Yoana Aranda tiene 28 años y ha hecho carrera como curadora de arte. Es una mulata guantanamera de pura cepa. Dice que ni el fatalismo geográfico que golpea a los de su tierra tiene espacio en su vida, siempre que se pueda alegre, con una alegría que vuelca en “curar” arte, organizar exposiciones.

Con formación universitaria y experiencia en la vida real, sabe que el mercado rige (aunque algunos no lo acepten) los destinos del arte también en Cuba. Por ello en muchas ocasiones los curadores tienen que hacer concesiones, aunque como especialistas sueñen con mantener otro tipo de puente entre el creador y los espectadores.

Esta muchacha se reconoce “importante”, porque se siente con la capacidad y la potestad para construir una historia en cada exposición. No importa que para ser un joven curador en Cuba (y más en su provincia, la más oriental, Guantánamo) haya que superar la mar de limitaciones. Siempre aparecen opciones o, en última instancia, se buscan.

“En Cuba está apareciendo un nuevo tipo de curador de arte, el freelance, muchas veces jóvenes que no trabajamos con las instituciones estatales, o que trabajando en ellas tenemos otras pretensiones, como curar a artistas internacionales o curar no solo desde una galería sino en espacios abiertos”, revela.

“Aquí existen muchos curadores jóvenes graduados de Historia del Arte que no tienen muchas posibilidades de curar lo que quisieran. Tenemos que curar por nuestra propia cuenta como en la exposición “Reflexiones antagónicas” de Gulio di Meo, un fotógrafo italiano que pertenece a una ONG que tiene muchos vínculos con la Asociación Hermanos Saíz. El proyecto me interesó y decidí curarlo pero no forma parte del trabajo institucional”.

 

A Yolanda, y la exposición que organizó, la reencontré en plenas Romerías de Mayo, uno de los eventos del arte joven más importante del país, en la ciudad de Holguín. Allí, más que introducirme en el complejo mundo de la selección visual, me ayudó también a comprender sus dobles retos para hacer carrera.

“Los orientales estamos signados por la geografía, pero para mí no es un problema porque yo puedo vivir en el fin del mundo y siento que mi trabajo es importante. Si tengo que curar en La Habana, agarro la mochila y me voy para la capital. Si es en Holguín, me voy a Holguín. En Guantánamo trabajé en el Consejo Provincial de las Artes Plásticas pero luego decidí hacerlo de manera independiente.”

Aunque lo quisieran, los curadores no pueden romper totalmente el vínculo con el Estado porque el coleccionismo privado apenas existe.

“El sueño de todo curador es seguir teniendo experiencias, ya sea desde el punto de vista internacional o nacional. Me interesa trabajar desde la institución porque no voy contra ella. En Cuba no podemos ir contra ella. Definitivamente hay que llegar a la institución porque las galerías pertenecen a las instituciones. Todavía en Cuba debe ponerse en práctica el florecimiento de galerías privadas. En La Habana hay algunos exponentes pero no es una regularidad en el país ni mucho menos.”

Ella sigue, pues, intentándolo, allí, por donde mejor pueda.