En las últimas semanas amigos me han preguntado cuál será mi voto en el referendo constitucional del 24 de febrero. La respuesta es que no puedo votar. Como emigrado, ni la constitución vigente de 1976, ni la que se someterá a referendo me reconocen, como a otros cientos de miles, el derecho al sufragio.

No debo ni quiero señalar cómo debería votar cada cubano. Como ciudadano, cada elector que abogue por la soberanía patria merece respeto a su opinión sin considerársele más o menos cubano. Una sociedad responsable, democrática e inclusiva se construye con las decisiones de las mayorías, pero con respeto a otras opiniones.

Sí quisiera llamar la atención sobre la oportunidad perdida como nación para redactar un texto cumbre verdaderamente progresista. Si a alguien le quedaba dudas de que la sociedad cubana mantiene ideas aún retrógradas espero que este sea un abrir de ojos. Llamar a la Cuba de hoy “revolucionaria” podría considerarse, en algunos aspectos, un comentario cargado de miopía crítica.

Aunque se pueda llamar a las discusiones populares un ejercicio participativo, pesa sobre ellas el intento deliberado de ofrecer legitimidad a un texto redactado por apenas 33 diputados con un claro compromiso partidista. El nuevo texto constituye en algunos aspectos un paso positivo en comparación a la Constitución de 1976, como en la eliminación del binarismo sexual en el matrimonio, el reconocimiento de la propiedad privada, y la introducción del habeas corpus y el hábeas data en el ordenamiento jurídico cubano, entre algunos aspectos principales. También se limita a dos períodos consecutivos de cinco años el mandato del futuro presidente de la República.

No obstante, en muchos otros aspectos se erige en el axioma de cambiar todo lo que debe ser cambiado para no cambiar nada. En primer lugar, la Comisión falló en ofrecer un estándar mínimo para incluir propuestas en el texto, escogiendo arbitrariamente qué propuestas aceptar. De tal manera, los comisionados decidieron modificar el artículo 68 tal como fue expuesto en el primer borrador, cediendo a las presiones de lo más retrógrado de la sociedad cubana, o se incluyó nuevamente referencias al comunismo en el Preámbulo tras 575 propuestas. Sin embargo, la Comisión decidió ignorar más de 11 mil propuestas de elección directa del primer mandatario. Para más, impone la nominación de las principales cabezas provinciales, dígase gobernadores, a mano del presidente de la República, alguien que (repítase) no será electo directamente por los ciudadanos para tal cargo. Súmese que el texto mantiene elementos discriminatorios hacia la comunidad de cubanos emigrados al fallar en reconocerle derecho al sufragio activo.

Lo que está en juego con la nueva Constitución

La respuesta en la capital tras el paso del tornado ha sido de solidaridad espontánea, incluso por cubanos de la diáspora. El tornado deja como lección que han salido a relucir otros canales de ayuda y movilización de la sociedad civil que complementan el actuar del gobierno, pero que no necesariamente son organizaciones reconocidas por el Estado cubano. En el país, desde hace tiempo personas se asocian con distintos fines: combatir el racismo y sexismo aún imperantes, proteger el medio ambiente y los animales, entre otros. El reconocimiento legal a estos nuevos actores es algo que los redactores pasaron ¿convenientemente? por alto en la nueva propuesta de constitución.

El documento que se nos presenta, lamentablemente, no deja de ser decepcionante en el mejor de los casos. El texto se mantiene alejado aún del paradigma que representa la Carta Internacional de Derechos Humanos. Desde el Partido y el gobierno la defensa preferida es un discurso político que se ha quedado suspendido por décadas desde que se logró altos niveles de educación y salud de manera gratuita y universal (que incluso corren el riesgo de perderse dada la crisis económica). Mientras el país se debate con una nueva Carta Magna, los cubanos sufren índices económicos que compiten con los peores años de una crisis económica que lleva ya tres décadas sin esperanzas de aliviar. Los críticos gritarán, mirarán por el catalejo y acudirán a señalar las deficiencias de otros estados, a las sabidas consignas del bloqueo (con lo cual coincido en parte), y olvidarán mencionar la ineficiencia estructural del sistema económico imperante.

Los principales constituyentes (en la figura de los 33 comisionados) pretenden regalarle al nuevo Jefe de Estado un toque de legitimidad con un referendo que, seamos realistas, muy probablemente aprobará el texto presentado. Sin embargo, problemas de fondo permanecen. La futura constitución mantiene intacta la concentración de las funciones legislativas (a través de los Decreto-Ley) en un Consejo de Estado formado por apenas 32 diputados. La Asamblea Nacional ha quedado para ser televisada, dos veces al año, discutiendo cuestiones de redacción de las decisiones tomadas desde el Palacio de la Revolución y aplaudir discursos. Al día siguiente no faltará la foto de manos levantadas al unísono. Para más, siguiendo el espíritu anquilosado que impera en la Asamblea, el texto constitucional establece que tomará años para completar varias de las leyes complementarias que requiere el mandato constituyente. El tiempo no es un lujo para quien en la práctica no conoce lo que es control popular. El texto presentado incluso se queda muy por debajo de las últimas constituciones redactadas en el continente latinoamericano.

Además, cualquier jurista cubano podría enumerar un sinfín de violaciones a la actual constitución desde su aprobación. El estricto cumplimiento de la constitución y control popular ha quedado como un tema académico entre los juristas en las últimas décadas. ¿Acaso alguien ha olvidado todas las restricciones de derechos por funcionarios impunes?

Finalmente, si miramos la campaña que se coordina desde el Departamento Ideológico, aun con la incursión en las redes sociales, se repiten las mismas fórmulas obsoletas de triunfalismo banal y una comunicación mayormente cargada de consignas y etiquetas combativas sin espacio para análisis. El periodismo de plantilla sigue presente y en Twitter se sustituye por retweets y hashtags desmedidos. El problema de fondo es que impera la falta de preparación, y la estrategia comunicacional, tras varias décadas, sigue teniendo un espíritu de contingencia. El espacio ideológico y el triunfalismo opacan el análisis y las nuevas ideas. Seguir apostando por fórmulas que fueron exitosas en un momento no es sinónimo de éxito en el futuro. Los funcionarios a cargo deberían saberlo, les cuesta el puesto. Espacios digitales independientes para informar y opinar han sido catalogados como una amenaza por los más altos funcionarios, y cualquier colaboración es suficiente para ser despedido.

Cuba necesita desesperadamente una constitución que reconozca lo que aspiramos a ser, un país justo y equitativo, insertado en un mundo globalizado cada vez más dinámico, competitivo e informado. El texto que nos presentan no deja de ser del siglo pasado. ¿Es esa la nueva constitución que queremos? Cuando se apruebe, le desearé a la nueva Constitución una mejor suerte que a la actual. La necesitará. Mientras tanto, el país se desangra con tantos jóvenes buscando nuevo rumbo en cualquier lugar del mundo.