Moscú está a 9 582 kilómetros de La Habana. Son necesarias, como mínimo, 12 horas en avión para llegar de una ciudad a la otra. Sin embargo, como Rusia permite a los cubanos entrar al país sin visado y permanecer por un periodo de 90 días, este se ha vuelto uno de los principales destinos de viaje para los cubanos.

La mayoría llega buscando ofertas de empleo, posibilidades de hacer algo de dinero; otros desean emigrar a otros países de Europa; y muchos viajan solo para comprar mercancías que luego venden en Cuba. Alrededor de esto se han desarrollado redes informales que facilitan boletos de viaje, alimentación, hospedaje y promesas de trabajo. Muchas veces resultan ser una estafa.

En un país desconocido, con un clima hostil y un idioma y una cultura diferentes, los cubanos intentan comenzar una nueva vida, buscar trabajo en grandes obras de construcción (de forma ilegal) y enviar dinero para ayudar a su familia; y otros solo quieren pasar el tiempo suficiente (una o dos semanas) para comprar ropa, zapatos, piezas de autos, entre otras cosas que puedan, por un margen comercial, vender en la Isla.

Es difícil saber la cantidad exacta de personas en esas circunstancias, aunque las autoridades consulares cubanas —en conversación con Pedro Luis García— estiman una población flotante de más de 5 500 nacionales. Pocos, si se compara con los casi 12 millones de habitantes que según el último censo tiene Moscú y con los 2,5 millones de extranjeros que cada año se registran.

Desde que pasado 27 de marzo Rusia decidió cerrar los aeropuertos y luego decretó la cuarentena ante la propagación de la COVID-19. Desde entonces la situación para algunos cubanos ha ido empeorando. Muchos no tienen dinero, trabajo ni posibilidades de conseguirlos; se han quedado sin techo, sin comida y sin posibilidades de regresar.

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Cuando sonó el teléfono de Pedro Luis ya había oscurecido en Moscú. Al otro lado de la línea cuatro personas que no conocía le pedían ayuda. Eran cubanos también, estaban en la estación de policía de Raminky —a un kilómetro de su casa aproximadamente— y necesitaban que les sirviera de traductor para pedir una prórroga de su estancia en el país.

Ellos habían sido víctimas de una estafa: su Registratzia –documento obligatorio para acreditar la residencia temporal en Rusia– resultó ser ilegal, y sin ese documento no podían solicitar los 90 días adicionales concedidos por las autoridades. Además, no se entendían con el oficial y debían pagar una multa de 80 dólares por la ausencia del documento.

Así comenzó, casi sin proponérselo, la colaboración de Pedro Luis con los cubanos en Moscú durante la pandemia. En estos meses, junto a Ana Voronkova, ha gestionado ayuda en varias organizaciones, recibido donaciones, comprado alimentos y productos de primera necesidad, ayudado a conseguir vivienda, pagado medicinas, hospitales, y dialogado con la embajada cubana en Rusia para encontrar las mejores soluciones.

Pedro Luis García y Ana Voronkova durante las primeras entregas. Fotos cortesía de Pedro Luis.

Pedro Luis García, un habanero graduado de Derecho en Cuba, especialista en asuntos penales, llegó a Rusia hace seis años. Es casado, tiene 36 años y un bebé de 18 meses. Y como muchas personas, también está sin trabajar.

Desde el comienzo de la pandemia se mantiene actualizando datos e informaciones en el grupo en Facebook Cuba en Moscú – Rusia, que administra. Además, había creado un canal en YouTube, MOSCOWEXPRESS, y su primer video fue sobre asuntos migratorios. Por eso, fue fácil para muchos cubanos identificarlo y comunicarse con él.

“Yo soy residente permanente en el país, lo que me permite tener contrato de trabajo y derechos: recibo el 60 % de mi salario y una ayuda del Gobierno, pero hay otros cubanos que al no estar legales no tienen derechos, son migrantes. Cuando se decretó la cuarentena cerraron los trabajos, la gente empezó a hacerme muchas preguntas y pude ver de cerca la situación de quienes empezaron a tener problemas con la renta; algunos comían de la basura o tenían que dormir en la calle, eso me dolió, porque sé lo que es pasar por esa situación. Entonces pensé: creo que es el momento de ayudar y junto a mi esposa nos pusimos a buscar alguna manera”, cuenta Pedro Luis a través de WhatsApp.

La Fundación musulmana Casa de la Bondad (Dom Dobroty) fue la primera en colaborar. Él tradujo la documentación que ellos pedían para solicitar ayuda y la puso en el grupo de Facebook. Solo el primer día se recibieron 500 solicitudes y en total sobrepasaron las 900.

Ayuda organizada por la Fundación musulmana Casa de la Bondad. Foto: Cortesía Pedro Luis García

“Entonces la directora de la Fundación me llamó y me propuso que fuera el intermediario entre la institución y los cubanos. Yo recibía las peticiones, las traducía y rectificaba”. A través de la Fundación conoció a Ana Voronkova, una joven hispanoparlante rusa con dos años de experiencia en una organización de ayuda a emigrantes y refugiados africanos.

El 21 de abril hicieron la primera entrega humanitaria. Llevaron, pollo, picadillo, frijoles, coditos, arroz, azúcar, pasta de tomate, sal, papel sanitario, jabón, íntimas, huevos, todo lo que fue posible comprar.

Imagen del contenido de una de las entregas de alimentos. Foto: Cortesía Pedro Luis García

Pero la Fundación colapsó. “Ya no tenían fondos; la finalidad de ellos es ayudar a la comunidad musulmana, que incluso son más pobres que muchos cubanos. Y nos quedamos sin nada otra vez. Entonces empezamos a solicitar ayudas internacionales, a hacer videos on-line, tocar las puertas de amigos. Muchas personas se solidarizaron: enviaron dinero a través de Western Union para comprar comida y medicamentos”, explica Pedro Luis.

La mayoría de los cubanos radica en Lublino, a 40 km del centro de Moscú donde vive Pedro Luis; otros están en Jimki, a 59 km aproximadamente. En esa zona de la periferia de la ciudad los precios son más baratos y se ubican grandes centros comerciales donde se pueden hacer compras mayoristas.

“Las casas y los lugares donde se están quedando no están en las mejores condiciones. Hay casas donde viven hasta 22 personas. Nos encontramos algunos viviendo en latones de basura o en contenedores. Hay familias que vienen con niños”, relata Pedro Luis.

Moscú no cree en lágrimas: cubanos varados en Rusia

En abril de 2018, Idalmis Moreno llegó a Rusia con su familia; tenía la intención de visitar a su hermano, pero ante la enfermedad de su madre decidieron quedarse y presentar su caso a las autoridades migratorias; aún no tiene respuesta.

“En estos momentos no tenemos dinero, hay tres niñas que no han podido ir a la escuela, los trámites hay que pagarlos y estamos a merced de las distintas organizaciones, iglesias y personas que nos han brindado su apoyo, entre ellos Pedro Luis y Ana”, escribe Idalmis por WhatsApp.

Ella es enfermera y aunque no tiene permiso ha colaborado con algunos cubanos que han necesitado atención médica, sobre todo mujeres embarazadas y niños pequeños. El sistema de salud ruso atiende gratis a los casos de urgencias médicas, pero hay tratamiento como los del VIH y otros padecimientos que son caros, explica.

Para solicitar una ambulancia o algún servicio médico hay que hacerlo en ruso. Entonces, en medio de esta situación, muchas personas que no saben le explican el problema a Idalmis y ella a su vez le avisa a Ana o a Pedro Luis quienes llaman y cuentan lo que sucede. Esta ha sido una solución hasta el momento.

Entrega de alimentos a los cubanos. Foto: Cortesía Pedro Luis García

Dice Pedro que también han movido a cubanos para casas de rusos, porque donde estaban los han botado a la calle por no pagar renta (incluso otros cubanos). La renta mensual promedio de un buen apartamento oscila entre 600 y 800 dólares. La mayoría de los cubanos que van de compras pagan entre 70 y 200 dólares por su estancia.

“Los últimos que nos contactaron fueron de la Asociación de Veteranos de Guerra, algunos que habían estado en Cuba cuando la Crisis de los Misiles. Ellos de su pensión, que es mínima, reunieron como 15 000 rublos (un poco más de 250 dólares) y una caja de miel, y con eso compramos más comida. Lo que pasa con esta ayuda es que es muy puntual: la comida se acaba, dura algunos días y luego continúan en la misma situación.

”Cuando voy a llevar comida lo primero que hago es comunicarme con las personas por teléfono, ya tengo un listado con los números de teléfono, de pasaporte y la dirección donde están viviendo. Pregunto cuántas personas hay en la casa y coordino según el barrio y la economía para comprar”.

La rutina de Pedro Luis en estos meses ha cambiado. Pasa mucho tiempo al teléfono –el día más crítico atendió a más de 500 personas–, responde dudas legales, ayuda a traducir, los orienta sobre lo que deben hacer, entre otras cosas. Él calcula que en estos meses han podido ayudar de alguna forma a alrededor de 590 personas; pero aun así es insuficiente.

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Pasadas las 4:00 p.m. del miércoles 3 de junio, el vuelo 9951 de aerolínea Azur Air despegó del aeropuerto Sheremétievo en Moscú. El avión fue rentado por las autoridades rusas para llevar de regreso a sus países a algunos latinoamericanos varados en Rusia tras la COVID-19. En Cuba dejaría, además, 15 000 pruebas diagnóstico donadas por el Gobierno ruso a la Isla.

Para abordar el avión los cubanos debían cumplir dos requisitos: 1) estar aprobados por una lista del Consulado cubano, donde previamente hubieran regularizado su condición migratoria, y 2) pagar el precio del boleto: 630 dólares (43 726 rublos).

Según el cónsul Eduardo Lázaro Escandell, en declaraciones a Sputnik, había más de 100 cubanos con intenciones de regresar. Algunos tenían billetes de la aerolínea Aeroflot. Sin embargo, 80 pasajeros cubanos abordaron el vuelo 9951. Según informaciones de la propia embajada, los pasajeros fueron funcionarios diplomáticos, sus familiares, y estudiantes parte del convenio “100 becas”. Solo cuatro personas en condiciones de vulnerabilidad lograron conseguir una reducción del precio del pasaje.

Entre ellos Arlet y su esposo, quienes pudieron subir en el último minuto gracias a las gestiones de Ana y de Veronika Birman, con experiencia en turismo y en los mecanismos de viajes, y que ha ayudado a varias personas a regresar a su país en esta circunstancia.

Arlet ya en el avión de regreso a Cuba. Foto: Cortesía Arlet

“Mi esposo y yo viajamos de luna de miel y decidimos quedarnos por más tiempo. Nuestra visa culminaba el 29 de marzo y nos dieron 3 meses más, pero todo empezó a ponerse difícil, teníamos que pagar la renta y yo quedé embarazada con riesgo de aborto. Aunque nuestra situación era del conocimiento de la Embajada y teníamos permiso para tomar el vuelo, no teníamos el dinero para pagar los boletos” explica Arlet a elTOQUE mientras se encuentra en un centro de aislamiento tras su llegada a Cuba.

Ellos fueron dos de los cuatros cupos gestionados como pasajes humanitarios con un 50 % de descuento por Ana y Veronika, quienes además les prestaron el dinero para pagarlos.

Carta de confirmación de la aerolínea del descuento de los pasajes. Imágen Ana Voronkova

“No pudimos conseguir más, porque el cónsul cubano no quiso colaborar en esto. Con una nota de él al ministerio ruso otros cubanos hubieran conseguido pasajes humanitarios, pero él negaba esa posibilidad”, cuenta Ana.

El consulado, por su parte, ha respondido en su cuenta en Facebook que hace más de ocho semanas ha coordinado esfuerzos para la repatriación de los cubanos y de ciudadanos rusos en Cuba, y que no fueron notificados de las posibilidades de conseguir pasajes gratis por las autoridades. En este tiempo ellos han ofrecido información a todos los cubanos que se han comunicado con ellos. Incluso, a algunos le han facilitado el contacto de Pedro Luis.

Cubanos en el aeropuerto con la esperanza de poder tomar el vuelo de retorno a Cuba. Foto: Cedida por Ana Voronkova.

Más de 90 cubanos siguen sin una solución, entre ellos Yaima, cuyo caso es peculiar porque a pesar de tener el dinero del boleto no pudo abordar el avión, que viajó con plazas vacantes. Tuvo que virar del aeropuerto con la maleta hecha. Su llanto y sus suplicas no sirvieron de nada.

Ella tiene 39 años, dos niños en Cuba y una hernia en la cadera que le dificulta la movilidad. Ya había estado en Rusia en 2017, cuando llegó engañada por promesas de trabajo que no se cumplieron. Logró reunir el dinero para el boleto y retornó a Cuba, como consta en su pasaporte, el 8 de febrero de 2018. A Moscú regresó el 13 de marzo, pocos días antes de que cerraran todo, como acompañante de alguien que venía a comprar. Sin embargo, por algún tipo de error las autoridades cubanas no la reconocen como residente en el país y, por tanto, no la autorizaron a montar en el avión.

“No entiendo nada. No duermo, estoy tomando pastillas, solo tengo el alquiler pagado hasta finales de mes, después de ese momento, no sé qué haré, dormiré en la puerta de la embajada. Mi mamá me tuvo que mandar dinero, ella se lo entrega a unos amigos en Cuba, y su familia en Estados Unidos me los envía a mí, porque tampoco hay forma directa de enviar dinero de Cuba para acá”, cuenta Yaima.

Agradecimiento de algunos cubanos a Pedro Luis en el grupo de Facebook. Imagen tomada de Facebook.

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Rusia continúa en cuarentena, aunque desde el día 1 de junio algunos lugares reabrieron. Para salir a la calle hay que solicitar un permiso digital en una página web del Gobierno, con un documento de identidad y solo en idioma ruso. Quien salga sin el permiso puede tener una multa de entre 4 000 y 30 000 rublos (entre 55 y 435 dólares aproximadamente). También quienes incumplan las medidas restrictivas puede ir a prisión.

Veronika, Ana, Pedro Luis y los más de 25 ciudadanos rusos y de otras nacionalidades que han ayudado a los cubanos lo hacen de manera voluntaria.

No importa si decidieron migrar, si arriesgaron todo por un sueño, si fueron a probar suerte, a comprar o por turismo. Cuando se acaba el dinero, no puedes trabajar ni salir a la calle en medio de una pandemia, en un país ajeno y con un idioma difícil, el miedo y la desesperación invaden. En ese momento, solo se necesita una cosa: ayuda, para sobrevivir o regresar.

 

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