Los pregones de Leo alteran el electrocardiograma de Pinar del Río, la capital serena del Occidente de Cuba.

Por la acera se distingue su silueta. Primero la cabeza, luego los hombros estrechos y su bata blanca, después el resto del cuerpo hasta acabar en los zapatos: unos mocasines negros llenos asfalto. En la mano, Leo sostiene una lata metálica que guarda el fuego en su base y mantiene caliente los cucuruchos de maní. Es lo que ha hecho en los últimos años: sostener a su familia, pagar materiales de construcción, armar una casa… con la venta de maní. Mientras, en la pared de su vivienda cuelgan dos títulos universitarios.

“Desde niño me entrenaron para pasar trabajo. Con solo seis años estaba becado, lejos de mi familia. De ese entonces puedo contar con los dedos de las manos las veces que recibí visita en la escuela. Mi madre trabajaba mucho y no podía ir a verme, me repetía a mí mismo para justificar mi soledad. Luego comenzó la secundaria donde los más pequeños sufríamos bullying, donde había que hacer lo que te mandaban aunque fuera injusto, donde era desmedido el régimen de trabajo. Tenía 12 años y me obligaban a producir como un obrero asalariado. En una tarde debía llenar más de 20 cajas de limones sin que uno se dañara y hacerlo con el estómago vacío. El período especial comenzaba y las becas eran infiernos de las cuales solo puedo recordar hambre y abusos, pero sobreviví e ingresé a la universidad.”

Un par de años antes de graduarse como ingeniero agrónomo, conoce que será padre. Sin dinero, casa, ni título en la mano ve en la labor por cuenta propia la única opción de subsistencia. Así sobrelleva, durante algún tiempo, estudio y trabajo. A ratos, en un aula rodeado de libros, a ratos en un kiosco de hospital vendiendo pan con tortilla.

“¡Tú no sabes cómo vivía, muchacha! No lo imaginas”— me dice y por la escasez que transpira esa frase, casi lapidaria, recreo en mi mente el sofá hundido hasta tocar el suelo, una pequeña mesa con un radio, pasillos oscuros, suelos de baldosas gastadas.

Pero Leo tenía razón, yo no podía imaginar. Mi reconstrucción era demasiado romántica, demasiado optimista. En casa de Leo el sofá no estaba hundido hasta el suelo, porque no había sofá; no existía esa mesa enana con un radio porque no conocían allí la electricidad, y mucho menos un baño. Ese era un lujo impensable. En su lugar tenía techos de guano y paredes de tablas; y las baldosas gastadas que inferí eran realmente suelos de tierra.

“Cuando me gradué ya había nacido mi hija y creí que vender pan con tortilla era muy poca cosa para un universitario. Dejé mi trabajo como cuentapropista y salí con mi título a ser ingeniero. Fue un momento donde tuve que elegir entre mi “estatus académico y profesional” o una fuente de ingresos segura. La vanidad de sentirme subvalorando en un kiosco me empujó a cambiar de vida.”

Leo, vendedor de maní en Cuba. Foto: Alejandro Trujillo

Leo fue profesor primero de Mecanización Agrícola, luego de Física, también se preparó en Informática y daba clases de Computación. Era un trabajador con reconocimientos y diplomas, sus clases eran evaluadas de excelente; pero seguía viviendo igual.

“Comprendí que si quería tener lo básico no podía sentarme en una cátedra a planificar clases. Entonces decidí estar frente al aula de lunes a viernes y los fines de semana rellenar fosforeras. Y era mi segundo trabajo el que mantenía a mi familia. Aún con la idea de seguir vinculado al sector estatal fui especialista en conservación de la empresa de Flora y Fauna provincial, dirigí el departamento de áreas verdes de la oficina de Comunales, hasta que un día reaccioné y cambié mis prioridades.”

Leo, ingeniero y profesor, armó un bicitaxi y recorría diariamente esa pequeña ciudad que es Pinar del Río. Sería ese su nuevo trabajo; a la vez que cursaba Licenciatura en Estudios Socioculturales, en su modalidad para trabajadores (CPT).

“Una de mi clientas en el bicitaxi me comentó que pensaba matricular la carrera de Derecho por CPT. Fue ella quien me explicó cómo funcionaba y las opciones de estudio. Me decidí por Socioculturales no con la idea de trabajar en esta rama; sino pensando en mi superación, en ser capaz de aprender más cosas y no desvincularme del estudio. Estar todo el día tras un timón,  pedaleando, no es el sueño de ningún profesional. No quería sentir que me estaba embruteciendo”.

Desde 2010, con dos títulos universitarios, con la experiencia de haber sido docente y especialista en conservación, después de trabajar como ingeniero agrónomo, Leo decidió finalmente dedicarse a vender maní.

“Cada peso que iba ganando se convirtió en bloques y zapata. En otro contexto podría sonar absurdo, siendo yo un profesional, pero cada grano me dio la oportunidad de mejorar mi vida.”

“Es un oficio duro. Son más de 12 horas diarias de trabajo entre elaborar, tostar, envasar y salir a vender. Se trabaja mucho y no tienes lujos pero ves, al menos, aunque sea un mínimo de beneficios. A veces me he sentido subestimado. Los estereotipos pesan y como me ven con una lata de metal llena de cucuruchos algunos infieren que no tengo estudios o que soy un ignorante y me tratan como tal. Por eso alguna vez he pensado en volver a ejercer lo que estudié, ahora que ya construí mi vivienda y tengo menos carencias. Luego recuerdo cómo era mi vida de profesional y me reafirmo que, según mi experiencia, es mejor retirarse vendiendo maní”.

Mani

Leo elabora, tuesta y envasa los maníes que vende. Foto: Alejandro Trujillo