Digo yo que encontrar un regalo distinto, personalizado y económico, puede ser, demasiadas veces, un problema en La Habana. Diana, que es diseñadora, que es emprendedora, y que, sobre todo, adora crear con sus manos, dice que no, que solo hay que saber qué puertas tocar. La suya es una de esas.

En su carrera de Diseño Industrial, Diana ha modelado desde una retroexcavadora hasta el mobiliario de todo un hotel. Dice que eso le fascina, que juntar formas y funcionalidades es lo suyo. Dice, también, que le encantan las carpinterías. Diana, que es diseñadora y dueña de Velas Didi, le gusta poner, literalmente, las manos en la obra.

Sin embargo, en un país con nulo mercado mayorista para privados y un paupérrimo mercado minorista para todos; donde la parafina, las cartulinas de colores, las cintas de envolver, las tinturas, y los nylon no se venden o aparecen de año en año; apostar a un negocio de crear productos de diseño es, si no un acto de magia, al menos un gran acto de fe.

Como una persona con la capacidad de transformar las cosas, ella habla apasionadamente. Quizá esa sea la cualidad que más le haga falta a quien crea una vela, un negocio, un emprendimiento desde cero en Cuba. Porque al final, de lo que se trata es de que alumbre, y que alumbre bien.

Diana se me revela estricta. Con el horario. Con sus productos. Con sus sueños. Por eso, quizás, desde que estudiaba comenzó a hacer sus propios moldes de velas. Puede que también por eso, a sus 33 años, haya sido profesora en el Insituto Superior de Diseño, trabajado en una empresa de diseño de interiores y en un taller de serigrafía, tenga un negocio por cuenta propia y, además, haya cursado una maestría en Administración de Empresas en la Facultad de Economía de la Universidad de La Habana. Además, pasó por el Proyecto Cubaemprende, donde, dice, le ayudaron mucho a entender cómo llevar un pequeño negocio.

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Comenzó haciendo sus velas y regalándolas. Luego, llevándolas a ferias de la Federación de Mujeres Cubanas en el parque Acapulco, de La Habana.

“En 2012, abrí la tienda en la casa. Empecé a hacer cositas pequeñitas, y se fue extendiendo, creando nuevos productos. Empezamos con tres o cuatro modelos, y ya tenemos más de 75 modelos diferentes. Y ciento y pico de productos. Así se fue expandiendo la tienda hasta que no cabía en mi casa. No podía trabajar y atender la tienda a la misma vez y conseguimos este espacio”, me dice sentada en un portal en la intersección de las avenidas 23 y 26, donde en la sala de otra casa tiene ahora la tienda.

Después de varios intentos, Diana encontró una muchacha que vende mientras ella, además de cubrir un sexto día -para no perder el contacto con la gente- produce en el taller. Y todo va desde velas en variados formatos, hasta postales (regulares y de lujo), suvenires de bodas y quince. Todo también puede ser personalizado. Todo en bolsas y estuches. Todo hecho con sus propias manos.

“Me paso el tiempo diseñando y tratando de que las personas se sientan complacidas. Eso me quita tiempo del que le dedico a la tienda, pero es lo que me gusta. Crear”, sigue diciendo Diana con el apasionamiento, también, muy aterrizado. Porque en Cuba, el tema de los impuestos es un lío.

“Llevar ingresos diarios, de gastos y de ventas es imposible, porque hoy yo uso material que compré hace cuatro años. Y los intangibles, como el diseño, ¿cómo declararlo si no están contemplados? Pareciera que no gastas, pero ¿y el equipamiento, el tiempo, el estudio, la investigación, la creatividad? Todo eso se lo pongo como porciento al valor de mi producto.” Y hay formas de hacerlo en el mundo, pero no en Cuba. Aún…

Velas Didi, a menos de un año abierto como tienda, ya tiene planeado el próximo paso: “un bazar con más productos, donde se unan más diseñadores. Tener un espacio más experimental aquí. Pero antes, estabilizar la tienda y ampliar la gama de productos. Todo negocio su próximo escalón tiene que ser hacia arriba.”

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