—Creo que estoy contagiada –me dice Gabriela con una tranquilidad pasmosa.

—¿Tú crees? Ella, con el mismo aplomo, explica que los síntomas coinciden, la tos, la fiebre. Y que no solo es ella, sino también su novio, estudiante de Medicina.

—¿Y por qué no se hacen de inmediato la prueba?

—Bueno, ese sería el primer problema aquí. No hay suficientes pruebas disponibles y ni siquiera se les hacen a todos los pacientes con síntomas.

Gabriela Sánchez-Bravo se fue de Cuba, junto a su familia, en 2005, después de terminar el preuniversitario en la vocacional Lenin. Una amiga suya de esa etapa estudiantil me ayudó gentilmente a encontrarla. Ahora, es graduada por la Upstate Medical University y está cursando el 1er año de su residencia en Medicina de Familia en The Institute for Family Health en Nueva York. Su práctica profesional alterna días en esta última institución y en las consultas en The Mount Sinai Hospital. Hablamos durante más de 50 minutos. Y más de una vez la tranquilidad inicial de la voz se le entrecortó. Siempre cuando hablaba de otros: los enfermos, sus pacientes.

“Chocante”, “abrumador”, “tenebroso”. Así describe “esto” que vivimos. Aunque también, “interesante”, por el reto profesional que ha significado, por ese enorme signo de interrogación que aún pende sobre el planeta si hablamos de la COVID-19.

Comenta que desde el comienzo de la epidemia los equipos de trabajo en su instituto laboran una semana completa de 7:00 a. m. a 8:00 p. m. y descansan la misma cantidad de días, en los que pueden realizar algunas labores desde casa o ver pacientes de la comunidad.

“Otro gran problema de Nueva York —señala la joven— es que no hay suficiente espacio en los hospitales para ingresar a todos las personas con síntomas o incluso a todos los positivos al SARS-CoV-2. Solo se hospitalizan los inestables con baja saturación de oxígeno. Los que están mejor se envían a la casa con instrucciones de cómo mantenerse en cuarentena. Pero eso tiene la dificultad de que muchas veces las familias no la cumplen adecuadamente, mucho más si el paciente no se siente enfermo. Recuerda que hay gente que solo desarrolla síntomas leves”. Situaciones similares se han vivido en Italia y en España, países en los que el sistema de salud colapsó en los días de mayor contagio.

Aunque no trabaja directamente en el área de cuidados intensivos, la doctora ha visto ya, en las salas generales, angustia y signos de caos como para que los recuerdos, por instantes, se le atropellen. Toca madera, como buena cubana, porque aún no se le ha muerto ningún contagiado delante, pero sí conoce, con tristeza, de las morgues abarrotadas, de las soluciones de cremación que han tomado algunos y de los enterramientos en fosas comunes.

Las familias no pueden realizar las tradicionales ceremonias de velorio y entierro, ni siquiera despedirse de sus seres queridos, cuenta.

En medio de esta situación, médicos y enfermeros han tenido la iniciativa de hacer videollamadas para que los pacientes —que no estén en condiciones agónicas— puedan al menos tener una última conexión con los suyos. Pienso que debe ser tremenda responsabilidad para el personal médico: convertirse de pronto en los últimos familiares de cada enfermo.

“Tengo en la mente la historia de una mujer muy anciana, sobreviviente del holocausto, sobreviviente también de varios tipos de cáncer, que me dijo: ‘Yo he pasado por mucho en mi vida y mira, me voy a morir de esto’. Después que salí del hospital la última vez, el pronóstico con ella no era bueno. Quizá no esté cuando regrese”.

Foto: Benjamin Voros. Tomada de Unsplash

Foto: Benjamin Voros. Tomada de Unsplash

El padre de Gabriela es siquiatra, por lo que, en esta circunstancia excepcional, atiende a través de televisitas a la mayoría de sus pacientes, salvo aquellos que estén inestables y requieran pruebas de laboratorio o internamiento. Su mamá es cuidadora, sigue trabajando aún con una señora mayor, pero extremando las medidas de seguridad. Ahora mismo es ella, dentro de la familia, la más expuesta al nuevo coronavirus.

Le pregunto por Andrew Cuomo, el gobernador del Estado, que ha sido noticia más de una vez por estos días. Ella ratifica lo que otros, que el hombre ha liderado lo mejor posible en el temporal, incluso enfrentándose a opiniones del presidente Donald Trump; y que la ya terrible situación neoyorquina hubiese sido aún peor sin un gobernador como él. Al momento en que hablamos —24 de abril— ya Estados Unidos era el epicentro mundial de la pandemia, y “la ciudad que nunca duerme”, el foco más doloroso dentro del gigante norteño.

En cuanto al ambiente del estado, considera que en sentido general se cumplen bien las medidas de aislamiento. Los suministros, salvo crisis puntuales con algún producto —papel higiénico, gel antibacterial— no faltan en los establecimientos, y los transportes circulan casi vacíos por la emblemática urbe.

“Trabajo con mucha gente del Bronx y de Harlem, personas de bajos recursos que han sido las más afectadas. La mortalidad entre afromericanos y latinos ha sido mayor que la de otros segmentos poblacionales. No es que no se conocieran antes estas desigualdades, en un país cuyo sistema de salud no es universal ni gratuito, pero una crisis como esta las saca a la luz con fuerza. La pobreza tampoco les permite a muchísimos quedarse tranquilos en casa”, agrega.

Algo que le ha impactado notablemente es que en el mismo hospital los pacientes no se sienten seguros. “Las puertas de los cuartos (cubículos) están cerradas y sin ventanitas y uno no sabe por momentos qué está pasando al lado de allá. Me encontré a algunos confundidos y con muy baja saturación de oxígeno. Entraba y los veía sin oxígeno puesto. Tenían miedo. No sabían, a veces, ni que portaban el virus. Había, además, como una falta de conexión, porque también las enfermeras se protegen y no pasan al cuarto a menos que sea necesario”.

Como habla español perfectamente, los familiares de enfermos latinos que la ven por fuera del centro hospitalario le imploran por una atención esmerada a los suyos. Nadie está confiado. Y no saber lo que sucede hospitales adentro desespera a los dolientes. “Tráteme a mi mamá como si fuera su abuelita, doctora, como si fuera su abuelita”, le han dicho. El miedo general ha llegado a ser escalofriante.

Gabriela no tiene hijos, pero comprende la angustia enorme de los padres en condiciones como estas. Bajo su cuidado directo, por ahora, solo viven dos hermosas gatas: Elisa y Hestia.

Antes de que se expandiera a las Américas el mortífero virus, Gabriela tenía planeadas sus vacaciones para venir a Cuba. Un viaje que haría con su mamá para encontrarse con abuelos, tíos, primos, incluso con algunos que viven en Europa. Lo que se dice un “fetecún” criollo para celebrar unidos varios cumpleaños. Cuando todo esto pase, lo primero que quiere hacer es ese encuentro pospuesto. Por el momento, confiesa que ella daría al menos un mes más a las fechas previstas por Trump para abrir la economía y el funcionamiento institucional de la nación, pues teme mucho una recaída epidemiológica.

Casi al cortar el puente de voz entre Pinar del Río y Nueva York, me cuenta de un caso que la choqueó. “Era una embarazada de más de 30 años. Ya había sido entubada y extubada. Una mañana se veía terrible, casi no podía respirar. La noté sufriendo y se lo comuniqué rápido a la enfermera. Ella, pensando que no era nada, me dijo que le daría alguna pastilla para la ansiedad. Por la tarde sufrió un paro. Tenía una gestación avanzada. La pudimos resucitar y el bebé nació en cesárea de emergencia. Ambos vivieron… pero no sé si tienen secuelas”.

Le agradezco muchísimo el diálogo. Recomiendo, aunque suene hiperobvio, que se cuide, y comento que seguramente sus propios síntomas y los de su novio no serán nada, a lo sumo una gripe común.

Ella, sonriendo, solo responde: “Ojalá”.

 

* El autor agradece a los colegas Salvador Salazar y Maylín Guerrero su ayuda en la obtención de este testimonio.

 

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