En su memoria el 12 de enero del 2017 probablemente esté marcado a fuego. Del 12 de enero lo recordará todo, incluso los pequeños detalles. Recordará que durmió hasta media mañana, que no tenía planeado nada importante, que usaba ese jeans azul que no le gusta porque abulta mucho en las rodillas. Recordará una llamada, una noticia, un desplome, el desconcierto.

“Obama elimina “pies secos- pies mojados” y programa de asilo a médicos cubanos” es el titular que —wifi mediante— lee en un periódico de Miami. Para corroborar busca la noticia en medios nacionales sin resultado. “Si no está, quizás no sea cierta” se alienta a sí mismo. Aún guarda la esperanza de que todo sea un malentendido. “A Obama le quedan unos pocos días en la Casa Blanca, no puede hacer eso ahora. No ahora.” se vuelve a alentar.

Luego, con los brazos un poco levantados, como si estuviera hablando con el aire o recitando; pero sin hablar realmente, observa la transmisión encadenada en la televisión nacional. El locutor lee La Declaración del Gobierno Revolucionario. Hilvana una idea tras otra: ” Un importante paso en el avance de las relaciones bilaterales ha tenido lugar… Con este acuerdo se elimina la comúnmente conocida como política “pies secos-pies mojados” “. Ya está. Oficialmente, los cubanos casi han perdido por completo su privilegiado estatus migratorio en Estados Unidos.

Cuba atardece inapetente y afiebrada. Unos agradecen que quitaran una ley que ciertamente había costado muchos muertos, y otros sienten escamoteada su opción de escape. A todos, de una manera u otra, les acaban de sacudir la vida.

Randy, por ejemplo, aún tarda en asimilarlo. Tiene un visado que le permite entrar a México regularmente. Y eso ha hecho durante los últimos dos años: ir, comprar allá, vender aquí y así guardar un poco de dinero que le permitiera emigrar definitivo. Su idea era hacerlo ya, antes de que a Trump se le ocurriese cambiar alguna política, pensaba él. No lo aplazaría ni siquiera unos meses. La decisión estaba tomada: coger el dinero ahorrado, terminar de vender todo lo de valor (lo poco que aún quedaba por vender) y recomenzar. Para febrero era, o es, su pasaje. Él tiene un primo que le había ofrecido trabajo manejando una rastra y quería probar suerte. “ Eso se paga bien, sé es duro pero no me asusta”, asegura, aún esperanzado.

Entonces, el 12 de enero me dice que le fue arrebatado un “derecho” que creía suyo, a pesar de que no es un refugiado político, de que jamás se ha manifestado públicamente contra el gobierno, de que confiesa ser fidelista. Pero la política de Pies Secos…, desde que recuerda, era su válvula de escape. La sentía tan suya como los actos del 1ro de mayo, la burocracia enraizada o la libreta de abastecimiento.

“Era mi opción para cuando me obstinara mucho, partir, y la quitaron. Si hubiese pasado antes la frontera —se lamenta demasiadas veces durante la conversación. Aunque peor están los que andan varados por algún lugar de Centroamérica. Mucha gente que lo vendió todo y que si viran no tienen ni techo aquí. Eso es más triste. Hay tantas personas desesperadas. Aquí irse es la manera en que miles han manifestado su descontento. Ahora que será mucho más difícil, habrá más gente insatisfecha dentro de este pedazo de tierra. Eso amarga el país”.

“Estoy consciente de que esto venía, pero no lo esperaba tan rápido. Sé que crea caos en las fronteras, que mucha gente se tira al mar y no sobrevive, que el gobierno de los Estados Unidos le generaba pérdidas, que para Cuba es complicado que intenten secuestrar embarcaciones y cometan crímenes; pero a muchos cubanos, incluso los que no tienen planeado irse, les reconfortaba tener esa puerta entreabierta para empujarla si hacía falta. Yo estoy bastante calmado, pero he oído a otros tan alterados que ya hasta hablan de salir a manifestarse para ganarse un supuesto “aval” que les permita pedir refugio político”.

¿Qué harás tú ahora?

“¿Yo? Irme pa’l yelo” —suelta sin reparos en su lenguaje de barrio, aunque con “el yelo” se refiera a Miami donde nunca nieva, y se comparte el mismo calor molesto del trópico.

“La Ley de Ajuste no la quitaron, y yo me voy, aunque me arriesgue a que me deporten, aunque esté un año ilegal. Tengo fe en que me salga bien”, dice intentando ser optimista; aunque en el fondo creo notar en su voz una sensación de derrota, una derrota irracional, en la que entran en escena todas los rastros de su resentimiento, y también de su desencanto.