El miedo es una de las principales respuestas animales, y por ende humanas, ante la inminencia del peligro. Se trata de un sentimiento positivo cuando el sujeto que lo experimenta lo puede controlar, pues si se invierten los roles, si el miedo es el que atenaza, el resultado puede ser catastrófico.

Es común que muchas personas, sobre todo los hombres nieguen esta emoción, pues el miedo a mostrar miedo es una de sus formas más recurrentes. “La mayoría de los guapos son seres asustadizos”, me decía un día el poeta y amigo, Yoel Issac.

Pienso en Virgilio Piñera —que distaba de la imagen del guapo y, sin embargo, lo era como pocos— cuando pidió la palabra en una de las salas de la Biblioteca Nacional el 30 junio de 1961 y seguidamente dijo: “tengo miedo, solo sé que tengo miedo”. Minutos antes Fidel Castro, que presidía la reunión —a la postre famosa por aquello de “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”—, había puesto sobre la mesa que ocupaba el estrado, su habitual pistola. Entendiendo el gesto del político podemos alegar que el miedo del escritor era un miedo racional y creíble.

Hace unos días comencé a preguntarles a mis amigos cuál es su miedo más raigal. MM me respondió que le tiene pavor a la posibilidad de emigrar en el futuro si las cosas en este país se complican más de lo que ya están.

A L le preocupa, al punto de ya ser temor, el futuro de su hijo, que cada día es más inteligente y perspicaz. Ella no quiere que crezca en Cuba, quiere otra geografía más próspera. V, en cambio, le teme a que escasee el jabón y por eso cada vez que puede compra de 20 en 20, o de 40 en 40, si la solvencia del momento se lo permite.

JL le teme a la vejez y a la soledad que puede sobrevenir con ella. Mientras que YT le tiene miedo a no ser, a que su existencia caiga en un limbo vacío. Y todos me devuelven la pregunta: “¿a qué le tienes miedo tú?”, y les respondo: “le tengo miedo a que el miedo me atenace, a que no me deje existir, ni decir”.

Pero más que en el miedo de uno o de dos, prefiero pensar en el miedo colectivo, pues este es uno de los principales mecanismos de dominación, puesto en práctica desde que el poder existe.

“¿De qué vale un hombre que no se atreve a decir lo que piensa?”, me pregunto yo parafraseando a Pepe Martí. “¿De qué vale un ser que no se atreve a actuar en concordancia con sus ideas?”. Una sociedad inmovilizada por el miedo no podrá avanzar nunca; el país donde esta yazga irá a la deriva por los derroteros que tracen aquellos que tienen el poder.

Cuba se libró de Machado y de Batista, y anteriormente del colonialismo español, porque las respectivas juventudes de esos tiempos no fueron presa del miedo.

Todo individuo con algo que perder puede sentirlo. El ansia de poseer o mantener un bien material, una estabilidad emocional, una familia unida, nos puede atar las manos. Pero a veces es evidente que lo que puede perderse es superior a eso, pues no hay bien, ni estabilidad, ni familia que pueda existir o subsistir ahí donde no existe el futuro.

El miedo, pues, ha de ser enfrentado. Vista y comprendida su anatomía, para que su tenaza en las entrañas sea un motor impulsor y no un lastre. Una sociedad valiente o cobarde está signada por la valentía o el miedo de los individuos que la conforman. La lucha es íntima y siempre desgarradora. A quienes la emprendan, que sirvan estos versos del mencionado Pepe, en su celebérrimo poema Yugo y estrella: “Y el vivo que a vivir no tuvo miedo, /Se oye que un paso más sube en la sombra”.

El país de las leyes usadas a conveniencia