Le pedí a mi hijo Javier, de 16 años, que me completara una pequeña encuesta de mi total invención para que marcara en orden de importancia sus prioridades como adolescente. Con sinceridad, le puse entre paréntesis.

Estimemos un ligero margen de error en sus respuestas, al descartar el número uno, que lo destinó a los repasos, lo cual consideré —le dije— demasiado políticamente correcto.

Supongo que lo hizo para honrar el esfuerzo que hace la familia para pagar un peso convertible o 25 pesos cubanos por cada clase particular que recibe hoy un estudiante del preuniversitario. Y todo ello con el objetivo de suplir la insuficiente preparación de la escuela con vistas a los exámenes finales.

También podemos descartar la última opción en la encuesta, que dedicó a los audífonos, justo porque le acaban de regalar un par que no suelta ni para ir al baño.

Ya en el segundo punto empieza más el parecido con el muchacho que conozco. Marcó el gimnasio, una obsesión bastante extendida y natural ahora entre la juventud que dedica tiempo y dinero al mejoramiento de su apariencia física.

Su línea telefónica es la peor inversión que hice en mi vida

Con lo flaco que está Javier, esta prioridad me indica que tendré serias erogaciones en los próximos meses, sobre todo ahora que ya casi está de vacaciones.

En tercer lugar puso la ropa. Yo había escrito “de marca”. Pero Javier, más realista que su padre, tachó esta indicación de exclusividad en la vestimenta, completamente fuera del alcance de los bolsillos de la mayoría de las familias cubanas, y la sustituyó por “a la moda”. Eso me tranquilizó bastante, debo admitirlo.

La cuarta posición la destinó a dos elementos que enlazó en una unidad dialéctica, aunque en la encuesta estaban separados. La computadora y los juegos informáticos.

Mi hijo, como muchos de su generación, aprendió a utilizar el mouse antes de saber escribir. Hoy el Dota, un juego de estrategia para jugar en red, es una de sus mejores entretenimientos, y el mayor dolor de cabeza para su madre.

Por suerte en el puesto cinco nominó al balón de fútbol. Seguidor del Barsa y de todas las ligas europeas y americanas del deporte más universal, desconecta de la máquina con frecuencia para jugar en el mundo físico con sus amigos.

Para la sexta prioridad hizo otro matrimonio de intereses, la discoteca y el billar, este último un juego ahora muy popular en Cuba entre personas jóvenes, que asisten a salas particulares donde arriendan la mesa por horas.

Como séptimo indicó el celular. Eso, claro, porque aunque muy modesto, ya tiene uno. Su línea telefónica es la peor inversión que hice en mi vida. Casi nunca responde a mis llamadas o a las de su madre. Las recargas, por supuesto, van por mí.

Después ubicó los tatuajes, no porque no le gusten, sino porque sabe que todavía ese es un conflicto familiar no resuelto, donde nadie le apoya en la idea de marcar su cuerpo de forma definitiva con una expresión tan voluble como las preferencias de un chico de 16.

En noveno lugar señaló el peinado y pelado a la moda. Otra renta para los padres, aunque hay variantes para diferentes poderes adquisitivos, por suerte. También puede suplir la falta de un corte de estilo con horas y horas frente al espejo para acomodar el pelo a su gusto antes de salir.

Las memorias flash o USB le siguieron en la lista. Es como la segunda mochila de cualquier adolescente, repleta de ¿música?, videos, juegos, fotos y quién sabe qué.

Precisamente a la música le siguió el turno. Mucho más accesible, aunque todavía predomina el reguetón en sus carpetas, comienzan a aparecer otras preferencias en la medida que la edad y el grupo le proporciona nuevas pistas.

¿Y cuál era la posición casi final? La que tal vez su padre habría preferido a su edad. Pero ya sabemos que hijas e hijos son más parecidos a su tiempo que a nosotros. En duodécimo lugar, los libros.