Éramos muy pocos. Un grupo muy pequeño. Ni siquiera constituíamos un grupo, dado que no nos reuníamos como colectivo para pensar, estudiar o debatir juntos. Lo hacíamos a título personal, por separado, en una especie de peregrinaje paralelo y compartido que nos llevaba a la casa de Manuel Moreno Fraginals en Miramar. Él hacía —nosotros no lo sabíamos entonces— de puente entre intelectuales jóvenes que intentaban insertarse en la vida cultural de un país en transformación. Raquel (Kaki) Mendieta era la mayor del grupo. Había estudiado con “el Profe” (así le llamaba siempre yo) en el Instituto Superior de Arte, donde entonces ella trabajaba. Yo veía a Kaki con frecuencia en la casa de Moreno, burlona, fresca, sagaz, radiante. Su primer libro, Cultura: Lucha de clases y conflicto racial, 1878–1895, estaba por salir y eso, a pesar de sus derroches de irreverencia, la colocaba en una categoría privilegiada ante nosotros. Los otros miembros del grupo, Rafael Rojas, Iván de la Nuez, yo, apenas empezábamos a publicar nuestros primeros textos. 

Teníamos en común algo fundamental, más allá de nuestras ambiciones profesionales y nuestros deseos de superación: compartíamos un maestro. Además de abrir puertas a textos, debates y saberes que no estaban a nuestro alcance, Moreno fue, para nosotros, mentor, cómplice y amigo. No tengo derecho a hablar en nombre de mis compañeros de trayecto, pero sospecho que estarían de acuerdo conmigo en que tenemos, todos, una deuda personal e intelectual enorme con Moreno. Es una de esas deudas que uno lleva a cuestas con gusto, con gratitud y orgullo, toda la vida. Tengo una foto del Profe en mi oficina en Harvard: es imposible pasar por allí sin aprender algo de Moreno, de El Ingenio y de su vida. Mis estudiantes todos saben quién es. Uno de los grandes de América Latina, un pensador de nuestra civilización y cultura. A lo José Vasconcelos, a lo Gilberto Freyre. Uno de esos.

Quizás nuestras intersecciones con Moreno fueron menos casuales de lo que podrían parecer en principio. Llegamos a su vida en un momento particularmente intenso y prometedor en el proceso revolucionario cubano. Encarnábamos lo nuevo. La primera generación nacida y formada después del 59, que llegaba a la adultez a mediados de los ochenta, lista para apoderarse de los destinos del país y para cambiar, como quieren todas las generaciones, cuanto había de vetusto y obsoleto en nuestro medio. Los aires levantinos de glásnost y perestroika alimentaban, desde Europa, nuestros anhelos de cambio, al darles ese sentido de urgencia que uno solo siente cuando es joven y quiere delimitar claramente un antes y un después. En Cuba había mucho que cambiar. Nuestro momento había llegado y estábamos listos para, en cubano, comernos el mundo y transformarlo en el proceso.

Y en ese contexto… Moreno. A diferencia de muchos historiadores cubanos que vivían atrapados en redes burocráticas en las que la subsistencia estaba inequívocamente ligada al asentimiento y la mediocridad más atroz, Moreno era una especie de electrón suelto, una rara avis que había logrado ser y florecer sin salpicarse demasiado en el lodo de la cultura oficial. Un dandi. Un picaflor criollo que lo mismo libaba en la nueva historiografía económica y la cliometría de los Estados Unidos, que en la demografía histórica de Cambridge, las arterias del marxismo clásico, la microhistoria italiana o la cotidianidad de la Escuela de los Annales. Al igual que los modernistas brasileños, Moreno practicaba, con desfachatez exhibicionista, una antropofagia metodológica y cultural que era la antítesis misma del dogma, el aburrimiento, la rigidez y la aplastante mediocridad de la cultura oficial. El Profe era un iconoclasta que, desde su obra, incineraba imágenes y figuras sagradas. Un agente del cambio, a sus sesenta y tantos años. Precisamente. El cambio que nosotros soñábamos efectuar, para transformar el país de nuestros mayores en una Cuba mejor. Más democrática. Más justa. Más diversa y plural. Mejor. La Cuba nuestra, la del después. La de mi generación.

Era una comunión intelectual que desbordaba los cauces de la producción historiográfica, aunque aprendí mucho en su estudio, más que en cualquier aula universitaria de La Habana. Teníamos una rutina de un encuentro más o menos semanal, en los que él me compartía libros que no estaban disponibles en las bibliotecas cubanas y que, a su juicio, debía leer. “Tienes que leer esto”, me decía. Y a veces agregaba: “es malísimo, pero tienes que leerlo”. Nunca se preocupó en saber si yo leía inglés. Dio por sentado que lo hacía, o que encontraría la forma de hacerlo. Cada semana, regresaba a casa con un par de volúmenes para leer, que discutíamos durante el siguiente encuentro. Eugene Genovese; Immanuel Wallerstein; Stuart Schwartz; Stanley Engerman; Robert Fogel; Eric Hobsbawm; E. P. Thompson; Peter Laslett; Carlo Ginzburg; Natalie Zemon Davies; Pierre Chaunu; Ruggiero Romano; Josep Fontana; Witold Kula. La voracidad intelectual de Moreno era contagiosa y requería de espacios de creación, reflexión y estudio que la cultura oficial no podía digerir o contener. No creo que sea casual que todos nosotros, sin excepción, termináramos saliendo de Cuba y continuando nuestros estudios en otras latitudes. Kaki y yo nos fuimos a los Estados Unidos. Iván terminó por España. Rafa reprodujo literalmente los pasos del Profe en el Colegio de México.

Moreno no solo nos animó a seguir ese camino, sino que movilizó sus contactos, su prestigio y sus saberes para facilitar esa nueva etapa en nuestro andar intelectual, un tránsito que yo recuerdo como doloroso y desgarrador. A título personal, puedo decir que su ayuda fue crucial en el proceso de solicitud de programas doctorales en varias universidades americanas y europeas. Gracias al Profe entré en contacto con historiadores de la talla de John Lynch, Ruggiero Romano, Gabriel Tortella Casares y Antonio Acosta, que después apoyaron mis postulaciones a planes de estudio. Toda mi correspondencia con universidades extranjeras pasaba por la mesa de Moreno. De hecho, abríamos y leíamos juntos las cartas en su casa. Las cartas, que todavía conservo, estaban dirigidas a él, a unas oficinas de la Unesco en París, que después las remitía a La Habana, discretamente, en la valija de esa institución. Toda una operación semiclandestina… para recibir correspondencia académica.

Esto no aparece en la hoja de vida de Moreno, no registra en su distinguido ridiculum vitae, como él lo llamaba con su sorna habitual. Pero dice mucho de él, de su enorme generosidad hacia nosotros, de su compromiso raigal con la cultura cubana, de su singular magisterio. Moreno abría puertas, que es lo que hace un maestro verdadero. Durante décadas, el Profe fue una suerte de embajador honorario de la historiografía y la cultura cubanas en los Estados Unidos, donde dictó conferencias, publicó artículos y libros (la primera edición de El Ingenio apareció en inglés en 1976) y coordinó grupos de trabajo como el que resultó en la publicación de Between Slavery and Free Labor: The Spanish Speaking Caribbean in the Nineteenth Century (1985), un volumen producido con apoyo del Social Science Research Council de Estados Unidos y coeditado con Frank Moya Pons y Stanley Engerman. Moreno puso esos contactos, esas experiencias, esas redes, a nuestro servicio.

Esas experiencias le permitieron insertarse en la vida académica americana cuando, en 1994, decidió salir de la isla que tanto amaba y radicarse en Miami. A sus 74 años, el Profe seguía encarnando el cambio y rechazaba el inmovilismo oficial cubano. Un año después publicaría el que sería su último libro, Cuba/España España/Cuba: una historia común (1995), un libro síntesis, que refleja, quizás mejor que ningún otro, su lucidez historiográfica, el encanto de su prosa y ese olfato especial que lo caracterizaba para, con relativos pocos datos, identificar tendencias y formular tesis atrevidas y frescas. Como escribió Josep Fontana en un prólogo que solo puedo describir como bello, el libro es “el homenaje que un gran historiador ha dedicado a su tierra natal”.

Moreno siguió trabajando y enseñando virtualmente hasta el final de su vida, el 9 de mayo de 2001. Fue profesor visitante en la Universidad Internacional de la Florida y en la Universidad de Yale, donde trabajó con Stuart Schwartz y conectó con otro joven intelectual cubano, Bárbaro Martínez Ruiz, que cursaba estudios de arte africano por allí. Otro que fue tocado por su magisterio y sus saberes, que lo reclama como suyo. 

En 1998, Moreno fue nombrado miembro honorario de la American Historical Association —el honor más alto que esa organización confiere a un historiador extranjero—. Tuve el gusto de coordinar ese proceso de nominación, de dar esa casi última alegría al Profe, con el apoyo de colegas tan distinguidos como Rebecca J. Scott, Herbert Klein, Stanley Engerman y Franklin Knight. 

Pero más allá de los títulos y reconocimientos, de las becas y los honores, su alegría mayor éramos nosotros, sus discípulos. Saboreaba nuestros éxitos como propios. Disfrutaba nuestros textos como suyos. Cada pequeño aporte que hayamos podido hacer, durante todas estas décadas, a la cultura cubana, es un testamento a su magisterio y su legado. Todavía alcanzo a verlo, detrás de sus gafas infinitas, generoso y sonriente, erguido y socarrón, celebrando cada unos de esos aportes, de esos textos, de esos caminos que tanto deben a él.

 

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