—Mire señor, aquí le manda mi mamá—. La voz sonó tímida y temblorosa al llamarme desde la puerta de la casa. La mirada de Wilfredo me impactó y ese timbre gutural, casi ronco, inusual para su corta edad, movió mi sensibilidad hasta donde solo la conmoción por la miseria humana puede llegar.

La decencia del niño era camuflada, como la de las personas que temen hacer algo mal, porque pueden ser regañadas, recriminadas o hasta golpeadas. ¡Tan pequeño y lo hace como un actor profesional, con histrionismo propio de un avezado de las tablas! Parece estar adaptado. Hoy se con seguridad que la impostura es parte de su esencia.

Wilfredo tendrá unos nueve años; es de ojos grandes y cabello crespo siempre engominado. Había ido a mi alquiler para devolverme diez pesos de una compra de huevos a su madre.

—Gracias mi amigo— le dije con suavidad. Él tenía la cabeza agachada y la levantó al oírme, como si recibiera un regalo. No parecía estar adaptado a ese lenguaje. Todavía sus ojos de miel me hielan el alma cuando los miro.

—Toma esto— y le largué cinco pesos. Fue lo más moral que se me ocurrió entonces.

De nuevo agachó la cabeza sin hablar, hizo ademanes de rechazo, pero tras mi insistencia tomó el dinero con sutil timidez.

Quiso proteger su dignidad en todo momento, pero la necesidad obvia todo tipo de ingenuidad, no cree en la inocencia infantil, en nada. Aún siento admiración por su carácter, por su actitud de “hombrecito”, por ser un “luchador” desde la cuna.

La Madre

Quien dice su ser su madre a todas, es una negra casi azul con gruesas pasas y prominentes senos. En ella radica el clímax del momento dramático, la curva de tensión topa la cima y surge la interrogante. ¿Será ese niño  su hijo de verdad?

Los rumores vuelan: que si es adoptado; que si la negra lo encontró botado. Un niño blanco entre gente de color no es normal.

Lo que se sabe en el barrio es que ella vino con él niño de Guantánamo. Lo trajo a vivir a La Habana cuando se “enredó” —como le gusta decir— con Elpidio, su marido actual. Viven en una casita que parece un cuarto de desahogo en los altos de la casa de la mamá de “El Pillo”, como apodan al esposo.

—Yo la tengo que “josear” bien fuerte. Por mi hijo tengo que lucharme la vida; si fuera por ese manganzón de Elpidio no hiciera nada, pero bueno, hay que pelear— me dijo una mañana mientras le compraba espaguetis y cuadritos de caldo de pollo.

—Mi niño es un hombrecito. Lo he criado con espíritu de peleador, ¡fíjate que me salió judoca! Él sabe que la vida es dura y tiene que ayudar. Sus cositas de la escuela salen del negocio—. Esta vez me pareció escuchar a Felicia, mi profesora de Filosofía en la Universidad, hablando de moral y de sentido de la vida. La madre de Wilfredo se explicaba con tanta seguridad y poder de abstracción, sumida en las más profundas cavilaciones, que Kierkegaard, Camus o Sartre, parecerían simples alumnos a su lado.

Elpidio

Elpidio es habanero, nacido y criado en “la urbe” – como dice a ratos – él se conoce todo como la palma de su mano. Sabe cada traba y cada maña para los negocios. Vive de eso y se regocija…

—Lo mío es buscar la moneda… inventar, que la cosa está mala. Yo le digo a este —dice señalando al niño –que hay que pinchar fuerte para hacerse alguien. Pero él va por buen camino, es un buen chama.

Por Elpidio supe que el niño se llama Wilfredo y la mujer Inés; que conoció a su “morena” en unos carnavales de Holguín, allá por Banes.

***

A Wilfredo lo veo ir por las mañanas a la escuela siempre con el uniforme bien arreglado, peinado, los zapatos lustrados y la mochila limpia. En las tardes lo veo con otra mochila, llevando encargos quizás. También lo veo vender café en la esquina de la bodega y espantarse las cruentas colas de la carnicería para comprar los huevos que revenden Inés y Elpidio.

Wilfredo es un guerrero, un “madurado temprano”, como dice mi padre. Lo he visto jugar, pero no reír. Cuando lo hace, es a medias, como forzado, siempre con ese temor. ¿A qué? Aún lo desconozco.