Pues sí, frente a la puerta del Salón de Belleza cayó un gato. Amarillo, pequeño, temeroso. En realidad, el gato había caído nadie sabe bien cómo en la cocina de la casa de atrás, contigua al Salón y a la que se llega por un pasillo, pero la señora, que según dijo ya tenía un gato, y no quería saber de animales porque un animal es un problema al que hay que echarle comida por lo menos cada dos días y ponerle un plato con agua, sobre todo si es pequeño, porque ya cuando es grande sale a luchársela, a matar gorriones, a pasarle la lengua al césped, lo sacó por el pellejo de atrás de la cabeza y el gatico parecía una jaba entre sus manos.

La señora atravesó el pasillo preguntando si alguien quería un gato y como nadie dijo que quería un gato lo tiró en el parterre del Salón de Belleza, donde estaba fumando un mariconcito, pelo tipo cactus, letrero de masajista en el pulóver. En sillas de mimbre en la sala de espera, que da al parterre, esperaba una flaca con el pelo mojado lleno de rulos, una negrita calva y bastante fea, un tipo forzudo con la barba y el pelo delineados y una rubia riquísima. La rubia fue la primera en ir a ver al gato. Mientras la señora lo soltaba, el gato daba un giro en el aire y caía al suelo y se despatarraba y salía corriendo y se acurrucaba al lado de unas matas, el masajista había seguido fumando. La rubia se paró: ay, pobrecito, qué lindo, misu, misu, se agachó y le hizo con los dedos el tipo de monerías que quieren decir ven que te voy a dar cariño. Así que el gatico cogió confianza, salió de al lado de las matas, lento, y se metió bajo la mano de la rubia, pasó de aquí para allá, de aquí para allá, con el lomo, con la cola, con la cabeza y automáticamente el forzudo también vino a congraciarse con el gatico. Las otras chiquillas miraban desde lejos. El masajista botó el cigarro y se sentó en la escalera.

El de la barba en realidad quería pasar él por debajo de la rubia, con el lomo, con la cola, con la cabeza, así que mientras ella jugaba con el gato él le miraba por las comisuras del short la forma en que los muslos se le conectan con las nalgas. Las otras dos chiquillas no querían ser menos y se acercaron, misu, misu, misu, y el masajista, que quería ser cómico, cogió al gato por el lomo y lo puso en la punta de una mata de esas que hacen podar con figuras cuadrangulares. Todos rieron. El gatico, allá arriba, se tambaleó, trató de equilibrarse pero cayó rodando entre las ramas. La rubia fue corriendo a socorrerlo, le dijo estúpido al masajista y el de la barba le dijo comemierda y le metió un gaznatón. El masajista se disculpó. La rubia trajo al gato hasta el frente de la puerta, le hizo unos mimos y las otras dos hicieron lo mismo. El mariconcito se sentó en la escalera. El de la barba se acercó a la rubia y le repelló las nalgas con la pelvis mientras decía que pobrecito el gato, que ojalá pudiera llevárselo a su casa, pero imagínate si yo le llego con eso a mi mamá. La rubia dijo que ella estaba viviendo alquilada y que la mujer del alquiler le dijo que no podía llevar animales, miró a las otras dos tenebrosamente y las otras dos dijeron excusas, pero una de ellas le preguntó a un tipo que iba pasando si le hacía falta un gato y el tipo dijo que le hacía falta una gata y siguió recto, con la cabeza apuntando a la rubia.

Una mujer salió a la sala de espera y llamó a Estefani y la rubia dijo que le tocaba, dejó al gato en la hierba y entró dando salticos. El mariconcito encendió un cigarro, la negrita fea entró y se sentó y la flaca le dijo al de la barba que qué iba a hacer después. Entraron. El gatico se acercó a la escalera, el masajista lo dejó pasar, el gatico entró y se acurrucó entre las piernas del de la barba; el de la barba lo sacó por el lomo; lo puso en la punta de una mata de esas que hacen podar con figuras cuadrangulares.