Idania del Río atraviesa la puerta del Hotel Parque Central. Sube las escaleras y se acomoda en un mueble. Junto a ella, otros jóvenes emprendedores como Martha Deus, Pedro Enrique Rodríguez y Yasser González Cabrera, buscan puestos.

Hoy, 16 de junio del 2017, tienen en común algo más que su intención de emprender. Trump va a hablar y Cuba es el blanco de su discurso.

El silencio es sobrecogedor. Nadie mueve un dedo. Nadie se atreve a proferir palabra, aun cuando las expectativas son muchas. El hombre naranja, multimillonario… el show-man, se acerca al micrófono. Su cara se ve más  redonda que nunca en la gran pantalla plasma del mezanine del hotel.

Frente a la comunidad de Miami, el show-man rememora su visita a la Florida durante las elecciones, cuando interactuó con la Brigada 2506, aquella que invadió Cuba por Playa Girón en 1961 y, tras su derrota, el Estado cubano intercambió a cada uno por compotas.

Aquí en el hotel Parque Central, nadie bebe compotas. Los jóvenes prefieren, en este instante, cervezas o sidra. Algunos beben agua.

Mientras Trump habla de los niños de la Operación Peter Pan, Luisa Ausenda, una joven italiana que representa en La Habana a la reconocida Galleria Continua, observa atenta al televisor. Sus ojos azules están muy abiertos, apenas pestañea.

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Pasan pocos minutos antes de la primera estocada. La primera bala al pecho. Recrudecimiento del bloqueo. Regresión de la política dura de Estados Unidos contra la Isla paradisiaca que fuera espectáculo para la mafia, los casinos y las casas de citas.

“Reforzaremos el bloqueo, para que las inversiones lleguen a las personas de Cuba”, dice  el show-man, el hombre naranja. Se refiere a la Cuba contemporánea como “dominación comunista” y califica de “terribles” los acuerdos entre el gobierno cubano y el estadounidense en la administración de Obama.

Los rostros se tensan. Hay quien se come las uñas en el salón del hotel, uno de los más de La Habana. En Miami, los interlocutores del magnate aplauden.

El hombre naranja firma la orden para implementar su cambio de política hacia Cuba. Restringir las categorías por las que los estadounidenses tienen permitido visitar Cuba entra en su “nueva cuenta”. Revisar a los viajeros para determinar si se mantuvieron en los marcos del permiso otorgado. También eso.

Mientras el show-man firma, Martha Deus, esa muchacha de pelo castaño que ha creado su prestigio en la asesoría a otros emprendedores, recoge su bolso y se levanta del sofá.

CNN devuelve la señal al estudio. Entretanto, la conocida Clandestina, Idania del Río, teclea compulsivamente en su Iphone. En su mano izquierda, un ibdé de Orula. Come jamón. Cruza los brazos.

En el instante en que se reanudan las transmisiones, la clandestina, vestida de azul oscuro y chancletas, se levanta. Limpia su rostro con una servilleta y continúa tecleando desesperadamente. Su rostro ahora se ha enrojecido.

“Creo que es mucho peor de lo que pensábamos. El peor paso, todo atrás. No sé qué pasará, creo que el mal es para todos y habrá que ver qué significará”, me dice cuando le pregunto…

Luisa Ausenda no sonríe. No hoy.

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Afuera del hotel, la flota de Cubataxi permanece impávida, tanto como el Martí de mármol que muchos años atrás, unos marines estadounidenses orinaran. Los turistas se hacen selfies; los policías siguen apostados en lugares estratégicos; un niño llora; una anciana se aferra a su bastón.

Los trabajadores de Comunales recogen la basura que otros tiran. Un señor vende sus caramelos de brillantes colores. Una musulmana y una piruja de barrio bifurcan sus caminos en el medio del parque.

Los coches se pasean rumbo a Prado, rumbo al Malecón, rumbo a un norte que ahora se difumina entre las olas de Donald Trump.