“Menos marihuana y cajas de muerto, todo lo demás”, bromeaba el padre de Ingrid, y a la familia y las amistades les parecía muy gracioso, como chiste resultaba infalible. Salvo porque era verdad, y cuando Ingrid reparaba en eso dejaba de reírse.

Su padre había vendido queso, mayonesa, chorizo, aretes, mantequilla, galletas, aguacate, huevos, cerveza, pescado, carne, picadillo, pollo, chícharos, bombones, mango, ajo, cebolla, zapatos, camisetas, llaveros, yogurt, leche, cuchillos, cigarros, arroz, conservas… Ingrid tenía que hacer un gran esfuerzo de memoria para completar la lista. Si los hubiera contado con los dedos, necesitaría al menos otro par de manos.

Veinte años atrás, César –así se llamaba él- era profesor de matemáticas, un trabajo prestigioso, pero con un salario pésimo. Un día no quiso más, no pudo más con aquello, y se largó. Su solución fue “hacer negocios”, “luchar”, “inventar”, “resolver”… todos los eufemismos que se utilizan en Cuba para nombrar al mercado negro, una práctica que se extendió durante la crisis de los noventa y persiste hasta hoy.

Ni tan negro

Se trata de un fenómeno complejo, tal vez más que en otras partes del mundo. Usualmente el mercado negro o subterráneo tiene que ver con mercancías exclusivas, caras: joyas, piedras preciosas, oro, obras de arte, caviar; y armas y drogas, por supuesto. En cambio, aquí se trata de artículos de primera necesidad: alimentos, productos de aseo, vestido, calzado, incluso medicamentos.

Ante los altos precios y el desabastecimiento en las tiendas estatales, la mayoría de la población, mal que le pese, debe recurrir a comprar “por la izquierda”, “por fuera”; al menos un porciento de la factura doméstica. Cuando la cuestión es dar de comer a sus hijos o a un anciano, se hace difícil distinguir entre lo correcto y lo incorrecto.  Por esas razones varios economistas cubanos argumentan lo complicado de controlar el mercado clandestino en el país.

Claro, siempre hay quien se beneficia con la escasez. César, por ejemplo, era un intermediario, el eslabón entre el “proveedor” original y el “consumidor”. Con lo que dejaba el “margen comercial” de las operaciones se vivía en casa de Ingrid. “Te avergüenzas de lo que te da tu comida”, le requirió una vez el padre; y ella no supo qué responder.

César tampoco se consideraba a sí mismo un delincuente, simplemente la situación lo obligó a tomar decisiones. Además, le hacía un “favor” a la gente, porque, en últimas, le ofrecía el mismo producto, quizás mejor, más barato que en las tiendas (si es que había). “Ay, mijo, muchas gracias”, “avísame cuando traigan más”.  Las expresiones de los “clientes” indicaban que él no era “el malo de la película”.

Cuadrar la caja

Casi desde el propio triunfo revolucionario de 1959, el Estado cubano estableció la “libreta de abastecimiento”; dicho de otro modo, una cartilla de racionamiento que busca dar “un poquito a cada uno”. Aunque garantiza cierto nivel de igualdad, que no equidad, poquito al fin, la cuota mensual no alcanza. Y cuando se acaba, hay que salir a buscar.

La inmensa mayoría de los productos del “contrabando” proceden de los propios almacenes estatales, hoteles, restaurantes, fábricas; de “manos negras” que tampoco se consideran  ladrones, solo “resuelven”, “inventan”, “luchan”. A ello se suma la consecuente fractura moral de una sociedad que a menudo no llama al robo, robo.

Según la información publicada días atrás, entre las “ilegalidades e indisciplinas” detectadas por la Contraloría General de la República en 2014, la mitad están vinculadas al comercio, la gastronomía y al sector agroalimentario.

En muchas ocasiones, el asunto trasciende la mera supervivencia, pues no han faltado quienes quieran y logren amasar fortuna por esa vía. Gladys Bejerano, máxima autoridad de la Contraloría, explicó que el móvil fundamental sigue siendo el “desvío de recursos” para la venta ilícita y el “enriquecimiento indebido”.

El padre de Ingrid argumentaba su actitud a partir de un razonamiento maquiavélico: si el Estado no te paga lo suficiente para que te mantengas, está asumiendo que tienes que solucionar tu problema de “otra manera”; por lo tanto, es tácito. De acuerdo con un clásico axioma empresarial, “toda demanda genera una oferta”.

Siguiendo esta lógica, a priori, el fenómeno requiere respuestas desde las dos instancias. Cabe suponer que si la población dispone de los productos necesarios, en cantidad, calidad y precios adecuados, desaparezcan figuras como “la muchacha que trae el queso”, o “el señor del pescado”. Al mismo tiempo se impone el control social, desde el punto de vista administrativo y de valores, que permita enderezar, poner en claro, las nociones de “el bien y el mal”.

“¿En qué trabaja tu papá?” La peor pregunta que le pueden hacer a Ingrid: siempre debe inventar alguna historia, contestar con evasivas. Él tampoco está muy orgulloso siendo un “bisnero”. Le gustaba más dar clases, se sentía importante, y recuerda con nostalgia la época en que lo llamaban “profe”.

Quisiera regresar, algún día, quizás. También porque, “con tantos cambios, la cosa se pone mala, a veces no aparece nada”, dice, en tono subrepticio. Pero no acaba de optar por la escuela. Mientras tanto, Ingrid lo ve perfilar sus “estrategias” de comerciante.
“Vecina, tengo mantequilla, de la buena”.