Hace menos de tres años el movimiento #MeToo destapó por todo el mundo una caja de Pandora que demostró la frecuencia y la intensidad del acoso sexual que sufren las mujeres. Los casos que alcanzaron mayor publicidad e impacto habían tenido lugar en ámbitos laborales, especialmente en la industria del cine y el espectáculo. Muchas personalidades reconocidas y de mucha visibilidad fueron señaladas, denunciadas y juzgadas.

Sin embargo, existe a otra escala una forma de acoso mucho más constante, cotidiana y visible sobre la que también nos ha puesto a pensar este posicionamiento del movimiento feminista. Es una forma tan naturalizada, que no pocos incluso cuestionan que sea motivo de denuncia y rechazo: se trata del acoso sexual en plena calle, todos los días, frente a personas comunes y corrientes, y que va desde un silbido discreto, hasta el contacto físico; del piropo al exhibicionismo o la persecución.

Es este el tema de la primera entrega de Voces de Matria, “una conversación entre amigas” de poco más de media hora donde la periodista Milena Recio dialoga con las investigadoras Alina Herrera y Ailynn Torres sobre qué prácticas se consideran parte de este fenómeno, por qué son una expresión de disparidad de género y dónde suelen ocurrir.

Alina Herrera, abogada, explica que “el acoso callejero es un tipo de violencia de género de contenido sexual que se reproduce y tiene lugar en el espacio público, donde los agresores reestructuran su relación de dominación sobre el cuerpo de las mujeres”. El acoso callejero demuestra que fuera de lo privado, de lo oculto, también existe un territorio en el cual hombres y mujeres no transitan de la misma manera ni habitan en condiciones de igualdad.

Identificar el acoso sexual callejero

La psicóloga Ailynn Torres explica que un rasgo esencial es la unidireccionalidad del acto. Las situaciones que se dan no están basadas “en ningún tipo de reciprocidad. Es de unos hacia otras, normalmente de hombres hacia mujeres”. Además, el acceso al cuerpo femenino, que “puede ser simbólico [frases o gestos] o real [contacto físico, bloqueo del paso…], no es consentido, no es buscado ni reciprocado”.

Alina añade que se puede sentir miedo, aunque muchas mujeres describen su reacción como incomodidad o molestia. Además, el hecho de que estas situaciones puedan escalar y convertirse en agresiones de otra envergadura provoca inseguridad y sensación de amenaza.

Mapas femeninos

Se ha investigado cómo las mujeres atienden especialmente a distintos elementos del espacio que se relacionan con su propia seguridad. “La calle como un lugar donde hay que tener precauciones especiales”, describe Alina.

En La Habana y otras ciudades cubanas el acoso sexual callejero es intenso. “Está magnificada la masturbación pública, es muy frecuente”, comenta. Por otro lado, “La Habana es una ciudad oscura, tiene un diseño de transporte público en que las paradas a veces están ubicadas lejos de las comunidades. A cualquier hora del día una siente el peso del acoso sexual”.

Transporte público, pasillos, pasajes oscuros, áreas deshabitadas o de mucha vegetación, zonas donde haya pocas viviendas familiares, algunos parques, playas solitarias… Existe todo un conjunto de lugares que, por experiencia propia o saberes acumulados, las mujeres tienen identificados como espacios de riesgo para ellas y que, por tanto, limitan su movimiento.

En la educación de las mujeres “el tema de que pueden ser abusadas sexualmente es un contenido que se da todo el tiempo”, explica Ailynn a propósito de lo temprano que las niñas comienzan a adquirir consciencia de que pueden ser objeto de violencia sexual, algo ausente en la educación de los niños, añade.

“Y en cuanto empezamos a salir solas”, continúa la psicóloga, cobran importancia aspectos como el tipo de calle, el horario, qué ropa se usa, si se va acompañada o no, si la compañía es masculina o de otras mujeres…: “empiezan los repertorios para transitar en las ciudades”.

La calle no debería ser más peligrosa ni más incómoda para las mujeres

Cuando se aborda el tema del acoso callejero, suele surgir un argumento en defensa de los piropos como algo cultural y natural: “somos así, es una costumbre de tierra caliente como la nuestra”, “a las cubanas les gusta”, etcétera. Ailynn insiste en que el acoso callejero existe, a diferentes niveles, en todo el mundo. “Muchas veces se toma como una marca de la cultura nacional, y en todos los lugares te puedes encontrar la misma explicación”.

“Lo otro —agrega— es que se identifica a los acosadores con personas que tienen algún tipo de trastorno mental. Y es otro mito que justifica la situación”.

La naturalización de una circunstancia de molestia —cuando menos— para las mujeres contribuye a la idea de que esta peligrosidad es algo que viene dado, y no el resultado de construcciones sociales. “Si piensas que es natural, piensas que eres tú como persona quien debe diseñar estrategias para afrontarla”; y estas suelen ser “estrategias que reproducen ese miedo, porque son de supervivencia”: modificar la forma de vestirse, evitar determinados horarios o determinados lugares.

De acuerdo con el proyecto Stop Street Harassment, encuestas de Gallup en 143 países mostraron que los hombres son considerablemente más propensos que las mujeres a afirmar que se sienten seguros caminando de noche en sus comunidades.

Aun cuando los índices de criminalidad en Cuba son muchísimo más bajos que en otros países del área, Ailynn propone que lo que nos preguntemos sea en qué medida las mujeres cubanas tenemos iguales oportunidades de movimiento que nuestros pares masculinos en el mismo espacio. “Nuestra experiencia de transitar en la ciudad es completamente distinta”, responde. ¿Es justo que las mujeres se vean obligadas a diseñar sus rutas en función de escapar al acoso? Un estudio internacional de 2018 arrojó que el 40 % de ellas evita lugares donde lo han sufrido.

Cartografiar el acoso

Yosítecreo en Cuba, plataforma digital de apoyo a las víctimas de violencia machista, está convocando a la realización de un mapa colaborativo contra el acoso callejero. Mujeres de distintas localidades, edades y experiencia, están aportando su testimonio para cartografiar lugares peligrosos para su género. Solo en la publicación de Facebook hay más de 240 comentarios. El colectivo ahora trabaja en el levantamiento y verificación de los datos aportados.

Mapear, identificar geográficamente dónde ocurren con más frecuencia las situaciones de acoso “visibiliza no solo la focalización de estos puntos, sino la magnitud del problema. Cuando te enfrentas a un mapa y ves la cantidad de lugares que son propicios para la reproducción del acoso, estamos hablando de un problema público a resolver. Todas las instancias tienen que responder”, explica Alina.

A mediados de julio de este año Costa Rica aprobó una ley que tipifica el acoso sexual callejero como un delito y lo castiga con penas de cárcel y multas. Quien se masturbe o muestre sus genitales en público será sancionado con seis meses de cárcel; mientras que silbidos o gestos de connotación sexual pueden llevar a multa. Existen otros precedentes internacionales; en Cuba, ese debate está comenzando.

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