Quedó constituida la novena Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Algunas variables para la política presente y futura de la Isla quedaron despejadas, unas por negación y otras por ratificación. El supuesto de que Raúl Castro se mantendría en el cargo máximo de Estado y Gobierno, o que acomodaría en ellos a su descendencia, quedó negado, por ejemplo.

La salida de los representantes de la vieja guardia, los llamados históricos de la Revolución, no se concretó en su totalidad. La renovación de la dirección de la Asamblea Nacional no sucedió. Los militares no coparon esta instancia política.

Pero, eso sí, Miguel Díaz-Canel resultó electo Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, tal y como se esperaba. La composición del Consejo de Estado equilibró reelegidos y renovados, y da cuenta de una “política de cuadros” estable en los últimos años. La mayoría de sus miembros son civiles.

Sin embargo, al mirar el proceso en su conjunto, genera preocupación la limitada habilidad y disposición al diálogo político de la dirección del país con el sentir popular. La gente necesitaba percibir un cambio, aunque no quede muy claro qué significa y cómo se concreta.

Modificaciones no hubo en la directiva de la Asamblea Nacional, con lo cual puede interpretarse que ni siquiera se hará uso del viejo recurso  de cambiar algo para que nada cambie. Con esta decisión, el órgano superior del sistema político cubano, cuyos ajustes son una deuda del proceso de reforma, no envía señales, aunque fueran tenues, que anuncien posibles variaciones.

Por el contrario, hace pensar que no se presta suficiente atención a las expectativas de cambio entre la ciudadanía. Téngase en cuenta que el sistema electoral en general, y la comisión de candidatura en particular, fueron ampliamente cuestionados, como nunca antes, en el recién concluido proceso electoral. La revisión integral del sistema electoral es un punto candente de cara a la legitimidad del modelo.

Como mínimo en clave de política cosmética, presentar nuevos rostros en la dirección de la Asamblea Nacional, incluso miembros del establishment, hubiera servido para atender la expectativa que tiene la gente, aunque no marcara una diferencia esencial. Por el contrario, la manera plana y reiterativa de presentación en la sesión de constitución de la nueva legislatura, y las unanimidades repetidas, refuerzan más la percepción de distancia entre la población y esa instancia de gobierno.

Otro dato que sugiere que nada cambia es la presencia de dos de los llamados históricos de la Revolución en el Consejo de Estado —Ramiro Valdés y Guillermo García—, uno como vicepresidente y el otro como miembro. Un suposición a nivel de calle generalizada apuntaba a que esto no debería ocurrir.

Además de la carga simbólica que representa esta decisión, en materia práctica es de suponer que la presencia de los históricos pondrá límites al difícil desafío que tiene Miguel Díaz-Canel de dar nuevo rostro, matiz y contenido a los modos de hacer política en Cuba. Al mismo tiempo, pudiera ser una señal de que se mantendrá el ritmo contradictorio en las decisiones del proceso de reformas que vive el país, sin desatender que esta tendencia implica otras variables no circunscritas a la posición de los históricos.

Aunque si nos atenemos al discurso de investidura del nuevo presidente, tal preocupación no figura entre sus prioridades. Por el contrario, la continuidad con todo lo relacionado con la generación histórica, incluso su participación en el gobierno, estarán garantizadas. En sus propias palabras: “Le afirmo a esta Asamblea que el General de Ejército encabezará las decisiones de mayor trascendencia para el presente y futuro de la nación”.

La suerte está echada. La elección de la novena legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular es un día cero para la política en Cuba. Un Consejo de Estado cuyo promedio de edad es poco más de cincuenta años, con figuras jóvenes en el espectro político, provenientes en casi su totalidad de la vida civil, abre posibilidades para nuevas maneras de hacer política en Cuba y para sus contendidos.

En el corto plazo hay temas definitorios que pondrán a prueba las capacidades reales de la nueva dirección, incluyendo los límites con las que sale al ruedo. Algunas de ellas son concluir la revisión sobre políticas y normas respecto al trabajo por cuenta propia, descongelar las experiencias de cooperativas no agropecuarias, encaminar el proceso de reforma constitucional en general y del sistema del poder popular en particular, unificar las monedas y la tasa de cambio y manejar el nuevo período de tensiones con los Estados Unidos.

Casi nada.