“Yo no pienso donar mi piel a la ciencia”, dijo la pelirroja al vendedor de fosforeras. El tipo le había dado la lata por los tatuajes que pululaban en su piel inmaculada, piel virgen de tintas hasta los 26 años, piel que pertenecía -por demás- a una joven profesora de la universidad.

La joven profe tatuada no parecía ni masoquista, ni yonqui, ni nada. Más bien parecía ratoncito de biblioteca con sus grandes lentes nerd y sus muchos libros bajo el brazo. Pero tenía tatuajes. Muchos. “Demasiados para su profesión”, recalcó el curioso fosforero intolerante.

Ella se encogió de hombros y pensó cuán poco favor le hacían a la sociedad esos esquemas mentales plagadísimos no de tatuajes, sino de tabúes y rechazo por lo diferente, lo que no-se-conoce. También razonó que bien poco le interesaba la opinión de los intransigentes, de los que juzgan a otros, guiados por dictámenes estéticos venidos a menos.

Aquella joven profesora soy yo.

Yo, que soy mujer de 30 años, graduada de Historia del Arte, ex-profesora, actual curadora. Yo, que no fumo nada ni bebo alcohol, ni soy adicta al dolor ni a las agujas. Yo que soy mujer cubana viviendo en Cuba. Yo, que provengo de un pueblito de campo y mi familia se opuso, opone y opondrá a todos y cada uno de mis tatuajes. Yo, que soy sorda a los comentarios que mis tatuajes producen en determinados círculos sociales. Yo, que fui rechazada en cierta empresa de “prestigio” porque (y cito): “Eres bajita y tatuada”. Como si ellos contratasen modelos de Victoria´s Secret.

¡Hay tantos modos de discriminación! Ese es el mantra que guía mis actuales esfuerzos por promover el tatuaje como medio de expresión artística y como mecanismo de empoderamiento femenino. El tatuaje, hoy, es un arte.

La historia que lo vincula con marinos y delincuentes ya es eso: historia. Por eso hace apenas un año fui curadora de la exposición “GRL PWR“, en la cual participaron los miembros de Zenit Tattoo, cuya artista gurú es una joven, cubana, graduada de Arquitectura. ¡¡Tomaaaaaaaaaaa!!

“GRL PWR” captó la atención de medios nacionales y extranjeros: nunca antes en Cuba se había celebrado el 8 de marzo como una fecha propicia para el activismo social, en este caso, feminista.

cubana tatuada

Cartel de la exposición GRL PWR, realizada el 8 de marzo de 2017 en Zenit Tattoo Studio/ Diseño: Liz Capote y Diana Carmenate.

Hace un par de semanas realizamos la segunda edición, esta vez dedicada a las famosas pin-up girl, muchachas hermosas que engalanaban las páginas de las revistas estadounidenses de los años 30 y 40 del siglo XX; chicas que inspiraron las primeras tendencias artísticas dentro del tatuaje, para instaurar el llamado “tatuaje tradicional”, que es algo así como el Renacimiento para la Historia del Arte.

Fueron las pin-up el detonante: se nos sumaron ilustradores, diseñadores, fotógrafos y modelos, en el esfuerzo común de visibilizar, una vez más, a la mujer tatuada como epítome de empoderamiento femenino.

Tatuaje en Cuba: ¿un oficio para mujeres?

¿Por qué la mujer tatuada? En el momento exacto en que una mujer decide tatuarse, está tomando el control de su cuerpo y de sus acciones. Es un “free-the-nipple” (liberar el pezón) con agujas y tintas en la piel. La mujer tatuada hace un statement claro: “yo soy la dueña de mí misma y no me importa qué tengas que decir al respecto”.

Ser mujer tatuada implica sobreponerse al rechazo, a la discriminación y al sex-appeal; es también soportar comentarios sarcásticos, burlones, vacíos. Ser mujer tatuada es tremenda responsabilidad, porque vas a contracorriente. Sí, es moda. Pero me refiero al tatuaje artístico, no al ornato superfluo que le va bien al piercing del ombligo, al bikini rosado o a los jeans con flecos.

Ser mujer tatuada es contar tu propia historia en dibujos que irán siempre contigo, porque son tu puro reflejo. Una mujer tatuada es ser siempre más que una mujer tatuada.

Mujeres tatuadas, una belleza vintage

Las muchachas de los tatuajes se esparcen por #Cuba, mira cómo lucen… #PinUpGirl

Posted by El Toque on Thursday, September 27, 2018