Depositar únicamente en manos del Estado la construcción de un país próspero, no solo es una actitud paternalista sino que traiciona los principios de participación horizontal que hacen posible una democracia socialista. Quizás sea hora, una vez más, de regresar a las calles y acompañar al Estado en la actualización del país.

Por: Harold Cárdenas Lema (haroldcardenaslema@gmail.com)

Ya no es secreto para nadie que Cuba dejó de ser vanguardia para los movimientos sociales latinoamericanos. Se conforma ahora con ser un símbolo de resistencia, honroso pero en la retaguardia, que es el peor lugar donde se puede poner a una revolución. ¿Cuándo y cómo ocurrió este proceso? Quizás una pista la encontremos en los niveles de movilización espontánea que vemos en otros lugares donde las personas, siguen en las calles como respaldo y guía de su proyecto político.

Un buen ejemplo lo constituyen los jóvenes ecuatorianos, que participan activamente en la revolución ciudadana de Rafael Correa y en vez de regresar a las casas como hicimos nosotros en 1959, se mantienen en las calles como mecanismo regulador para salvar la salud de su revolución. En cuanto ocurre algo que pueda dañar el consenso del país, ya venga del Estado o de la oposición ecuatoriana, salen y se manifiestan como conciencia ciudadana. Así han preservado su proceso cívico.

Los cubanos en algún momento salimos de las calles y preferimos ser políticamente correctos. Habrá que ver si las riendas del destino nacional se la encomendamos exclusivamente al joven Estado o si él las asumió voluntariamente, o ambos. El caso es que depositamos el futuro del proyecto político nacional en un sector específico con el cual la gran mayoría de la sociedad se sentía bien representada hace medio siglo. Regresamos a nuestras casas, a comer palomitas de maíz y ver los aciertos y desaciertos del joven Estado.

Los primeros años fueron de esplendor y heroísmo en muchos sentidos, con las tumbas de nuestros mártires aún frescas se podía respirar el espíritu de creación heroica. Entonces comenzaron los problemas porque cuando las calles no las ocupa el pueblo generalmente son asaltadas por burócratas. Empezamos formalizando el trabajo voluntario como obligación apelando a frases descontextualizadas del Che Guevara, sin tener muchas alternativas nos aliamos a los soviéticos y estos nos obsequiaron un puritanismo ideológico que llegó a la economía en forma de Ofensiva Revolucionaria y a la cultura con el Quinquenio Gris.

Quizás estos errores sean la consecuencia de haber perdido tantos líderes en los primeros años de luchas. Quizás haber llegado al poder con tanta juventud, arrojo e inexperiencia, además de ser una mezcla romántica tenga un margen de error elevado. Las circunstancias actuales y la crisis de paradigmas pueden ser el precio a pagar de una revolución empoderada hace décadas sin poder consumar muchos de sus sueños.

Quizás lo que necesitamos ahora es una buena dosis de irreverencia, que no subvierta el orden estatal pero sirva como regulador del mismo. Podríamos empezar por pedir algo que es imprescindible en cualquier país que aspire al socialismo: mayor transparencia política. Resulta muy difícil sentir empatía con nuestro Partido cuando se presenta éste (quizás como mecanismo de defensa) como una fuerza monolítica sin corrientes visibles, algo increíble y que obvia todo el abanico de corrientes de izquierda que siempre existieron en el país.

Luego podemos horizontalizar más la toma de decisiones en el país, fomentar la participación sociopolítica en el país utilizando mecanismos reales y no formales. Empoderar a la sociedad de manera directa, no a través de instituciones disfuncionales u organizaciones rebosadas de cuadros y carentes de líderes.

Quizás el mayor desafío en todo esto sea hacerlo sin regalar oportunidades a intereses foráneos que buscan socavar el orden institucional cubano, o sin que su amenaza constante provoque la paralización de los cambios que necesita el país.

La juventud ecuatoriana nos da una clave para la activación social pero ser protagonista no es fácil. Nuestros abuelos tenían una decisión más obvia porque estaba claro contra quién luchar pero nosotros no.

Estamos atrapados en la contradicción de no sentirnos identificados con la insoportable inercia que inunda el país y donde la alternativa es pertenecer a organizaciones juveniles que puestas en función de defender a la Revolución, prácticamente han dejado de ser revolucionarias.

Vemos entonces como las vanguardias juveniles van pasando una y otra sin concretarse en refundar el rumbo del país, una tarea que algunos le asignaron a otros compañeros.

Pese al discurso político que nos presenta como garantía del futuro, existen señales de que no existe tanta confianza en nosotros. Habría que dejar de ver a los jóvenes como una masa difusa susceptible a la influencia del exterior y verlos más como los anticuerpos que genera la sociedad para defender y actualizar su sistema. Si somos el sector social con más condiciones para participar en este proceso de cambios, quizás sea hora de regresar a las calles y acompañar al Estado en la actualización del país.