Prohibir las peleas de gallos fue un golpe a los aficionados a esta tradición cubana. Sin embargo, durante más de medio siglo el campesinado ha encontrado sus propios espacios para no dejarse robar su espectáculo favorito.

Si algo debiera quedar claro para cualquier gobierno es que las tradiciones ni se compran ni se venden, como tampoco se censuran, persiguen o manipulan para alterar su esencia.

La vida ha demostrado ser intransigente ante estos absurdos y, como boomerang de mala suerte, nunca tarda en imponer la estirpe de nacionalismo por encima de gobiernos y mandatos.

En este sentido Cuba tampoco ha corrido la mejor de las suertes. Atrapada en constantes prohibiciones desde el triunfo revolucionario como medidas coercitivas ante el juego y la corrupción, las autoridades llegaron a recluir más de una tradición a tullidos espectáculos clandestinos, de las cuales pocas lograron sobrevivir al margen de la ley.

Las peleas de gallos finos son un claro ejemplo de supervivencia en el tiempo. Surgidas hace un par de siglos y prohibidas durante la mayor parte de las últimas décadas, la pasión por este tradicional espectáculo, lejos de perderse, ha motivado a generaciones completas.

Según Jorge Félix, su motivación es heredada de su padre, quien desde muy pequeño siguió los pasos de su abuelo Esteban. Sin embargo, a él, graduado de Economía en la Universidad de La Habana y devenido empresario de éxito en el sector privado, nada le hace más feliz que el que sus gallos resulten ser una cría ganadora.

“La belleza de las peleas está en la gallardía de ambos rivales y no en la muerte del perdedor”, me cuenta con convicción empedernida. “Ese orgullo de ganar, o incluso de perder, con un gallo que nunca se dio por vencido y atacó sin replegarse vale más que cualquier tesoro del mundo”, dice el economista.

En su patio pudimos contar más de 200 gallos de diferentes crías. Algunos son criollos genuinos de gran valentía y otros han sido traídos desde países lejanos para ser cruzados con el cubano. Según Jorge Félix “el objetivo es lograr una cría valiente, pero de mayor fortaleza”. Todos llevan una dieta estricta y delicado entrenamiento, que entre otras cosas incluye horas diarias al sol, pequeños topes y carreras para la pérdida de mareos.

Sobre su participación en las vallas ilegales no abundó en detalles, pero aseguró que a pesar de ser miembro del “Club Vallístico Arcona”, un recinto estatal construido a las afueras de la capital para esta actividad tras muchos años de prohibición, las vallas ilegales siguen siendo sus favoritas.

“El problema es que somos demasiados galleros para tan poco espacio. Solo algunas provincias tienen una valla oficial, y sin transporte es difícil trasladar a los gallos. Aunque no lo creas, un mal traslado los puede estresar y no pelean. Por eso la gente prefiere las vallas clandestinas, que son locales”.

Un juego de caballeros

Para nadie es secreto que estos espacios se prestan para el juego y generación de violencia. De ahí que se prohibieran al triunfar la Revolución, hecho que hizo proliferar las peleas  ilegales. Pero ¿son los gallos la chispa de la violencia?

“Tradicionalmente los que se juegan dinero son gente seria. A las peleas de gallos se le conoce como el juego de los caballeros, porque no se recoge el dinero, sino que se juega a palabra, y el que pierde, paga”, aseguró Félix.

Otros encuestados aducen como teoría que los violentos son los que acuden a esos espacios a jugar el ¨Ciló¨, un conocido juego donde se esconde una pequeña pelota bajo tres tapas de refresco que cambian de posición constantemente. También se dice que hay delincuentes que apuestan entre ellos, muchas veces sin dinero y, al cobrarse las deudas, terminan creando un clima violento y desagradable para el resto de los participantes.

Al occidente del país, en Pinar del Río, Javier Struch es juez de una valla muy popular en la zona. Pero además de intervenir en las peleas, impone sus propias reglas para el grupo de participantes. Su equipo de seguridad se encarga de mantener el orden, y aquél que cause alboroto o no pague una apuesta, además de recibir una paliza autorizada, jamás pone un pie dentro de una valla.

Quizás no sea éste el mejor de los métodos, pero según su experiencia todo el mundo respeta ese espacio. Incluso aseguró que, como buena señal, en este último año la policía ha sido permisiva con el funcionamiento de su valla.

El espacio también ha servido para que el cuentapropismo prolifere de manera gradual. Cada vez son más los vendedores ambulantes y hasta existen parqueadores y baños improvisados.

Creo que el Gobierno debería expandir estas experiencias hacia todo el país. A fin de cuentas, si los espacios ya están creados, no cuesta nada legalizarlos y cobrar los respectivos impuestos.

La pasividad sigue siendo un grave problema para nuestro país. De ahí que nos roben iniciativas y lo prohibido siga latente en las capas más sensibles de nuestra sociedad.

Si finalmente Cuba está cambiando, no hay mejor momento que éste para recuperar las tradiciones perdidas que, para muchos, causan satisfacción.