En la pantalla de la computadora una mulatica de 20 años se masturba tristemente en un sofá, cámara entre los muslos. Cinco minutos antes ella había puesto el móvil en una mesa y había empezado a menearse lento con un reguetón que se oía mal, en segundo plano. En primero, esos ruidos que hacía para parecer caliente, mientras se quitaba el blúmer meneándose, la blusa meneándose, su piel meneándose, el pelo meneándose. “Mira lo que dejaste en Cuba, papi”, dice y la vocecita se le parte aunque ella es dura y fula y repartera y trata de mantener esa postura fatal, se bambolea, se pone de espaldas, se levanta el pelo y se lo deja caer entre las nalgas de forma que se vean bien sus nalgas, que él las vea bien. “Mira lo que dejaste”, repite antes de hacer un corte de cámara y reaparecer abierta en el sofá, cámara entre los muslos.

En la televisión ponen screenshots del Twitter presidencial y resúmenes de tertulias políticas; hace días, por ejemplo, Díaz-Canel tuvo una con el presidente de Guyana, un país del que no se habla, que no estoy seguro de dónde queda. En España hay una huelga de taxistas y Vargas Llosa habla de las maneras en que los periodistas independientes invaden la intimidad de los políticos al punto de que, dice Vargas Llosa, “en España lo privado ya no existe”. Los taxistas cerraron varias calles en Madrid y en Barcelona. En Cuba la privacidad no existe para cualquiera que no sea el gobierno. Una vez, cuando trabajaba en Granma, oí a Machado Ventura decirles a los campesinos que en Cuba no había sistemas de riego pero que los indios tampoco los tenían y sembraban. Nunca pude escribirlo en el periódico.

En el agro de la esquina de mi casa queda aguacate pero a 30 pesos. La gente estaba cayéndole a gritos al vendedor y el vendedor decía que tú verás cómo hoy están gritando, mañana ya no van a gritar tanto y pasado, cuando esté a 30 pesos, o compran o no comen aguacate. El vendedor es un cabrón filósofo. En la puerta del agro a una señora se le rompió la jaba donde traía el arroz de los mandados y estaba arrodillada, recogiendo montoncito a montoncito y tirando todo aquello en la misma jaba rota a la que había hecho un nudo. Frente al bar, cuatro negros se metieron cuarenta gaznatones no se sabe por qué. Había un poco de gente alrededor, vociferando. Algunos que pasaban por la cuadra seguían de largo. Otros se quedaban. Como no hay nada que hacer es divertido mirar los piñazos que se dan otros. Aquí los negros se entran a piñazos pero nadie es capaz de coger un bate y entrarle a batazos a un patrullero. Esos mismos negros, seguro, se pusieron a aplaudir cuando Díaz-Canel se bajó en Centro Habana, en San Rafael.

En la puerta del edificio, los taxis suben gringos y bajan gringos y siempre hay alquileres disponibles. Los alquileres tienen agua caliente, privacidad, aire acondicionado, servicio de taxis y mulaticas. Ahora, por ejemplo, un rubio sube con dos mulaticas de 20 años que dentro de un rato van a empezar a chillar y sus voces van a colarse por los tragaluces del edificio, por todos los huecos: gemidos para parecer calientes. Mañana, si una de ellas se ilusiona y el rubio la acepta de amiga en Facebook, ella seguro empieza a revolverse cada dos o tres días en un sofá quitándose la ropa, “mira lo que dejaste en Cuba, papi”, cámara entre los muslos. Y mañana, si el rubio se ilusiona, va a postear el video y el video va a terminar en mi computadora y yo voy a verlo de la misma forma que miro el agro desde la ventana. Porque a uno a veces no le pasa nada. Nada.