Las otras Cubas, las que no capta el lente oficial, las que revelan los secretos mejor guardados de nuestra historia, son las musas preferidas del joven fotógrafo matancero, Julio César García Martínez. De esa mirada aguda e inteligente surgió uno de sus primeros trabajos: Anticorrosivo, con el cual ganó su primer premio importante de fotografía en un concurso del Centro Pablo.

Por ese tiempo andaba probando fortuna en La Habana, con la ilusión de estudiar fotografía en la Facultad de Medios Audiovisuales o en la Escuela de San Antonio de los Baños. Las habilidades adquiridas como instructor de arte en la especialidad de pintura eran entonces el sustento de su vida y de su propósito profesional.

Sin embargo, al cabo de un año un pequeño descuido lo cambió todo. Ahora la pintura no era suficiente para costear el alquiler, su pasión por la fotografía y a la pequeña Carolina que venía en camino. “Imagínate, cuando la niña nació ya no había tiempo para crear, para pintar, para nada y como si fuera poco, cuando cumplió cuatro meses la señora del alquiler nos dijo que necesitaba el cuarto”.

El regreso a Matanzas resultó inevitable y con él se pospusieron muchos proyectos. “Fue una etapa complicada”, confiesa. Por ese tiempo las pinturas comenzaron a decaer, casi no se vendían y él estaba a punto de la locura cuando le llegó la noticia de que su esposa esperaba otro hijo.

“Ahí sí colapsé, incluso nos separamos por un tiempo y tuve que ir a terapias con psicólogos que me ayudaron mucho. Vendí incluso mi anillo de compromiso para darle de comer a los chiquillos… Ya no era un artista, sino alguien que necesitaba hacer cuatro pesos para mantener a su familia.

Fue entonces que comencé a vender zapatos. Poco a poco la situación fue mejorando y empecé de nuevo a pensar en la fotografía. Colaboraba de gratis con el periódico provincial, con camaritas prestadas, pero la idea era aprender, y volver a lo que realmente me gusta hacer”, sostiene Julio.

Un contrato con la Dirección Provincial de las Artes Escénicas en Matanzas le animó mucho más, tanto que tras el Taller Internacional de Títeres le propuso al director de Teatro las Estaciones, Rubén Darío Salazar, crear un boletín fotográfico dedicado al quehacer titiritero. Y como Julio no es de los que espera a que las ideas se le congelen en la cabeza puso manos a la obra y sacó el primer número de Lente titiritero, un folleto con un diseño atractivo y secciones que van desde la historia hasta lo más actual en este ámbito.

Apasionado por naturaleza, no dudó un instante en utilizar parte de las utilidades creadas en las ventas de los zapatos para financiar su nueva creación. “Así estuve durante los cuatro primeros números, hasta que Artes Escénicas y la Asociación Hermanos Saíz comenzaron apoyar el proyecto y se pudo ampliar la tirada. De hecho, ahora en agosto saldrá el próximo número dedicado al 30 aniversario de la AHS, ya como un folleto de 8 páginas.”

Enriquecer Lente Titiritero con las instantáneas de otros colegas es otra de las tareas que Julio asume con toda seriedad. Sin internet gratis, acude a los servicios de la wifi para administrar el blog del boletín y el perfil en facebook a través del cual ha contactado a fotógrafos de otras latitudes que han terminado colaborando con la publicación.

Apenas tiene 30 años, pero muchos deseos de crear y luchar por sus sueños. En medio de la construcción de su casa, con su esposa y los dos tesoros de sus vidas, Julio no para. Lo mismo se le ve en su negocio de la calle Medio, como el mejor vendedor, o de teatro en teatro, grabando la memoria de cada puesta, o empinando papalotes alguna que otra vez con sus hijos, o en medio de una bienal irguiendo sus gigantografías como Identidad, parte esencial de su obra personal a la que también dedica tiempo y otro por ciento de sus ganancias.

Él sabe que la vida es compleja, sobre todo en la Cuba que le ha tocado vivir, pero Julio no deja de sonreír. Su espíritu pragmático y soñador a la vez le ha hecho comprender que “el dinero es importantísimo para vivir, pero también hay que luchar por los sueños, tus prioridades y metas profesionales. Creo que eso también es importante para mis hijos, que ellos me vean realizado”.