ideas, algo se puede suponer.

Desde que tiene uso de razón Andrés lee la teoría de Guevara y, por ello, podía imaginar algo de lo que dice estar bastante seguro: al Che no le hubiera gustado que, de hacerse un monumento de él, se hiciera financiado ni por el Estado ni por alguna organización. Hubiera pensado que era plata desperdiciada. Por eso el día que Andrés vio el paisaje de Buenos Aires vacío de monumentos al guerrillero y decidió hacer uno él, también decidió que lo haría sin financiación oficial. Lo haría de una manera más original, inédita hasta entonces en el país: juntando llaves.

Hacer una escultura no es, particularmente, un proyecto barato. Zerneri necesitaba 3 toneladas de bronce para lograr el proyecto que se había propuesto y, para eso, inició una colecta. La propuesta era simple: quien pudiera, quien quisiera, tenía que acercarse a donar una llave para el monumento al Che Guevara. Si se llegaba a juntar las necesarias (entre 14 mil y 15 mil llaves) se fundirían y con ese bronce se haría el monumento. Finalmente se juntaron 14 500.

“Comulgo con la idea de que los monumentos tienen que hacerse con el esfuerzo de la mayor cantidad de gente posible como para que sea legítimo. Yo no quería pedirle al Estado que nos haga un monumento, pensé que era mucho más legítimo que la gente le dé al Estado uno. Me pareció un gesto que se parece al propio trabajo que enseñaba el Che cuando hablaba de trabajo voluntario.

Por eso la idea de juntar el bronce mediante llaves donadas: Si no se juntaban las llaves no las iba a poner yo porque, si no se juntaban, era porque la gente no estaba deseando tener ese monumento. La colecta fue una forma de resolver no solo la cuestión material, sino también una forma de testear qué nos pasa como sociedad con la construcción de esa figura”.

Andrés tardó dos años en recolectar las llaves para el monumento. En 2018, con la inauguración de la escultura, 14450 historias se fundieron en una sola: en la historia del monumento al Che.

Detalle del monumento donde se aprecian las llaves donadas. Foto: tomada del perfil de Facebook de Andrés Zerneri.

Detalle del monumento donde se aprecian las llaves donadas. Foto: tomada del perfil de Facebook de Andrés Zerneri.

Las historias: de qué está hecho el monumento a Guevara

La colecta no se llevó a cabo solo en casa Cabrera. Distintas organizaciones como las Casas de la amistad argentino-cubanas colaboraron con el proyecto. Había delegaciones en las provincias juntando llaves para después hacérselas llegar a Andrés, agrupaciones enteras difundiendo el proyecto, amigos artistas que se querían sumar.

También algunas organizaciones, como sucede habitualmente en política, quisieron apropiarse del proyecto. Hubo, como con todo, rispideces.

En Tucumán una maestra juntaba bronce con sus alumnos. En Buenos Aires una cartonera, que tenía mucha relación con la Casa de la amistad argentino-cubana, agregaba ese material a sus colectas habituales y lo entregaba a los delegados de la casa, mientras escuchaba historias del Che y aprendía de su vida.

Andrés jamás imaginó que la colecta tendría la repercusión que finalmente tuvo y nos cuenta su sorpresa: “Yo se lo propuse a algunos amigos, estos amigos se lo reenviaron a otros y así se fue dando. Tomó una trascendencia que yo no había calculado. Me empezaron a llamar de radios y se empezaron a formar grupitos en distintas provincias para juntar llaves. Me invitaban para dar una charla, a hablar del proyecto, hasta conocí gente que jamás pensé conocer. La gente se fue apropiando del proyecto”.

Es que apropiarse de la idea no era difícil si se tiene en cuenta cómo Andrés hacía que los donantes participaran. Había emplazado el molde de la escultura en el hall de la casa para que lo vieran apenas dejaban las donaciones y dedicaba todo el tiempo que fuera necesario a explicarles cómo se haría. Si del otro lado había tiempo y ganas, Andrés ofrecía un capuccino y contaba cómo la llave se convertiría en figura, por qué el aporte sumaba tanto. Y además escuchaba las historias de los donantes.

Originalmente, la idea era que, quienes quisieran, participaran de la creación del monumento donando bronce; pero se generó un nivel de apropiación tal que, cada vez que a Andrés le sonaba el timbre, había alguien del otro lado dispuesto a ayudar de distintas maneras. Varios pedían participar de la obra, colaborar con esfuerzo físico, aprender, ser parte. “Se corrió la bola”, como se diría en criollo, de que el monumento era de todos y de que todos podían trabajar en él. Y sí lo era y sí podían.

Una tarde, mientras Andrés trabajaba en la escultura, el timbre volvió a sonar en casa Cabrera. Se acomodó un poco, abrió la puerta y vio que del otro lado estaba Aramís Fuente Hernández, el embajador cubano en Argentina en aquel entonces. Llevaba camisa y la usaba con las mangas abotonadas hasta que fue atendido. Apenas la puerta se abrió se arremangó, listo para meter las manos en la masa. “¿Acá es donde puedo ayudar con el monumento al Che?”, preguntó mientras se arremangaba. “Sí, acá, adelante…”.

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El día estaba caluroso, pesado, con un calor argentino que parecía cubano. En la casa Cabrera alrededor de 40 personas esperaban ansiosas la llegada de Aleida Guevara, una de las hijas del “Che”. A Andrés lo había llamado la embajada para avisarle que Aleida visitaría el país y que quería conocer la estatua de su padre. Le habían pedido discreción; la visita no era una cosa pública, dijeron. Cuarenta personas a Andrés le pareció discreto.

Cuando Aleida entró a la casa donde se gestaba la estatua de su padre se sorprendió por la cantidad de gente que la esperaba. Dijo que iba a estar un ratito nada más, que tenía que hacer cosas. Un ratito fueron tres horas.

“Le dije que eran unos amigos que colaboraban con el proyecto y se quedó contándonos historias de su papá, anécdotas y escuchándome también hablar a mí de la escultura. Me dio consejos para que esté mejor, más parecida a la realidad: me dijo que la nariz había que hacerla más ñata, por ejemplo. Yo le conté que no hacía esto desde ningún fanatismo o una cuestión política, sino porque me parecía muy importante dejarles a las futuras generaciones símbolos que tengan que ver con lo que el Che promulgaba. Y le dije que no era un admirador fanático de la imagen del Che. Es más, le dije que ni siquiera me parecía lindo”.

—¿Qué te respondió?

—Feo eres tú.

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Para ser “el Che Guevara”, aquella figura tan reconocida en Cuba, en Argentina o en cualquier país donde hablar de socialismo e ideales de izquierda esté permitido, Ernesto Guevara de la Serna recorrió un largo camino que incluyó dos grandes viajes por Latinoamérica. Ambos viajes los realizó con amigos de toda la vida: el primero, montado en La Poderosa, con Alberto Granado y el segundo, en tren, con Calica Ferrer.

El Che Guevara había conocido a su amigo Calica ni más ni menos que a los 3 años, fueron compañeros desde la infancia. Se conocieron en Alta Gracia, un pequeño pueblo cordobés al que se mudó la familia Guevara para tratar a su hijo de asma. El padre de Calica era el reconocido médico que lo atendía por esta condición.

Compartieron juntos el ambiente conservador del pueblo, reuniones familiares, aventuras, Latinoamérica y fue Calica una de las personas que vio convertirse a Ernesto Guevara en el ícono que es hoy día. De hecho, uno de sus libros en su honor se llama De Ernesto al Che. Por eso cada vez que Calica habla de él esboza una sonrisa y, cuando se enteró de la construcción del monumento, decidió que él también tenía que ser parte. Se acercó a la casa de Andrés Zerneri sin previo aviso y tocó timbre.

—Hola, ¿sos vos el que está haciendo el monumento al Che?

—Sí, soy yo —contestó Andrés.

—Ah, yo soy Calica Ferrer, el amigo. Permiso.

Proceso de creación en el taller de Andrés Zerneri.

Proceso de creación en el taller de Andrés Zerneri.

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De los cuatro hijos del Che Guevara que aún están vivos (Hilda Guevara, la mayor, murió en 1995 a causa de un cáncer), Aleida es la más extrovertida. Los varones descendientes, Camilo y Ernestico, son más tímidos, disfrutan los encuentros privados. Una noche, tiempo después de que Aleida visitara a Andrés, Camilo llamó al artista para avisarle que él y su hermano iban a Buenos Aires. Quedaron en verse un sábado por la noche. Andrés los recibiría con asado.

Cuando llegó aquel sábado y, mientras el fuego ya estaba prendido en casa Cabrera, el teléfono volvió a sonar. Era Camilo para avisar que estaba en una universidad dando una charla con un amigo y preguntar si después podía ir con él a la cena. Andrés dijo que sí, que claro, que no había ningún problema y ni preguntó quién era.

“Al abrir la puerta me encuentro con los dos hijos del Che acompañados por el cineasta Tristán Bauer. Yo no lo podía creer. Iba a cenar en mi casa con los hijos del Che, Tristán Bauer y Calica Ferrer, porque lo invité al asado. Era un momento único. Además Tristán hasta hizo una donación: trajo un casquillo de bala del fusil FAL —porque él es veterano de guerra— para que lo dejáramos inmortalizado en el monumento”.

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Alicia Di Filippi es parte de la Casa de la amistad argentino-cubana. Habla pausado, tranquila, mientras intenta recordar historias y anécdotas de gente que donó llaves para el monumento al Che Guevara más de 10 años atrás.

Una tarde de 2006, mientras tomaba mate en una reunión de la casa de la amistad, conoció a Andrés Zerneri, quien fue a contarles el proyecto “doná tu llave para el monumento al Che Guevara”, y quedó fascinada con la idea. Le dijo que estaba interesada en colaborar, que lo iba a ayudar a juntar el bronce necesario y aportó ni más ni menos que las llaves de la casa de toda su vida.

“Después de que falleció mi vieja vendimos su departamento y todas las llaves de su casa fueron a parar al monumento al Che. Mis hermanas y yo conocimos al revolucionario y su vida gracias a ella así que ni lo pensamos: no había mejor lugar para dejar las llaves de nuestra casa que en la estatua a Guevara”.

Alicia no fue la única que decidió donar las llaves de la casa de sus padres para inmortalizarlas en la escultura. La cantante Gloriana Tejada, hija del poeta Armando Tejada Gómez, también dejó las llaves de la casa de su papá para que se fundiera el bronce y se mezclaran los poemas de Tejada con las ideas de Guevara. “Yo sé que mi papá hubiera querido participar”, le dijo a Zerneri.

Un grupo de científicos argentinos donaron el primer microscopio efecto túnel que se hizo en Argentina; los cantantes Manu Chao y León Gieco aportaron bronce; un hombre enojado con su religión donó una menorá para resignificarla; los amigos del Che trajeron llaves desde Cuba; un señor aportó el bronce de la tumba de sus padres; los hijos de Guevara ayudaron, donaron, pidieron ser parte. Y así, 14 450 historias después, se concretó la construcción del monumento al Che Guevara.

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Andrés Zerneri durante la inauguración del monumento.

Andrés Zerneri durante la inauguración del monumento.

En el Parque Yrigoyen, en Rosario, se encuentra desde hace ya 10 años, el monumento al Che Guevara, un punto obligado de visita para quienes recorren turísticamente la ciudad. En los alrededores del monumento se hacen actos, encuentros políticos.

El Che está inmortalizado con traje de guerrillero y su habitual boina, tan conocida en los retratos de él. A Andrés, en términos estéticos, la escultura no le gusta. Le parece que tiene la misma sensación de movilidad que un Playmobile —legendario juguete de plástico de origen alemán— pero recuerda cómo la construyó, de manera colectiva, y siente que su objetivo estuvo realizado.

“Yo admito que es fea, pero me parecía tan buena la forma en que lo estábamos haciendo, la divulgación, la difusión, que me descuidé en términos escultóricos. Me parece una escultura demasiado literal, parece un muñeco, tiene raro el cuello, pero yo tuve ayuda de los hijos del Che, el embajador cubano en argentina, Calica Ferrer y no me animé a cambiarles nada”, dice Zerneri.

“La verdad es que pensé que era más importante dejar las manos de ellos en la escultura que corregirlo. Me parecía una falsedad que yo dejara que le pusieran mano a la escultura, los despidiera y después empezara a corregir todo lo que ellos habían hecho”.

El monumento es grande y llamativo, pero no está en un pedestal. Es accesible, se puede subir a él, tocarlo, sacar una foto sin que sea una odisea imposible. El artista nunca quiso que estuviera lejos de la gente. En la parte de los pies se nota el relieve de las llaves. Para Andrés esa es una forma de explicar que el monumento se hizo de manera colectiva. “Vos podés tocarlo y pensar que capaz esa llave es tuya”, explica.

Finalmente, en el cumpleaños número 80 del Che Guevara se inauguró la escultura. Andrés la donó formalmente a Rosario e hizo un solo pedido. Había averiguado que la estatua del mausoleo al Che Guevara en Cuba mira hacia Argentina y puso como condición, para que la donación se hiciera efectiva, que la escultura de Rosario mirara hacia Cuba.

Así está, hace ya 10 años, emplazada en Rosario la escultura al Che Guevara. Cuando hay un acto político cerca, cuando alguien se saca fotos con el monumento, lo hace —quizás sin saberlo— donde 14450 historias se encontraron en una, donde Cuba y Argentina se abrazan con miradas.

 

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