Los días suceden como Deja Vú: bien temprano lleva a las niñas a la escuela, luego pone a punto la casa, atiende al caballo, aprieta las correas y limpia el quitrín. Después de un baño se pone las botas, coge el sombrero de vaquera y la fusta.

Al caer la noche emprende su verdadero trabajo, hasta la madrugada de ser necesario. Mientras haya clientes dispuestos a pagar el viaje ajustará las riendas, dirigirá al animal y continuará camino. Más tarde se irá a casa a dormir. Dentro de pocas horas amanecerá y el ciclo se repetirá.

Ella es Yaima Jiménez, la única mujer cochera de Placetas, un pueblo del centro de la Isla donde el oficio garantiza gran parte del transporte local y es ejercido casi en su totalidad por los hombres.

“Un día me vi sola con tres niñas, incluidas unas jimaguas que además tienen retardo psicomotor en el desarrollo. Allá donde vivía, un campito llamado Remate Ariosa, no existe una escuela con atenciones especiales para ellas. Después de tanto pensar opté venderlo todo y mudarme para Placetas. Al llegar fue difícil, imagínate cómo puede subsistir una madre soltera con niñas pequeñas. Al poco tiempo decidí comenzar a cochear. Teníamos que sobrevivir.”

Foto: Iris C. Mujica

“Siempre he tenido caballos”, continúa Yaima, “desde niña aprendí a montar y disfrutar de su compañía, pero nunca pensé utilizarlos para ganarme la vida. Todo fue nuevo porque yo no trabajaba, pero tenía deseos y los medios para hacerlo. Mi papá me ayudó a pedir un crédito en el banco de 51 mil pesos, que pago a plazos. Con ese dinero adquirí la calesa, arreglé la cuadra y compré dos caballos.”

En la actualidad circulan por las calles de Placetas 298 coches de forma legal. Todos conservan el estilo tradicional, calesa de cuatro asientos, y todos, a excepción del conducido por Yaima, son operados y provistos por hombres.

“Este pueblo es machista por tradición. Siempre este negocio ha sido de hombres. Sin embargo, jamás me he sentido discriminada, al contrario, mis compañeros me ayudan en todo. No me dejan hacer ni cola, me dan sus clientes. El ambiente respecto a mi persona es muy bueno, solidario y respetuoso. Gracias a ellos mi vida es más fácil”.

Por precaución Yaima comienza a “cochear” todos los días a partir de las cinco de la tarde hasta la noche. Utiliza este horario, pues padece de una úlcera en los ojos que no le permite desempeñar estos viajes a plena luz del sol.

“Dejo a las niñas con alguien de confianza que me las cuida. Así es como único me gano mi dinerito. No cocheo tanto, pero a diario puedo reunir casi doscientos pesos o más. Las calesas son el transporte del pueblo. Aquí no hay guaguas y nosotros resolvemos a cualquier hora, a donde sea y hasta la puerta del lugar. Lo mismo a la escuela o al centro laboral. Es verdad que el precio suele ser alto. Una carrera de seis cuadras puede costar diez pesos. Eso varía según la gente. Hay quien por la misma distancia pide cinco. Yo no soy de las más careras, como he pasado tanto trabajo no me gusta cobrarle, por ejemplo, a quien va al hospital. Ahora, si vas a una fiesta u otro sitio, sí recojo.”

Ser la única mujer cochera tiene grandes ventajas: llama la atención, abundan los clientes y siempre recibe generosa recompensa. No obstante, una vez en casa la faena cambia, se complica.

“A la hora que regrese llevo al caballo a la cuadra. Lo baño, le doy de comer miel, pienso y hierba. Luego recojo sus excrementos. Entro el quitrín, retiro los arreos, organizo y limpio. Es agotador, porque es tarde y deseas dormir, pero debes hacerlo para ahorrar tiempo al otro día”.

Yaima Jiménez trabaja hasta la saciedad y es feliz mientras sus hijas lo sean. “Llegué a Placetas sin nada y hoy mis niñas tienen de todo. No creo haberme equivocado”, dice orgullosa.

Foto: Iris C. Mujica

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