Prólogo

Es sábado 30 de septiembre de 1989 y Fidel Castro sube al púlpito familiar del teatro Karl Marx. Dice lamentarse de no haber podido asistir a la boda del recordista mundial Javier Sotomayor, pero dice también que la ocasión lo amerita. El público se siente agradecido, importante, honrado por merecer el precioso tiempo del líder, que le habla a un selecto auditorio de cuadros políticos y constructores destacados sobre el tercer aniversario de la reactivación del movimiento de Microbrigadas. La gente, acomodada en los asientos, lo escucha orgullosa de sí misma, sin pensar siquiera que la idea de las Microbrigadas fue del propio Fidel; ajenos a la sospecha de que, quizás, el Comandante ha venido a celebrarse a sí mismo.

El discurso es largo, aunque no tanto como otros que suele dar. Enumera los más recientes logros de su eterna gestión gubernamental, sobre todo grandes obras que, en teoría, catapultarán la producción agrícola y ganadera de la Isla: un renovado sistema de presas, enormes criaderos de camarones, seis frentes constructores de vaquerías y otros tantos de granjas porcinas. Fidel Castro destila optimismo e ignora la crisis que comenzará pocos meses más tarde. También habla de la necesidad de sustituir importaciones y asegura, con gravedad, que en Cuba se usa un mínimo casi despreciable de «equipos capitalistas», aunque tal vez se refiera a equipos fabricados en países capitalistas. Al fin, en un punto lejano de su intervención, decide hablar de las Microbrigadas.

–No hemos obtenido todo lo que nos habíamos propuesto a esta altura, pero sin duda que hemos avanzado – dice, con el cantinfleo político típico en el que algunos han querido ver la mágica virtud de convertir reveses en victorias.

Como sea, Fidel se muestra satisfecho con los avances, pero dedica buena parte de sus palabras a culpar a los ineptos, a los corruptos y a los derrochadores de haber frenado la eficiencia del movimiento de Microbrigadas que a inicios de los 70´ levantó, en las afuera de La Habana, una ciudadela de severos edificios llamada Alamar. Según Fidel, alguien, no él, se había propuesto detener el avance económico del país mediante ortodoxas teorías y dogmáticos manuales de acción sobre cómo construir el comunismo. Otros, con faltas tan simples como no reciclar al máximo los materiales de construcción, también cargaban con algo de culpa; incluso, dirá días después frente a la dirección del contingente Blas Roca, esa era gente que, a su juicio, merecían ser fusilados. Lo más probable es que fuera una broma, porque todos rieron.

Por suerte, continúa el líder cubano, el proceso de rectificación de errores iniciado en el año 86 había llegado para enderezar las torceduras ideológicas y económicas del país, comenzando por la reactivación de las Microbrigadas. Los microbrigadistas, esos hombres y mujeres que sin tener la más remota idea de cómo levantar una edificación se aventuraban a hacerlo, no solo aliviarían el problema de la vivienda en el país con la promesa de obtener una, sino que, desde febrero de 1989, por la Ley General de la Vivienda No. 65, estaban comprometidos a levantar también obras sociales como círculos infantiles, policlínicos, establecimientos comerciales y construcciones militares. Para Fidel, la idea de las Microbrigadas era una genialidad. A fin de cuentas, la había concebido él.

La mañana

Tal como lo cuenta José Luis tres décadas más tarde, las cosas pudieron suceder el sábado 30 de septiembre de 1989 del modo en que siguen. Después de tres años a pie de obra, sin más horizonte que bloques y cemento alrededor, la noción del tiempo se difumina y los días comienzan a parecerse unos a otros.

La mañana comienza y todos se dirigen a sus respectivos puestos alrededor de la tosca construcción que ya comienza a parecerse a un edificio multifamiliar de cinco plantas. Cada uno sabe cuál es su lugar. El de José Luis está en el último piso, acompañado de una pala para mezclar y remover el cemento y el polvo de piedra que han subido hasta allá arriba por cubos mediante una polea. Mezclar, remover, mezclar, remover. Este ha sido su ritual matutino desde que en 1986 se sumara al movimiento de Microbrigadas, impulsado por la promesa de que obtendría uno de los apartamentos que ayudaba a erigir. Ha aprendido a hacerlo con maña, sin cansarse ni dejar que la mezcla se solidifique, como el albañil experto que nunca fue hasta llegar a este reparto periférico de La Habana, llamado San Agustín.

En el 86, cuando le presentaron a sus compañeros de trabajo y futuros vecinos, José Luis solo sabía manejar ambulancias. Los demás sabían de otras cosas, como hacer análisis de sangre, arreglar equipos de laboratorios clínicos, atender a personas convalecientes o cerrar tapas de frascos en una fábrica de medicamentos. Pertenecían al sector de la Salud Pública, pero la práctica y la necesidad terminaron haciendo de estos hombres y mujeres verdaderas máquinas de trabajo rudo; algunos electricistas, otros plomeros, o albañiles, o enlosadores o, simplemente, todas estas cosas juntas, si así se requería. Nadie tenía una única función, aunque solían especializarse en algo. José Luis, por ejemplo, lo hizo en albañilería.

Edificio de microbrigada de José Luis / Foto: El Estornudo

Edificio de microbrigada de José Luis / Foto: El Estornudo

Ninguno se conocía de antes, pero el trabajo diario hizo que se hermanaran de alguna forma, que los vínculos de vecindad se adelantaran para así, tiempo después, verse de pasada mientras subían o bajaban las escaleras y recordar alguna anécdota de aquellos años difíciles. Trabajar juntos, dirá José Luis 30 años más tarde, sirvió para hacer de este edificio algo tan atípico como una comunidad bien llevada, al menos entre los vecinos originales, los de la Microbrigada.

Los inicios de la construcción fueron tiempos de caos, de hacer, deshacer y rehacer. Por eso la obra siempre fue comandada por unos pocos ingenieros y albañiles de profesión, expertos en el arte de montar y enseñar a montar edificios horrendos como estos. Luego cada cual aprendió bien su oficio y las órdenes y los regaños cesaron. Para 1989 los microbrigadistas trabajaban como autómatas, como hormigas levantando un hormiguero, conscientes de su labor y sin necesidad de una voz de mando.

Alguna que otra vez José Luis oyó decir a los ingenieros que el modelo del edificio era SP-69, es decir, un monstruoso prototipo de bloques pegados que hacia 1969 tuvo su momento de gloria en la URSS. Pero a José Luis la estética le importaba poco. Al menos, pensaba, se veía seguro. Incluso, le habían hecho construir –o eso le dijeron– una especie de pared antisísmica entre las dos escaleras que dividían el multifamiliar en dos mitades iguales de 15 apartamentos cada una.

Mezclar, remover, mezclar, remover. Solo esto ha hecho José Luis toda la mañana, y casi todas las mañanas durante tres años antes de esta, sábado 30 de septiembre de 1989. La quinta y última planta se ve casi terminada. Pronto llegará el momento de pintar los apartamentos. Pronto también llegará el momento de habitarlos.

El mediodía

Cuando el sol del mediodía quema sin clemencia las espaldas sudadas y polvorientas de los removedores de mezcla, José Luis se detiene, va al comedor de los microbrigadistas y, unas cuadras más lejos, compra cerveza, en las pipas que el Estado envía para sofocar más el tedio que la sed de sus obreros. Es otra de sus rutinas. José Luis puede trabajar sin comida, pero sin alcohol, jamás.

A veces lo hace en plena faena. Fugas rápidas, e imperceptibles si no fuese porque, cuando regresa, palea con más alegría que de costumbre y habla también más de lo normal. Además, y esto lo saben pocos, José Luis rellena viejos pomos con cerveza luego de beberse rápidamente unas cuantas «pergas» y los esconde en los recovecos del esqueleto del edificio. Después, cuando termina la jornada, se toma esas birras así, calientes, indigestas y soporíferas.

Escaleras del edificio de microbrigada de José Luis / Foto: El Estornudo

Escaleras del edificio de microbrigada de José Luis / Foto: El Estornudo

Hoy José Luis no tiene muy claro si aquel 30 de septiembre fue a buscar la bebida en un momento de fuga o en horario permitido, de camino al comedor. Lo que sí recuerda es la sensación de transitar un lugar extraño, nada parecido al San Agustín de una década atrás, lleno de árboles frutales, yerba alta y fanguizales a la orilla del riachuelo que le sirve de límite al oeste. Para 1989, San Agustín es ya una diminuta y defectuosa copia del reparto Alamar, un sembrado de gigantescos cajones de cemento aleatoriamente colocados, como dejados caer del cielo, que se alzan entre matorrales, y delimitados por escasas calles de asfalto. José Luis también recuerda que para septiembre de ese año las pipas han cambiado su contenido de cerveza por vino espumoso.

Se trata de un vino barato y de pésima calidad, con mucha espuma, con casi tanta espuma como la cerveza. Hay que saber tomarlo. Si se bebe como agua, quizás no se sienta su efecto embriagador por un buen rato, pero después el vino sube a la cabeza de pronto y la borrachera es inevitable. José Luis, por supuesto, no es el único bebedor en la microbrigada de Salud Pública que construye un edificio en la esquina donde termina la calle 250. Aproximadamente un mes antes, los microbrigadistas sienten los gritos de auxilio de uno de sus compañeros. Vienen del trompo de cemento, que se ha encendido, y que ahora gira con la mezcla y un hombre adentro. Paran la máquina. El efecto del vino espumoso lo ha lanzado a esa piscina improbable. Roberto, el Jefe de Obras, está decidido a expulsarlo, pero del susto el sujeto se adelanta y pide la renuncia.

Aunque «Jefe de Obras» suene a un cargo más propio de ingenieros o arquitectos, en realidad es el nombre que se les da a los encargados de controlar la disciplina en la Microbrigada. Roberto, por ejemplo, es un microbrigadista más. De los más esforzados, la verdad. Por eso lo escogen para evaluar el desempeño de sus compañeros y decidir quién debe ser expulsado y quién no. La expulsión de la Microbrigada suele darse por indisciplinas como llegar tarde a las jornadas, ausentarse o, pongamos, caerse borracho en un trompo de cemento.

A José Luis no le parece que Roberto sea un mal tipo. Sabe que a veces se hace el de la vista gorda con las escapadas y otras tantas faltas que comete la gente. Pero cuando son muy graves y, sobre todo, muy evidentes, al Jefe de Obras no le tiembla la mano para decretar la expulsión. «Y está bien que boten gente. Si quieres casa, por lo menos debes doblar el lomo un poco», piensa José Luis, aunque no ve con buenos ojos a los sustitutos de los expulsados, personas que figuran en una lista de espera para incorporarse en caso de bajas y que llegan cuando solo resta pintar el edificio.

Treinta años después, José Luis hablará de su Jefe de Obras como «un buen tipo, un hombre serio, un buen vecino». Para entonces Roberto ya habrá muerto de un infarto entre las paredes que levantó.

La tarde

Para José Luis la segunda mitad de la jornada no es muy distinta a la primera, pero al menos transcurre bajo techo. Se ha convertido también en ayudante de azulejadores, o de azulejadoras, porque esta es una labor que dejan casi exclusivamente para las mujeres. En septiembre de 1989, con el edificio casi terminado, urge acabar de poner azulejos en los baños y las cocinas de los apartamentos.

José Luis remueve junto al Muengo una cantidad de mezcla muy inferior a la que se necesita para unir bloques. Ambos se la pasan a Barbarita, una laboratorista que ha demostrado ser tan minuciosa como veloz en su nuevo oficio. El Muengo, por su parte, es un gran amigo de José Luis que se ganó ese apodo por la cicatriz que lleva donde alguna vez tuvo una oreja.

Los restos de aquella oreja han quedado perdidos en una sabana etíope, justo donde un proyectil de artillería la arrancó de cuajo y dejó peligrosos pedazos de metralla en el rostro del veterano de guerra. El Muengo es un héroe que se jugó la vida en África para regresar a su país sin una oreja y sin un techo bajo el cual dormir. La herida en combate, al menos, le sirvió de mérito para ingresar a la Microbrigada sin mucho esfuerzo.

–Psss, sigue tú, que voy a «eso» –le susurra el Muengo a José Luis y abandona su cuchara de albañil. José Luis debe remover ahora más rápido y, por un momento, hacer el trabajo suyo y el de su amigo.

El Muengo se pierde un rato y después se incorpora alegre.

–¿Cuánto? – le dice José Luis al oído de la oreja que aún conserva.

–Una, una sola, que no podemos apretar tampoco – contesta el Muengo, y como si nada ambos se vuelven a concentrar en la callada labor de preparar cemento para Barbarita y las demás azulejadoras.

En un rincón escondido de este edificio aún inhabitado reposa una caja de azulejos amarillos que el Muengo ha separado de las demás. Más tarde, cuando la jornada termine y ya todos se hayan ido, el Muengo se la llevará con disimulo para venderla a 25 pesos. La rutina del hurto es casi diaria. Entre José Luis y él se turnan para extraer una caja mientras el otro asume el trabajo, y después se reparten las ganancias. Treinta años después José Luis reconocerá que robó mucho, «como todo un ‘condenáo’, a diestra y siniestra», y también pedirá con insistencia que no le tomen fotos ni revelen su verdadero nombre, quién sabe si por vergüenza o por el ridículo temor a una tardía represalia. Para entonces el Muengo ya no vivirá en el edificio y se habrá mudado hace mucho a un lugar tan lejano como para no cruzarse nunca más con su viejo amigo de la Micro.

El dinero obtenido del robo de azulejos no da para lujos. Es cuestión de supervivencia. Antes, cuando José Luis trabajaba de ambulanciero, cobraba un salario de 234 pesos mensuales, lo cual le servía para vivir y pagarle a su ex mujer la manutención de su hija pequeña. Pero al incorporarse a la Microbrigada tuvo que renunciar a su puesto laboral (que le reservarían durante el tiempo que durara la construcción) y a su salario de Salud Pública. Ahora cobra por el Ministerio de la Construcción unos 90 pesos mensuales, quizás un poco más cuando se siente con ganas de hacer horas extras o trabajo nocturno. Unos meses más tarde, cuando el edificio termine, volverá al volante de su ambulancia y a sus 234 pesos, los cuales ya no servirán de nada en los difíciles tiempos que se avecinan.

Pese a esto, no son los ínfimos salarios lo que más molesta a José Luis y, en buena medida, lo que lo impulsa a robar. «Lo que más me jodía eran las obras sociales. La Revolución nos dio los materiales para construir nuestras casas, es verdad, pero nos sacó el kilo», dirá.

Edificio de José Luis / Foto: El Estornudo

Edificio de José Luis / Foto: El Estornudo

Además de comprometerse a abandonar sus viejas plazas laborales y sus salarios, los microbrigadistas también prometen trabajar en las obras sociales, es decir, en la construcción de centros públicos destinados a la salud, la gastronomía, la educación o las fuerzas armadas. Generalmente trabajan en estas construcciones cuando llegan a los pies del edificio inconcluso y les informan que para ese día no hay materiales, así que los llevan a trabajar a otro lugar donde se necesite mano de obra. A José Luis le molesta doblar el lomo por algo que no sea su futura casa, pero se ve obligado. Como sea, gracias a esa medida San Agustín se convirtió en algo más que multifamiliares desperdigados entre la yerba alta. Se construyeron escuelas, centros gastronómicos y un policlínico, lugares sobre los que giraría a partir de entonces la vida de este reparto.

Para septiembre de 1989 lo más común es que envíen a José Luis unas cuadras más arriba de su edificio para que ayude a levantar un campo de tiro sobre un terreno pantanoso. Allí la reserva puede practicar su destreza con los fusiles. La reserva está compuesta por ciudadanos que no pertenecen al ejército pero que son movilizados cada tanto por las Fuerzas Armadas. También se construyen en las escuelas múltiples sistemas de túneles, llamados «refugios», para garantizar la supervivencia y movilidad de civiles y soldados en «tiempo de guerra» .

El campo de tiro termina de construirse ese año, y jamás conocerá el disparo de una bala. Abandonado durante el Período Especial a la rápida expansión de la maleza, habrá quien lo use para construir ilegalmente una vivienda sobre sus cimientos. Después esa vivienda se perderá, y convertirán el espacio en un asilo diurno para ancianos. En sus alrededores se alzarán más tarde algunas casas de emigrantes orientales y un pequeño puesto privado de venta de verduras y cárnicos a sobreprecio.

La noche

La jornada laboral ha terminado y casi todos los microbrigadistas se han ido a sus casas, o más exactamente, a donde hayan conseguido pasar las noches. Solo quedan, sentados en la azotea del edificio, José Luis y unos pocos compañeros suyos que se han reunido para beberse el vino espumoso caliente, indigesto y soporífero del mediodía.

A esa hora, en que el sol recién ha caído, se supone que aún trabajen, pero aquí la jornada dura lo que dura el cemento. Debieron haber trabajado más, había material de sobra, pero, para adelantar la salida, los microbrigadistas vertieron indiscriminadamente cuanto cemento pudieron en los agujeros de los bloques que conforman las paredes. Años después se arrepentirán de su indisciplina, cuando intenten abrir un agujero en las paredes y los taladros se rompan intentando atravesar, en vez de una simple tapia de bloques, un muro de cemento fundido.

Desde la azotea se tiene una vista espectacular. Hacia atrás se ven las azoteas de otros edificios terminados o casi terminados; hacia un costado, las zapatas de uno que recién han comenzado y que quedará abandonado por casi dos décadas; al otro, el riachuelo medio infecto que limita San Agustín, y al frente, un horizonte de árboles que separa el reparto de las zonas militares vedadas donde, según le han dicho a José Luis, vive Fidel Castro.

Quedarse allá arriba le sienta bien. Hasta experimenta cierto orgullo de saber que la última planta ya está lista. Hubo un tiempo en que pensó que jamás llegaría a lograrse. Dos años antes, cuando ya se había levantado hasta el tercer piso, uno de los ingenieros se dio cuenta de que el eje de la construcción estaba inclinado, más diagonal que horizontal. Entonces demolieron la obra y hubo que empezar casi de cero.

Treinta años más tarde, José Luis dirá que lo más probable es que ese día solo haya ido a la azotea a beber un rato con sus amigos en vez de irse a ver películas. A veces, cuando está muy aburrido, o los demás muy ocupados, José Luis se va a una casita cercana donde hay un televisor y una videocasetera que el Estado ha dispuesto para la distracción de los microbrigadistas. Cuesta solo unos centavos meterse en esa salita, con todos apretujados ante una pequeña pantalla donde exhiben casi siempre los mismos filmes. Si no quiere repetir alguno, José Luis revisa una hoja que cuelgan en la puerta con la cartelera impresa. Rara vez encuentra algo nuevo, así que prefiere pasar sus noches aquí arriba, entre amigos y vino espumoso.

Mientras más se acerca el fin de la obra, más se van disipando las dudas y los temores de antes, cuando pidió en una reunión unirse a la Microbrigada. A inicios de 1986, su jefe agrupó a varios ambulancieros de La Habana para ofrecerles una única plaza en la Micro. Dijo que era en un edificio en San Agustín y que era seguro que quien trabajase se quedaría con un apartamento. Después pidió alguna propuesta.

José Luis conocía esas reuniones, llamadas «de mérito», en las que los trabajadores llevaban en sus mentes actualizadas suertes de perfiles donde acumulaban las faltas de cada uno de sus compañeros. Estos historiales de indisciplinas podían ir desde ausencias a marchas o trabajos voluntarios, hasta los familiares muertos que los ambulancieros se inventaban para saltarse alguna que otra jornada laboral. La gente callaba, como esperando al primer valiente que se atreviera a autoproponerse o que propusiera a otro.

–Yo me propongo –dijo José Luis.

Nadie habló. El jefe preguntó entonces si había otra propuesta o si por unanimidad apoyaban a José Luis. Todos aceptaron sin chistar. José Luis encarnaba ese tipo inusual de trabajador ejemplar que los jefes suelen agasajar con toda justicia. Asumía las jornadas nocturnas, cuantas guardias fueran posibles, y hasta horas extras. Nunca faltó ni llegó tarde. En las madrugadas podía vérsele de hospital en hospital al volante de su ambulancia. Jamás se quejó. De hecho, se le veía feliz.

La verdad era que desde hacía un tiempo llevaba una vida nómade, pernoctando en cuartuchos de alquiler en Marianao o en casa de amigos. Por eso le gustaba trabajar todas las noches, para sacarse de arriba el mal rato de provocar molestias a los demás. Pero ahora, desde la azotea del edificio, José Luis siente que solo unos azulejos y unas capas de pintura lo separan de tener un apartamento propio.

Edificios en San Agustín / Foto: El Estornudo

Edificios en San Agustín / Foto: El Estornudo

Epílogo

José Luis abre con una llave la puerta de un apartamento en el tercer piso que ya sabe suyo. Aunque oficialmente no se han repartido las viviendas entre los 26 trabajadores de la Microbrigada, cada cual ha escogido una de manera informal. Así se ahorran las acaloradas discusiones que suelen darse poco antes de inaugurar un edificio. Cuatro de los treinta apartamentos no serán ocupados, pero eso entraba en el contrato inicial de los microbrigadistas junto al compromiso de construir obras sociales y abandonar sus trabajos y salarios anteriores. Esas viviendas vacías corresponden, por ley, a los órganos locales del Poder Popular, los cuales pueden hacer cualquier uso de ellas, desde médicos de la familia hasta casas para damnificados de algún evento meteorológico.

Como las propiedades han sido repartidas informalmente de antemano y José Luis no tiene un lugar donde pernoctar, Roberto, el Jefe de Obras, le ha permitido desde hace algún tiempo dormir aquí. Es un apartamento de dos cuartos y medio con un pequeño balconcito hacia la avenida 23. Está completamente vacío, lo cual hace que José Luis lo vea espacioso. Le agrada y a veces tiene la sensación de haberlo habitado siempre. Treinta años después seguirá viviendo aquí y traerá a su hija, hecha ya una mujer, y a su yerno. Incluso, aquí nacerá uno de sus nietos.

Para entonces, ya todo estará amueblado, las paredes se habrán pintado incontables veces y la cocina que Barbarita, el Muengo y él azulejaron, lucirá losas más sofisticadas. A veces, cuando regrese ebrio, luego de su horario nocturno de ambulanciero, apenas podrá sostenerse en pie y se tumbará en el suelo frío a dormir tal como lo hace ahora, apoyando su cabeza sobre un montículo de sacos de cemento vacíos.

 

Este texto fue publicado originalmente en El Estornudo y su autor es Darío Alejandro Alemán. Se republica íntegramente en elTOQUE con la intención de ofrecer contenidos e ideas variadas y desde diferentes perspectivas a nuestras audiencias. Lo que aquí se reproduce no es necesariamente la postura editorial de nuestro medio.